La
visión del mundo en que vivimos, la necesidad, la miseria y el abismo de la
maldad humana sirven para atenuar siempre de nuevo el gozo de la victoria de la
luz. La humanidad lucha todavía en el barro y aún es pequeño el rebaño que
ha logrado ponerse a salvo en las más altas cimas del monte. La batalla entre
Cristo y el Anticristo todavía no se ha dirimido.
En
esta batalla los seguidores de Cristo
tienen su puesto. Y
su arma principal es
la Cruz.
¿Cómo
se puede comprender esto? El peso de la Cruz, que Cristo ha cargado, es la
corrupción de la naturaleza humana con todas sus consecuencias de
pecado
y sufrimiento, con las cuales es castigada la
humanidad caída. El regreso de la humanidad
liberada al corazón del Padre celeste y el estado de hijos adoptivos es un don
gratuito de la gracia, del amor omnimisericordioso. Pero ello no puede suceder a
costa de la santidad y justicia divinas. La totalidad de las culpas humanas,
desde la primera caída hasta el día del juicio, tiene que ser borrada por una
expiación equivalente. Las tres caídas de Cristo bajo el peso de la Cruz
corresponden a la triple caída de la humanidad: el pecado original, el rechazo
del Redentor por su pueblo elegido y, la apostasía de aquellos que llevan el
nombre de cristianos.
El Salvador no esta solo en el camino de la Cruz y no son sólo enemigos los que le acosan, sino también hombres que le apoyan:
como modelo de los seguidores de la cruz de todos los tiempos tenemos a la Madre de Dios;
como tipo de aquellos que asumen el peso del sufrimiento impuesto y soportándolo reciben su bendición, tenemos a Simón de Cirene;
como representante de aquellos que aman y se sienten impulsados a servir
al Señor esta Verónica.
Cualquiera
que a lo largo del tiempo haya aceptado un duro destino en memoria del Salvador
sufriente, o haya asumido libremente sobre sí la expiación del pecado, ha
expiado, en parte, el inmenso peso de la culpa de la humanidad y ha ayudado con
ello al Señor a llevar esta carga; o mejor dicho, es Cristo-Cabeza quien expía
el pecado en estos miembros de su cuerpo místico que se ponen a disposición de
su obra de redención en cuerpo y alma.
Podemos
suponer que el pensamiento en estos fieles que le habrían seguido en el camino
del dolor, fortaleció al Salvador en la noche del Monte de los Olivos. Y la
fuerza de estos Cargadores de la Cruz viene en su ayuda después de cada caída.
No
se trata, pues, de un recuerdo simplemente piadoso de los sufrimientos del Señor
cuando alguien desea el sufrimiento. La expiación voluntaria es lo que nos une
más profundamente y de un modo real y auténtico con el Señor. Y esa nace de
una unión ya existente con Cristo. La naturaleza humana huye del sufrimiento. Y
la búsqueda del sufrimiento como satisfacción perversa por el dolor es algo
muy distinto de la voluntad de sufrir por expiación. No se trata de una
aspiración espiritual, sino de un deseo sensible y no mejor que las otras
pasiones, sino mucho peor por
ir
contra natura. 
Sólo
puede aspirar a la expiación quien tiene abiertos los ojos del espíritu al
sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo; esto resulta posible solo
en los hombres en los que habita el Espíritu de Cristo, que como miembros de la
Cabeza encuentran en Él la vida, la fuerza, el sentido y la dirección.
Por
otro lado la expiación une más íntimamente con Cristo, al igual que una
comunidad se siente más íntimamente unida cuando realizan juntos un trabajo, o
al igual que los miembros de un cuerpo se unifican cada vez más en el juego orgánico
de sus funciones.
Así
como el ser-uno con Cristo es nuestra beatitud y el progresar en llegar a
ser-uno con Él es nuestra felicidad en la tierra, entonces el amor por la Cruz
y la gozosa filiación divina no son contradictorios. Ayudar a Cristo a cargar
con la Cruz proporciona una alegría fuerte y pura; y aquellos que pueden y
deban, los constructores del Reino de Dios, son los auténticos hijos de Dios.
De ahí que la preferencia por el camino de la Cruz no signifique que el Viernes
Santo no haya sido superado y la obra de redención consumada.
Solamente
los redimidos, los hijos de la gracia, pueden ser portadores de la Cruz de
Cristo. El sufrimiento humano recibe fuerza expiatoria solo si está unido al
sufrimiento de la cabeza divina. Sufrir y ser felices en el sufrimiento, estar
en la tierra, recorrer los sucios y ásperos caminos de esta tierra y, con todo,
reinar con Cristo a la derecha del Padre; con los hijos de este mundo reír y
llorar; y con los coros de los ángeles cantar ininterrumpidamente alabanzas a
Dios: ésta es la vida del cristiano hasta el día en que rompa el alba de la
eternidad.
Autora: Edith Stein.
Reflexión
basada en una de las selecciones incluidas en el libro “Escritos
Espirituales” de Edith Stein, de la Colección Clásicos de la
Espiritualidad de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999.
Edith
Stein, de origen judío, convertida al catolicismo, profesó como carmelita con
el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, murió martirizada el año de 1942.
Fue canonizada el 11 de octubre de 1998..