EL ESPÍRITU SANTO Y LA EUCARISTÍA.

La Eucaristía es centro de la historia de la salvación, en la medida en que actualiza esta historia, cuyo centro es Cristo mismo, sobre todo en su misterio pascual y esta actualización es también obra del Espíritu, por la mediación de la Iglesia.

Siendo el Espíritu el don escatológico e invisible del mismo Cristo, es necesario que el mismo Espíritu se manifieste histórica y visiblemente, de manera que, a través de esta visibilidad, los hombres podamos encontrarnos con Cristo glorioso, que ya ha desaparecido de nuestra vista:

El Espíritu es la prolongación y posibilidad de encuentro con Cristo. El encuentro visible con Cristo sólo es posible, después de la ascensión y Pentecostés, en el «Espíritu de Cristo», que visibiliza la continuación del mismo por la mediación de la Iglesia.

El Espíritu continúa la dinámica de una historia comenzada y realizada en Cristo. El nuevo proceso histórico iniciado en Pentecostés debe continuarse en la Iglesia, porque la alianza permanente que Dios ha hecho con su pueblo debe llevarse a cumplimiento en la historia, debe ser impulsada en su realización en el tiempo, y esto sólo puede hacerse con la participación y fuerza del Espíritu.

Por otro lado, el Espíritu tiene una función mediadora entre Cristo y nosotros, que debe cumplirse en el tiempo histórico, no sólo de un modo interno e invisible, sino también externo y visible.

Ahora bien, ¿cómo y dónde «ver» y «experimentar» al Espíritu? La respuesta es clara: la Iglesia, cuerpo visible, es la primera y fundamental manifestación histórica del Espíritu de Cristo, de modo análogo a como el Verbo encarnado es el testimonio original del Espíritu de Dios.

Por una parte, el Espíritu «hace» a la Iglesia. De modo análogo a como el Espíritu fue haciendo crecer el cuerpo físico de Cristo, desde la encarnación, así va haciendo crecer el Cuerpo místico de la Iglesia en el amor, la santidad y la unidad desde Pentecostés.

Además, el Espíritu «se hace» Iglesia. El encuentro de los hombres con Dios, después de la partida de Jesús, sucede en la inmediatez del Espíritu. De modo análogo a como el Verbo se hizo carne, así el Espíritu de Dios se hizo Iglesia.

Por eso se llamó al Espíritu «alma de la Iglesia», y a la Iglesia la «sociedad del Espíritu» (San Agustín). Así como el Espíritu manifiesta en el «nosotros» de la Iglesia el «nosotros» divino, de igual manera el múltiple «nosotros eclesial» da testimonio del mismo Espíritu enviado por el Padre y por Cristo.

La Iglesia es el nosotros social en el que habita el «nosotros divino» de la Trinidad, por obra del Espíritu en el cual todos hemos sido bautizados. La Iglesia no sólo tiene una estructura pneumática, sino que es el sacramento del mismo Espíritu de Cristo.

Ahora bien, este «sacramento principal» se manifiesta y realiza en lo concreto de las diversas situaciones humanas, por los diversos sacramentos de la Iglesia, y en especial por la Eucaristía, que son verdaderas manifestaciones privilegiadas del Espíritu de Cristo.

Los sacramentos sintetizan de forma excelente las otras formas de manifestación de la Palabra y el ministerio. En ellos está presente, actúa y se nos ofrece permanentemente el don escatológico de Cristo: el Espíritu Santo, del mismo modo que actuó en la historia de la salvación y en Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica establece:

«En esta dispensación sacramental del misterio de Cristo, el Espíritu Santo actúa de la misma manera que en los otros tiempos de la economía de la salvación: prepara la Iglesia para el encuentro con su Señor; recuerda y manifiesta a Cristo a la fe de la asamblea; hace presente y actualiza el misterio de Cristo por su poder transformador, finalmente, el Espíritu de comunión une la Iglesia a la vida y a la misión de Cristo» .

Pues bien, todo esto se realiza de modo privilegiado y especial en la Eucaristía. En ella acontece una verdadera «epifanía del Espíritu y de la Trinidad», pues es el «Espíritu el que hace la Eucaristía, y la Eucaristía la que nos da el Espíritu y todos sus frutos».

Y aparece de todo especial en la invocación de la intervención de Dios, en donde se manifiesta la acción del Espíritu, motor de la historia de salvación, que actualiza pneumátícamente la presencia de Cristo y opera su acción divinizante en la comunidad de los fieles que, por la participación y comunión, se une y edifica la Iglesia en la unidad y la caridad, en y mediante la eucaristía .

Esta invocación es para que el Espíritu actúe en los sacramentos, y en los sujetos que los reciben, transformando la realidad material en signo que contiene y expresa la presencia del Señor, inundando la realidad visible de un sentido y significado nuevos en relación con el misterio de Cristo, y con la renovación de la vida de la comunidad.

Esta acción se da en todos los sacramentos por igual, aunque la eucaristía sea el paradigma de la dimensión sacramental. Es precisamente la intervención del Espíritu la que asegura que las acciones sacramentales de la Iglesia sean actos de Cristo, presencia sacramental del acontecimiento salvador .

Basado en la obra “Eucaristía” de Dionisio Borobio de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2000