ejercicios espirituales en la vida ordinaria

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El último domingo de agosto nuestro Asistente Eclesiástico R. P. Jesús Hernández, S. J. nos anunció que a partir de este domingo, iniciaríamos con la realización de los llamados Ejercicios Espirituales en la Vida Ordinaria, y que cada domingo en la plática que tenemos después de la misa nos presentaría puntos para meditación, y posteriormente en audiencias individuales nos apoyaría en aquellos aspectos que nos despertaran alguna inquietud. Debido a esta circunstancia este domingo, deseo compartirles un escrito que presenta una visión muy interesante sobre el tema, el cual fue escrito por el Padre Maurice Giuliani, S. J. el cual fue incluido en su libro “La Experiencia de los Ejercicios Espirituales en la Vida” publicado en la colección Manresa editada por Sal Terrae.

La experiencia espiritual que proponen los Ejercicios de San Ignacio, puede ser vivida bajo diversas formas, igualmente auténticas, es decir, igualmente conformes al pensamiento y a la práctica de aquel que por primera vez los introdujo en la Iglesia. Dos de estas formas reclaman hoy la atención.

La primera fue llamada «retiro cerrado». Durante treinta, diez u ocho días (a veces menos), el retiro se desarrolla dentro de una casa donde el ejercitante acepta una ruptura con respecto a su vida habitual, puesto que deja su domicilio, su vida familiar y profesional, así como sus medios ordinarios de cultura y de reflexión (es el caso de los que asisten a la Casa de Ejercicios “San José” que tenemos en Tlalpan), dónde se tiene asegurado el silencio y las condiciones son favorables para la concentración en la oración, pues no se está expuesto a ninguna «agresión» del mundo exterior; un Director se encuentra en la casa; y da a los participantes instrucciones,  orientaciones y atención individual, y algunas ocasiones se puede «compartir» con los demás (no necesariamente, depende de circunstancias, el Director lo decide).

Paralelamente a esta forma tradicional desde hace algunos años se desarrolla otra. En lugar de realizar la separación de la que acabamos de hablar, el ejercitante recorre el itinerario que abarcan los Ejercicios y asegura las condiciones espirituales de los mismos dentro del marco habitual de su existencia, sin renunciar a sus responsabilidades ordinarias. Es cierto que algunas prescripciones le obligan a modificar la organización habitual de su tiempo, pues requiere consagrar una parte especialmente a la meditación y la oración, debe también disponer ciertos períodos exclusivos en silencio, para facilitar la búsqueda interior, concertar citas con alguien que lo acompañe, puede ser el Director, etc. El desarrollo normal del retiro se realiza en la vida cotidiana y por lo tanto en relación inmediata con los acontecimientos de cada día.

Para entrar en esta experiencia no se necesita ninguna preparación o disposición distinta a la que exigen los Ejercicios a todo ejercitante. Por eso pueden participar de estas experiencias, hombres y mujeres de todos los ambientes, de cualquier clase social o nivel espiritual, siempre y cuando, deseen consagrar durante un cierto tiempo una parte de su jornada a la búsqueda de Dios, a fin de conformar más sinceramente su vida a Cristo y a su Evangelio. El dinamismo que lleva a una persona a los Ejercicios va frecuentemente vinculado a una decisión que tomar: elección difícil en un momento crucial de la vida profesional, aceptación o rechazo de una responsabilidad ofrecida, partida al extranjero, nuevo estilo de comportamiento conyugal o familiar, ruptura eventual con ocasión de una amistad que se torna peligrosa, decisión de dejar o continuar la vida sacerdotal o religiosa...

En otros casos se trata menos de una decisión que de una orientación que se precisa: poner fin a un momento de incertidumbre o turbación; recuperar la paz del corazón que se siente amenazada o perdida sin que se pueda determinar claramente ni por qué causa ni a través de qué evolución se ha llegado a esa situación; plantear de nuevo la vida delante de Dios después de diez o veinte años de compromiso y aun cuando un sentimiento de desgaste o de añoranza esté minando la conciencia; entregarse con más determinación a la oración como a una aventura interior cuya llamada se vuelve de nuevo a sentir. Aquí podría caber el caso actual de los Congregantes.

La respuesta a estas preguntas o a estos deseos, no se encontrará evidentemente más que por una lenta conversión del corazón y por la sumisión de todo el ser al Espíritu de Dios. Al proponerse hacer los Ejercicios en la vida ordinaria, uno se abre a una experiencia fundamental, para la cual San Ignacio propone apoyos, cuyos rasgos esenciales podrían enunciarse de la siguiente manera:

Sin intentar fijar de antemano este tiempo, que depende de muchos apremios que inciden sobre la vida, se puede decir que lo esencial es llegar a determinar de un día para otro, entre los temas y las actitudes de la oración, una continuidad, unos ritmos y, finalmente, unas constantes que son reveladoras de profundas tendencias, en las cuales resulta posible darse cuenta de cómo nos conduce Dios.

  • La reflexión personal llevará cada vez más a una «lectura espiritual» de lo que se ha vivido en los días precedentes o en períodos más lejanos, para tomar conciencia de los motivos que determinan las opciones o el comportamiento; para descubrir con mirada de fe dónde están las alegrías, los temores, las fuentes de dinamismo o de inhibición; para captar el sentido de las alternativas entre diversos sentimientos, o el momento del paso de una etapa a otra.

Adaptada por el C. M. Alfonso J. Marín González, inspirado en  el libro “La Experiencia en los Ejercicios Espirituales en la Vida” de Maurice Giuliani, de la Colección Mensajero editada por Sal Terrae, Bilbao

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