EN PLENITUD
Sentirse amado es el origen y la plenitud de la vida del espíritu. Les comento esto porque, apenas comprendemos un destello de esta verdad, de inmediato nos ponemos a la búsqueda de su plenitud, sin darnos descanso hasta encontrarla.
Desde
el momento en que reivindicamos la verdad de sentirnos amados, afrontamos la
llamada a llegar a ser lo que somos. Llegar a ser los amados: ese es el
itinerario espiritual que debemos hacer. Las palabras de san Agustín: «Mi alma
está inquieta hasta reposar en ti, Dios mío», definen muy bien este itinerario.
El hecho de estar a la búsqueda constante de Dios, en continua tensión por descubrir la plenitud del amor, con el deseo vehemente de llegar a la completa verdad, nos dice que hemos saboreado ya algo de Dios, del amor y de la verdad.
En realidad, puedo buscar sólo algo que, de alguna manera, he encontrado ya. Porque ¿Cómo podría buscar la belleza y la verdad, sin que la belleza y la verdad sean conocidas en lo íntimo de mi corazón?
Llegar
a ser los amados significa dejar que la verdad de ser amado se encarne en toda
cosa que pensamos, decimos o hacemos. Esto supone un largo y doloroso proceso de
apropiación, o mejor dicho, de encarnación. Mientras «sentirme amado» sea nada
más un bello pensamiento o una idea sublime suspendida sobre mi vida para evitar
convertirme en un ser deprimido, la realidad es que nada cambiará
verdaderamente.
Lo que se requiere es llegar al amor en las cosas sencillas de la vida y, poco a poco, colmar el vacío que existe entre lo que sé que soy y las innumerables realidades específicas de la vida cotidiana. Llegar a ser el amado significa impregnar la normalidad de lo que soy y, por tanto, de lo que pienso, digo y hago hora tras hora, con la verdad que me ha sido revelada de lo alto
Inspirada en el libro “Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular” de H. J. M. Nouwen, editado en Madrid.