ESCUCHAR Y PONER EN PRÁCTICA
«Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» Lucas 8,21
Lucas
se concentra en este pasaje evangélico en lo que interesa de verdad: la escucha
y la práctica de la Palabra son las únicas cosas que nos hacen parientes de
Jesús y miembros de su nueva familia.
Para el evangelista, la venida de los familiares representa una ocasión que permite pronunciar a Jesús su dicho sobre los verdaderos parientes: la escucha activa de la Palabra crea un vínculo más fuerte que la sangre. Es ésta una posibilidad que no excluye a los parientes que han venido a visitarle, sino que los incluye. En definitiva, Lucas exalta la familia engendrada por la Palabra, sin sentir la necesidad de contraponerla drásticamente a la constituida por los vínculos de sangre.
Lo anterior implica que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, produce el milagro de llegar a ser madre y hermano y hermana de Jesús.
Del mismo modo que María escuchó la Palabra y, después, se convirtió en Madre, así puede sucederte a ti en este momento si acoges la Palabra que hoy se te dirige. Jesús quiere crecer en el mundo, y el camino privilegiado para ello eres tú, porque quiere crecer en ti, quiere que tu vida sea siempre más «cristiforme», quiere que tú le representes cada vez mejor.
Si acoges su Palabra, si la contemplas, si la conservas, si le dejas espacio, si intentas no olvidarla durante el día, si la conviertes en guía de tu acción, Jesús crecerá en ti, en tu ambiente y en el mundo. Y tú adquirirás la misma dignidad de María, porque lo engendrarás de nuevo para nuestro tiempo.
Sé devoto de la Virgen, para que te enseñe cómo recibir la Palabra, cómo darle carne, cómo hacerla vida, cómo transformar la acción de hoy en una generación y en un crecimiento de Jesús en ti y en tu ambiente.
ORACIÓN
Te
ruego, Santísima Virgen María, que me ayudes a recibir la Palabra para darle
carne, para darle vida.
Sabes que ando muy lejos de estas excelencias, esto es, de ver mi vida como un engendramiento de Jesús en el mundo. Yo, pobre pecador, yo, tan inmerso en mil cosas, puedo acercarme a ti, Madre de mi Salvador, y llegar a ser yo también «madre» de aquel que me salva. Me parecen cosas tan elevadas que rozan lo inaprensible.
Condúceme con suavidad al interior de este misterio, abre mis ojos para que vean las cosas maravillosas que la Palabra puede llevar a cabo en mí, dame un corazón capaz de comprender el mundo nuevo en el que son introducidos los oyentes de la Palabra.
Quédate junto a mí, Madre, para que pueda continuar tu obra al comienzo de este tercer milenio.