EA
PUES SEÑORA, ABOGADA NUESTRA, VUELVE A NOSOTROS ESOS TUS OJOS MISERICORDIOSOS
Petición:
Abogada de los pecadores, ruega
por nosotros.
EA, PUES SEÑORA.
Como la esclava tiene sus ojos en las manos de su señora,
así nuestros ojos están clavados en el Señor Dios nuestro para moverlo a que
se apiade de nosotros.
Y así te decimos: ¡Oh María, Señora
y abogada nuestra, sálvanos!
Tú eres la Madre de Dios, Señor de los que dominan.
Eres sierva, señora y dueña del Señor de los señores.
Tu poder, más que regio, es maternal, porque si eres
Reina y Señora es por ser Madre de Dios.
Eres Señora nuestra por naturaleza, porque eres
verdadera Madre de Cristo. Y la Madre del Rey es dueña de lo que es dueño el
Rey.
Eres Señora nuestra, por gracia, porque lo Hijo te ha
dado el ser Señora y dueña de todas las cosas, de los Ángeles y los hombres.
Eres Señora nuestra, porque el pueblo cristiano lo
quiere y elige y ama y reverencia como Señora suya. Eres Señora nuestra,
porque nos has rescatado del cautiverio del demonio, dando como precio la vida
de tu Hijo.
Señora, porque nos hemos perdido por nuestras culpas,
después de redimidos, y nos has alcanzado el perdón de ellas, nos has hecho
tuyos de nuevo, no una, sino mil veces.
ABOGADA NUESTRA.
Cristo es nuestro Juez. Él, el ofendido; nosotros,
los reos; los delitos, nuestros pecados; la pena, el infierno; nuestra abogada,
María.
Si una madre tuviera tres hijos, de los cuales uno
hubiera matado al otro y el tercero fuera el juez, ¿qué haría este ante las súplicas
maternales en favor del reo?
¡Oh María!, eres Madre del Juez, que es Cristo; Madre del reo, que es el hombre; Madre del ofendido, que es Dios,
y abogada de los delincuentes, que somos todos. ¿Quien dudará del perdón?
¡Que desgracia tan grande la de los herejes y
pecadores, que no te rechazan como abogada!
Los delitos son muchos y graves. ¿Que alegarás para
salvarnos?
Dirás a tu Hijo: Hijo mío, acuérdate de mis lágrimas
al verte llorar en Belén.
Acuérdate de mis lágrimas al saber que te buscaba
Herodes para matarte.
Acuérdate de mis lágrimas al oír la profecía de
Simeón.
Acuérdate de mis lágrimas cuando lo perdí en
Jerusalén.
Acuérdate de mis lágrimas al verte morir
crucificado.
Acuérdate de que en la cruz dijiste a tu Padre: «Perdónalos, por que
no saben lo que hacen. »
Acuérdate de que en la cruz
me dijiste a mi: «Mujer, he ahí
a tu hijo. »
Hijo mío, bondad y misericordia infinitas, ¿no
perdonaréis a otro hijo mío y hermano tuyo?
VUELVE A NOSOTROS ESOS TUS OJOS MISERICORDIOSOS.
Vuélvelos como tu Hijo los volvió a Pedro cuando le
negó, no una, sino tres veces.
Vuélvelos
como tu Hijo los volvió a la Magdalena cuando le dijo: «Te son perdonados tus
pecados.»
Vuélvelos como los volvió a su incrédulo apóstol
Tomas y le dijo: «Mete tu mano en la llaga de mi costado. »
Vuélvelos como los volvió a ti cuando llorabas por Él
abrazada a sus pies, clavados en la cruz.
Vuélvelos, que bastará que nos veas tan llenos de
pecados y miserias para que te compadezcas e intercedas por nuestro perdón.
Como
el hijo pródigo dijo: «Me levantaré, e iré a mi padre», así decimos
nosotros: «Nos levantaremos, e iremos a nuestra Madre, y le diremos: no somos
dignos de llamarnos hijos tuyos, pero recíbenos como siervos.»
Reflexión
basada en el libro “Ignacianas”
de Ángel Ayala, S. J., editada por Ediciones STVIVM, Madrid 1965.