ejercicios espirituales en la vida ordinaria

Parte 2

Volver a Principal

«No el mucho saber harta y satisface al ánima mas el sentir y gustar de las cosas internamente»     [Ejercicios Espirituales 2].

Ésta es una de las reglas de oro de los Ejercicios de San Ignacio. El ejercitante está llamado a buscar «gusto y fruto espiritual», y allí donde los encuentre deberá quedarse, porque es allí donde Dios le instruye.

La pedagogía propuesta es clara cuando se refiere a la oración. El ejercitante recibe o escoge un tema de oración, se propone recorrer un camino, incluso fija su deseo sobre tal o cual petición; nada de esto, sin embargo, se le debe imponer si en un momento (quizá inesperado), se encuentra «satisfecho». Seguir avanzando, es decir, pasar a otro «punto» previsto para su oración, sería “como rechazar” la gracia.

En el transcurso de los Ejercicios en la Vida Ordinaria, este «gusto» interior no es privilegio de la oración; alcanza también a toda forma de actividad convertida en «ejercicio espiritual». Es, pues, la misma vida diaria la que forma parte de «las cosas» que se pueden «sentir y gustar» internamente.

«Gusto y fruto» espiritual, «satisfacer» y «hartar» el alma; tales palabras demuestran en qué sentido se orienta la experiencia del ejercitante.

San Ignacio habla frecuentemente del «provecho» que hay que «sacar» del momento que se vive, de la gracia que se ofrece, del deseo que nace del corazón, de la consolación o de la desolación por la cual atraviesa el alma, etc.

De esta palabra castellana «provecho» o «aprovechar», se nos han dado tradicionalmente varias traducciones: útil, bueno, ventajoso. Ninguna de estas palabras expresa exactamente el matiz ignaciano, pero desde luego las menos adecuadas son, sin duda, las que derivan del término «progreso». Allí donde el «provecho» evoca el fruto que madura alimentándose poco a poco por integraciones sucesivas, el «progreso» se refiere a una cierta nona objetiva, según la cual se determinarían las etapas a seguir. «Sacar provecho» es dejar al sentimiento interno crecer en lo que constituye su propia sustancia es favorecer la convergencia de los deseos, es ver nacer determinadas líneas de fuerza que animan toda la conciencia.

«Progresar», por el contrario, es dar un paso, dos pasos, que permitan llegar a una situación considerada mejor y más perfecta. «Provecho» y «progreso» son, evidentemente, palabras sin relación entre sí; con todo, la perspectiva ignaciana es siempre la del alma que «saca provecho» de lo que vive. El ejercicio hace abrirse a la gracia como a una plenitud que colma, sin la preocupación por saber a qué grado de progreso se ha llegado. O más bien, según sea el provecho, se podrá juzgar el verdadero progreso.

Los Ejercicios en la vida cotidiana ponen muy de relieve la importancia de esta madurez espiritual. En la oración misma, el ejercitante puede experimentar el «gusto interno» que ya, en cierto modo, le llena. Pero lo específico de la experiencia que vive es que este gusto interno le acompaña en su obrar, a lo largo del día, o en ciertos momentos más intensos (quizá más difíciles de vivir).

Lo que le ha permitido en la oración, «sentir y gustar» las cosas internamente es también lo que le permite experimentar en la acción el mismo sentimiento y la misma plenitud.

Esto puede vivirse de mil maneras. Una, por ejemplo, será el sentimiento de que lo que ha vivido en la oración, se encuentra verificado en la actualidad de la situación humana presente, de la que, de pronto, encuentra una confirmación y una intensidad nueva. O el sentimiento de que se mantiene una misma presencia de Dios en la vida y en la oración. O la evidencia de que en el correr de los días una misma llamada se deja oír en el seno de la actividad humana que se está desarrollando, y que esta llamada lleva a permanecer, mucho más tiempo del previsto, sobre tal tema de oración, ya varias veces repetido, pero que todavía no ha revelado todo su secreto.

San Ignacio habla de «los puntos que he sentido mayor consolación o desolación» [EE 62], precisando que es sobre estos puntos sobre los que hay que volver y detenerse. Consolación y desolación nacen de la acción misma: acuerdo o desacuerdo entre el momento de la oración y el momento de la acción, entre lo que se vive claramente y lo que se presenta como una llamada oscura, entre el impulso y la oblación de sí mismo y el obstáculo interior que la acción hace sentir con fuerza, entre la fe segura de sí y el sentimiento del alejamiento de Dios. Estos ritmos crean una vinculación cada vez más estrecha entre el ejercicio de la oración y los ejerci­cios que ofrece el diario vivir.

