EJERCICIOS DE ENCIERRO, LIBERACIÓN DE
ALMAS ENCADENADAS POR EL PECADO

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Es costumbre del buen católico asistir, año con año, en tiempos de cuaresma, a escuchar las pláticas que, a título de ejercicios espirituales, tienen lugar en las Iglesias, como medio de preparación de la confesión y comunión anual. Más los llamados ejercicios de encierro, respondiendo al mismo propósito son de tan especial naturaleza que rinden frutos incomparablemente óptimos.

Define San Ignacio los ejercicios espirituales como "todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras espirituales operaciones. Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicio corporales, por la misma manera todo modo de preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida, para la salud del alma, se llaman ejercicios espirituales".

Cualquier otra explicación incurriría en redundancia innecesaria. El que asiste a ejercicios de encierro, emprende, acosta del más ínfimo sacrificio, la más trascendental aventura. Ubicado en la luz de la gracia para contemplar las más altas realidades, se vera solicitado por una fuerza incontrastable que le exigirá aquel combate espiritual, aquella lucha consigo mismo que dominará todo el futuro discurrir de su existencia, pues ese "quitar de sí toda afección desordenada" y "buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida" impondrá una tarea que habrá de perdurar hasta el último instante vida.

Durante un breve término, generalmente tres días, un grupo de hombres de buena voluntad (cinco, diez, treinta, cien) permanecen reunidos meditando, orando, escuchando disertaciones sacerdotales sobre temas de la mayor importancia. El ejercitante, en aquel grandioso silencio queda patéticamente solo en toda su miseria, en toda su grandeza, para emprender un diálogo con Dios, su Señor, que determinará la estructura de su vida ulterior.

Los que van a hacer ejercicios de encierro se presentan en la Casa de Ejercicios a la hora del crepúsculo; después de la cena escuchan una primer meditación que los instruye sobre el fin de los ejercicios: inmediatamente después se hace el silencio; el ejercitante habrá de permanecer varios días a solas consigo mismo, recorriendo el camino pasado, atisbando el futuro, bajo la Luz de Dios.

Al despertar del primer día descubre con enorme sorpresa cómo el solo transcurso de una noche, en la que nada ha hecho, salvo dormir, ha bastado para situarlo en un mundo nuevo. Noche extraordinaria en que las raíces más hondas de la voluntad, hundidas en el subconsciente, impregnadas por la más intensa santidad de deseo, se enderezaron firmemente en los senderos del Señor. Y empiezan las llamadas "distribuciones"; pocas oraciones comunes: la Santa Misa, el Vía Crucis, el Rosario;  pláticas distribuidas a lo largo del día:  exámenes de conciencia; largas horas de tiempo libre en que el ejercitante, al mismo tiempo profundamente solo y grandemente acompañado, substraído a toda divagación, meditará sobre las verdades comentadas y las referirá implacablemente, valientemente, a las condiciones concretas de su propia vida.

El sacerdote quefunge como Director, ofrecerá al ejercitante un cuadro vivo de las verdades eternas que iluminarán los más hondos rincones de su ser interior. Más el papel principal estará a cargo del propio ejercitante. No ha venido a "OÍR" ejercicios, sino a "HACER" ejercicios, lo cual implica aquel extraordinario espíritu de iniciativa que es condición imprescindible del combate espiritual. Pero todo será maravillosamente fácil, pues en ninguna otra parte se siente con mayor intensidad la consoladora presencia de Dios.

Las prácticas van aflorando temas tras tema. El fin del hombre, las creaturas, el pecado, la sanción, la pasión de Cristo y su excelsa misión redentora, la imitación del Crucificado, el plan de vida futura, principios de ascética para mejor vencerse a sí mismo, consejos de gran utilidad sobre práctica frecuente de sacramentos, exámenes de conciencia, lecturas espirituales, como medios para conservar y enriquecer el fruto derivado de los ejercicios.

Todo ello desarrollado a través de un breve término de tres días, en el cual el ejercitante parece haber penetrado en un tiempo angélico, porque aquellos tres días se levantan sobre toda la vida pasada como una etapa en que el alma, despertada de su letargo, vive su más heroica hazaña.

No se concibe ambiente de mayor libertad. Toda coacción está ausente. Todo es sencillo e importante. Las meditaciones tienen profundo valor objetivo, como que son resumen de las verdades fundamentales de nuestra religión; pero el ejercitante está intensamente presente, vive en la luz de la gracia y refiere todo a las condiciones concretísimas de su vida íntima. A veces la plática transcurre un tanto monótona y alguno se siente especialmente defraudado; ¿qué tiene que ver con él lo que habla el sacerdote? de pronto, una frase lanzada al azar lo sacude intensamente, lo galvaniza como un rayo; es la flecha que ha dado en el blanco; aquello que brotó de labios del sacerdote pareció haberlo dicho precisamente para él, como si fuera testigo de sus más impenetrables secretos.

Preocupaciones menores de la vida habían logrado correr un velo espeso sobre las cuestiones verdaderamente fundamentales; el velo se va disolviendo y los problemas de cada uno se reducen a sus justas proporciones. El ejercitante descubre, maravillado, cómo existe un ideal tan concreto de santidad que él solo él puede realizarlo; que al contrario de lo que pensaba antes, nada hay en su vida (riqueza, como pobreza, dolor, como alegría) que no pueda poner al servicio de tan supremo ideal. Los rostros mismos de los participantes cambian ostensiblemente de aspecto; conforme la generosidad de propósito invade el espíritu, los ojos se van llenando de luz. Al terminar los ejercicios, los asistentes se encuentran extraordinariamente rejuvenecidos, parecen haber recuperado su alma pura de niños.

Y es que todos, cual más, cual menos, andaban un poco desesperados y ahora, tan próximos a la buena nueva, se han despojado de pesado lastre y, con el más alegre sentimiento de libertad, se han fortalecido en grado máximo.

El futuro es de lucha y de lucha heroica por sobrevivir. Todos hemos de restaurarnos a nosotros mismos y beber en las fuentes de la gracia que nos librará de sucumbir. El que no logre inflamarse de entusiasmo por su credo quedará a la mitad del campo de batalla en calidad de vil carne de cañón y morirá sin gloria. Por ello requerimos esa extraordinaria gimnasia del espíritu, esa suprema escuela de la acción, esas espirituales operaciones para "quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida", según el pensamiento de Ignacio de Loyola, humilde y egregio Soldado de Cristo.

Nota aparecida al inicio del artículo cuando fue publicado originalmente:

«Signo de un nuevo tipo de hombre católico en México, es el del alto funcionario del Estado, que sin ambages, hace profesión pública de su fe religiosa.

Un distinguido Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y eminente catedrático de la Universidad Nacional, el Lic. Mariano Azuela Jr., ha escrito este artículo que MILICIA se honra en reproducir»

Aparecido en MILICIA número 43 de diciembre de 1953, revista de la Congregaciones Marianas de la Parroquia de la Sagrada Familia en la Colonia Roma, incluido en el sitio web de las Congregaciones Marianas el día 31 de julio de 2009, fiesta de San Ignacio de Loyola

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