La
gran novedad de la reflexión teológica posterior al Concilio Vaticano II sobre
las relaciones
de María con la Iglesia en la liturgia, consiste en haber plasmado este principio:
LA VIRGEN ES MODELO DE LA IGLESIA EN EL EJERCICIO DEL CULTO DIVINO.
Esta afirmación se funda esencialmente en dos datos teológicos:
a) La
presencia
activa de María en el misterio de Cristo;
b) Su
ejemplaridad para
la
Iglesia, dato que se halla ampliamente explicado en el capítulo VIII de la
Constitución
Dogmática “Lumen Gentium” (LG) y en
el numeral 103 de la Constitución Dogmática “Sacrosantum
Concilium” (SC). Pero solamente la
exhortación “Marialis Cultus” (MC) de Paulo VI, ha sacado
ampliamente
las consecuencias (numerales 16-23).

Es más, se le puede considerar como una de las intuiciones más fecundas
de la espiritualidad litúrgica y mariana de los últimos siglos, con amplia
base en la gran tradición patrística, como documenta cuidadosamente la
MC en sus notas.
Paulo
VI presenta a María como «modelo de la Iglesia en el orden de la fe,
de la caridad y de la perfecta unión con Cristo», que son las actitudes interiores
con las cuales la Iglesia, esposa amadísima, invoca a su Señor, y por
su medio rinde culto al Padre eterno (MC 16).
Con
este principio se nos ofrece
además una sólida orientación teológica para toda formación en la participación
litúrgica: el modo propio de formar para vivir la liturgia es formar para la vida
teologal, la
cual se
ejercita justamente en la liturgia y
en
ella
alcanza su punto culminante; más aun, en la liturgia alcanza su punto
culminante toda la oración y contemplación del cristiano bajo la acción del Espíritu
Santo.
El
principio de la ejemplaridad de María ha sido explicado por Paulo VI
refiriéndose a algunas actitudes comunes a la Virgen, en su participación en
el misterio de Cristo en el Espíritu, y a la Iglesia, la cual, bajo la acción
del Espíritu,
celebra el memorial del Señor.
En
primer lugar, en la escucha religiosa de la palabra de Dios, María aparece
como Virgen
oyente: modelo,
por tanto, para la Iglesia que medita, escucha,
acoge, vive y proclama aquella palabra que se encarnó en María: «Esto mismo
hace la Iglesia, la cual, sobre todo en la sagrada liturgia, escucha con fe,
acoge, proclama, venera la palabra de Dios, la distribuye a los
fieles como pan de vida y escudriña a su luz los signos de los tiempos, interpreta
y vive los acontecimientos de la historia» (MC 17).
De
María, cual Virgen
orante, se
pueden recordar en general, ya sea su actitud
orante, ya sea aquellos sentimientos que el Espíritu suscitaba en su corazón
y que coinciden con las grandes dimensiones de la oración eclesial, la
cual alcanza su vértice y su punto de condensación en la plegaria eucarística:
la
alabanza llena
de gratitud del Magnificat,
la intercesión en
Caná, la
súplica para la venida del Espíritu en
el cenáculo.
A
estas actitudes hay que añadir la peculiar experiencia de María cual Virgen
oferente en
el templo de Jerusalén y
en
el Calvario, experiencia que en su aspecto activo (María ofrece) y pasivo (María
se ofrece) se torna ejemplar para
la Iglesia en su oblación de la eucaristía y de la oración (MC 18.20).
Desde
otra perspectiva María, cual Virgen
Madre, es
el modelo de aquella
cooperación activa con la cual también la Iglesia colabora mediante la
predicación y los sacramentos (especialmente en el bautismo, en la confirmación
y en la eucaristía) a transmitir a los hombres la vida nueva del Espíritu
(cf. MC 19).
Extractado del libro “El año litúrgico. Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia” de Jesús Castellano, de Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1996