De su acuerdo o desacuerdo, de la importancia que toma cada momento en el transcurso de este tiempo espiritual, madura poco a poco el «fruto» que llevaba ya el ejercitante en su corazón sin saberlo, o sabiéndolo de manera confusa. Ese es el «provecho» que intenta sacar de su oración y de su acción, integradas una en la otra.

A la imagen del «provecho» espiritual, San Ignacio añade con frecuencia la del buscador que «halla»: «Hallar» la divina voluntad, hallar a Dios, hallar lo que se desea o se quiere alcanzar. Cualquiera que sea la forma que toma (oración u «otras operaciones espirituales»), el ejercicio tiene siempre como fin «hallar», y por consiguiente poner un término al movimiento que le animaba.

¿De qué término se trata? Cada ejercitante tiene su respuesta: la que proviene de la experiencia que está realizando. Es el sentimiento de que su oración actual ha alcanzado un punto más allá del cual ya no habría repetición, sino fatiga; es como un rápido relámpago que proporciona la certeza de haber tocado la verdad en la llamada oída; es una tregua y una paz, incluso en medio de un caminar doloroso; es el momento en que consolación y desolación no forman más que uno en la adhesión a Dios, que en adelante coge por entero la vida.

Este término puede ir acompañado de vibraciones interiores muy intensas o, por el contrario, de una especie de «quietud», en la cual todas las fuerzas del alma logran un equilibrio. El que ora no se ejercita solamente en «buscar» sino también en distinguir, primero con dificultad, después con el instinto que afina el hábito del discernimiento, los signos de estos términos a los que va llegando.

En esta experiencia en la que el ejercitante «encuentra» lo que busca, ha alcanzado el punto exacto en que, en este momento y en esta situación, están en plena fidelidad con Dios y consigo mismo. La cuestión no está en saber si se sitúa a tal nivel de perfección, según una escala de valores previamente establecida, sino si «halla» lo que buscaba y si reconoce en ello el don de Dios.

Los Ejercicios en la Vida Ordinaria dan a esta experiencia una importancia muy particular. El ejercitante no puede, en efecto, «hallar» lo que busca más que en la medida en que la relación a su vida se ha ordenado y clarificado: cada uno de los datos concretos de su existencia es percibido, en su fe, como un medio de conocer lo que Dios espera de él y lo que él mismo espera de Dios, en un diálogo de confianza y de paz. El ejercitante encuentra «lo que le conviene», es decir, la actitud justa y equilibrada frente a las exigencias de la vida, el compromiso personal que evita todo exceso, la paciencia que une el deseo y lo posible. El momento en que el ejercitante `halla», es aquel en el que, a la luz de su oración, establece toda su existencia presente, sin temor al futuro, sin pesar por el pasado, con el sentimiento de que, en la fidelidad en que se encuentra actualmente, él está con Dios, sometido a su Espíritu.

El término no puede ser definitivo: la misma experiencia que consiste en buscar y hallar, va a repetirse, a partir de nuevos «ejercicios»; la mirada sobre los seres y sobre las cosas hará aparecer otras dificultades u otras llamadas. Pero de trecho en trecho, el ejercitante encuentra su propio camino, en este empeño por alcanzar siempre el punto en que la conversión del corazón pasa por una nueva relación de fe con lo que constituye la trama de su existencia.

Por otra parte, es así como se realiza un día la «elección». La lenta maduración que la prepara conduce al «fruto» que recoge todas las certezas ya adquiridas. Cualquiera que sea el punto hacia el que se dirige la atención del ejercitante, para precisar la elección fundamental que debe plantearse, es, por supuesto, su relación con la vida entera lo que se pone en juego. Su elección es un momento en el que encuentra «lo que le conviene», para la respuesta de total fidelidad al presente que él tiene que vivir y construir.

Adaptada por el C. M. Alfonso J. Marín González, inspirado en  el libro “La Experiencia en los Ejercicios Espirituales en la Vida” de Maurice Giuliani, de la Colección Mensajero editada por Sal Terrae, Bilbao