EL ENCIERRE

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En la casa de nuestro Padre Dios, hay sólo una ley: muy fuerte, muy importante, vital y fundamental. Es la ley del AMOR, síntesis de toda la vida cristiana.

Hace años le preguntaban a una niña de unos once años, si sabía cuáles eran los Diez Mandamientos. Al recibir respuesta afirmativa, quien interrogaba le planteó un caso práctico; al terminar le dijo:

-¿En qué mandamiento se trata de este asunto?

Dudó, por un momento, y se le iluminó la cara y dijo:

- Yo creo que eso pertenece al «encierre» de los diez mandamientos.

-¿Cómo que al «encierre» de los diez mandamientos?

- , contestó la niña, estos diez mandamientos se encierran en dos: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo».

Era la respuesta de Jesús al escriba: de estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas.

No podemos olvidarlo, el Señor resume toda su enseñanza diciendo que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado. Aquí está todo, y de ahí se deduce todo. Desde ese punto de vista tenemos que entenderlo todo, y desde esa óptica hemos de procurar vivirlo, porque ése es el rasgo característico de la familia de Dios, lo que aprendemos una y otra vez, siempre que volvemos a la casa del Padre: que la caridad, el amor verdadero, es lo que hace de nuestras vidas un edificio sólido y hermoso. Quien sabe mucho y no sabe esto, ignora lo más importante.

Amarnos como Dios nos ama es no tener prisas. A veces corremos mucho, demasiado, y olvidamos y pasamos por alto muchas cosas.

A uno de mis amigos médicos, le gusta escribir cuentos y lo pone en práctica a pesar de lo ajetreado de su profesión. En uno de ellos, el protagonista decide cambiar sus planes de viaje y pararse para ayudar a un niño perdido en el desierto. Cuando lleva al niño con su padre, éste le invita a pasar unos días con ellos. Pero él tiene prisa, y les dice a  modo de disculpa que ya estaba retrasado.

Ante esto, recibió un regalo: un pequeño cofre de madera que contenía un pergamino amarillento. Lo extrajo y lo leyó:

«Hace muchos años, el emperador convocó una gran carrera en la cual participaron miles de corredores. Uno de ellos partió con el firme propósito de ser el ganador. En su camino encontró una cereza, fruto muy raro y apreciado en su país, y aunque sentía hambre, pensó que detenerse a recogerlo le quitaría tiempo. Y él deseaba ganar la carrera. Siguió corriendo y encontró otras, que desechó con el mismo pensamiento.

Durante los siguientes días encontró suficientes cerezas para satisfacer su apetito y aún para guardarlas. Pero, a pesar del hambre que era cada vez mayor, rehusó recogerlas pues, ante todo, pensaba en su carrera y quería llegar el primero.

Casi desfalleciente cruzó la meta y encontró con satisfacción que nadie más lo había hecho aún. Poco después fueron llegando los otros corredores mientras este hombre sólo esperaba el momento de la premiación.

Finalmente, llegó el emperador para honrar a los ganadores y exclamó: «Veamos, ¿quién recogió el mayor número de cerezas?»

Si queremos acercarnos a Dios, no olvidemos que solos no vamos a llegar.

Para acercarnos a Dios, o vamos con los demás, con quienes nos vamos encontrando, o no nos engañemos: no es posible llegar. No podemos perder esto de vista, porque entonces las prisas nos comen y nos perdemos muchos encuentros con Dios en los demás que nos salen al paso, que nos piden ayuda, que están necesitados de nosotros, o necesitados de nuestro respeto, o de que no les maltratemos en su debilidad. Las prisas impiden amar, porque impiden mirar o impiden escuchar.

La caridad también es no compararnos, es querernos a pesar de nuestros defectos, alegrarnos de ser distintos y ayudarnos a ser mejores. Todo eso se aprende amando y dejándose querer por el Padre: a amar se aprende cuando tenemos cerca alguien que ama de verdad.

Por eso el cristiano necesita de la Eucaristía para vivir lo que Dios nos pide. Sólo cuando somos capaces de darnos cuenta de lo que significa que el Dios en el que creemos esté pacientemente esperándonos todos los días; sólo cuando nos asombramos de que el Dios en el que creemos esté deseando ponerse a nuestra disposición, que está siempre ahí y no nos deja solos, que no tiene prisas, que no se va; únicamente si nos damos cuenta de que cuando le recibimos, podemos decir que todo Dios es sólo mío... Entonces, y sólo entonces, aprendemos a querer a los demás, aprendemos a respetarlos, entendemos todo lo que Dios nos manda como manifestación de amor a los demás, y no como una cosa que nos viene desde fuera y nos cae como una loza.

Cuando dos personas se quieren, se crean muchos vínculos y muchas gustosas obligaciones que no son un peso, sino que es lo que da alas a la vida, lo que permite seguir adelante. Pero cuando uno aísla las cosas de la fuente que les da sentido, es lógicamente, más difícil.

Necesitamos también la Eucaristía, para unirnos a las intenciones de la Iglesia que quiere que, junto con el empeño de vivir la virtud de la caridad, todos tengamos la ilusión de ayudarle en su tarea, de que al final, como Cristo pretende que haya un solo rebaño y un solo Pastor.

Está empeñado en que oremos o, si es el caso, participemos en el diálogo interreligioso, para caminar juntos hacia Dios.

Hace unos años, se acercó a una fiel católica, reconocida por sus virtudes, un estudiante que entabló diálogo con ella:

- Soy musulmán.

- Respeto tus creencias, tu fe, y te digo que tu Dios y mi Dios es el mismo, el único Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra. Rézale, para que te haga ver con claridad; para que llegues a tener, si es su voluntad, toda la luz de la Revelación que nos alumbra a los católicos. En todo caso, sé consecuente con tu fe y si Dios te pide más dile que sí.

Para vivir así, hace falta anclarse en el Amor que abarca todo y que Cristo nos muestra en la Eucaristía: para darnos cuenta de qué es lo que nos une, y resolver, poco a poco, lo que nos pueda separar.

Pongamos esta intención en manos de la Santísima Virgen, para que Ella nos recuerde constantemente que nuestra vida se reduce a ese «encierre» de los diez mandamientos, y a que sepamos de verdad amar a Dios y a los demás.

Inspirado en el capítulo 4 del libro “A la luz de su mirada” de Juan Ramón García Morato, Editado por EUNSA, Navarra, España 1999