LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

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Para tener sed del Espíritu Santo es necesario comprender todo lo que Él hace en quien lo recibe. Una de las cosas que constantemente hará el Espíritu de Jesús es suplir las limitaciones y deficiencias de cada uno.

La Teología explica que el Espíritu Santo asiste «por medio de dones», que son intervenciones del Paráclito en nosotros, que superan toda virtud adquirida y todo hábito conseguido por el propio esfuerzo. Comentemos sobre estos regalos:

DON DE SABIDURIA. La palabra SABIDURIA viene del verbo latino “SAPERE” que quiere decir: saborear. El que tiene este don le halla sabor y gusto a las cosas de Dios: la oración, la participación en la Eucaristía, la lectura espiritual, el estudio de la Biblia, el apostolado, la ayuda a los pobres, la visita a los enfermos...

Al que no tiene el don de Sabiduría, todo esto le parece aburrido, no le halla sabor ni sentido alguno:

DON DE ENTENDIMIENTO. Es la luz intelectual que nos da el Espíritu Santo para comprender las verdades que Dios ha querido revelarnos. A todos nos ha pasado que de pronto nos llega una claridad nueva sobre una verdad revelada que ya conocíamos pero que ahora nos impacta, nos entusiasma y nos llena de gozo. Es el don del ENTENDIMIENTO. A él se refería Jesús cuando dijo:

"Tengo muchas cosas que enseñarles, pero no podrán comprenderlas. Hasta que venga el Espíritu de Verdad, Él los guiara a toda verdad." (Juan 16,12-13)

DON DE CONSEJO. Es una asistencia habitual del Espíritu Santo para saber con certeza lo que debemos hacer, sobre todo en circunstancias difíciles, en las que no bastan las luces de nuestra prudencia humana. Es entonces cuando necesitamos este don, para saber obrar atinadamente o aconsejar rectamente a los demás. Cuando hemos obrado imprudentemente, cuando tenemos que arrepentirnos de lo que hicimos o dijimos, cuando damos un consejo desatinado, cuando fallamos en la educación de los hijos o en la buena dirección de lo que nos han confiado, es que aun no lo tenemos, y necesitamos pedirlo al Espíritu Santo.

Necesita la humanidad, en las presentes circunstancias la guía del Maestro infalible, para que seamos:

".....sencillos como las palomas pero cautelosos como las serpientes". (Mateo 10,16)

DON DE FORTALEZA. Generalmente no somos malos pero sí muy débiles. Queremos ser pacientes, y nos domina la ira. Queremos ser constantes pero abandonamos lo emprendido. Queremos ser cumplidos y fallamos. Queremos ser castos y no siempre lo logramos. Queremos ser serviciales y somos egoístas. En resumen: ¿Quién no experimenta su propia debilidad?

Mas lo que no podemos nosotros, lo puede Dios en nosotros:

"Todo lo puedo en Aquel que me fortalece." (Filipenses 4,13)

Los mártires han experimentado este don que los hizo superar el miedo, soportar los tormentos, y ser fieles a Dios hasta la muerte. Pero no sólo necesitamos este don para circunstancias heroicas, sino sobre todo para la vida diaria, con su carga de problemas, deberes, luchas, sufrimientos y tentaciones. Con el don de Fortaleza todo eso se convierte en mérito, en victoria, y en progreso en nuestro camino hacia Dios.

Cuando  experimentemos debilidad, no nos desanimemos, pidamos al Paráclito el don de FORTALEZA.

DON DE CIENCIA. Nos ilumina acerca de las creaturas. Nos descubre su pequeñez, sus limitaciones, su inconsistencia. Nos libera de la fascinación que ejerce sobre nosotros el mundo, la carne y el orgullo, con su sed de poder, de fama y de riqueza. El don de CIENCIA nos revela que todo es:

"......vanidad de vanidades y nada vale la pena". (Eclesiastés 1,2)

Pero este mismo don de CIENCIA, una vez que nos libra de ser esclavos de las cosas y de los hombres, nos reconcilia con todas las creaturas por un camino nuevo.

Y así, vemos como san Francisco de Asis, iluminado por el don de Ciencia, primero renuncia a todo, para dejar su corazón vacío y disponible para Dios. Pero luego, el mismo don de Ciencia, le descubre que las creaturas son buenas en sí mismas, huellas del paso de Dios, y escalones para ir subiendo hacia Él. Entonces Francisco comienza a llamar hermanas a todas las cosas y le canta al hermano Sol, y a la hermana agua y al hermano lobo, y a la hermana muerte que viene a llevarnos a la casa del Padre.

San Agustín buscó saciar su sed de felicidad en las creaturas. Pero al fin, iluminado por el don de Ciencia, comenzó a buscarla en Dios, y en el libro de sus Confesiones escribe estas palabras:

"¡Oh Dios mío, fuente única que ha saciado mi sed! ¡Qué tormento vivió mi alma en todo el tiempo que estuve sin ti! ¡Nos creaste, Señor para ti; por eso mi corazón anduvo tan inquieto hasta que encontró en ti su descanso!"

Esto es lo que hace el don de Ciencia en nosotros: impide que las creaturas nos arrastren lejos del Creador descubriéndonos su insuficiencia, pero también las convierte en amigas y aliadas, permitiéndonos percibir lo divino que hay en ellas.

¿Cuántas veces hemos dejado a Dios por las creaturas? Sin este don de la CIENCIA sucede que:

"....la semilla cae entre espinos que la ahogan, y le impiden desarrollarse y dar fruto". (Lucas 8,14)

DON DE PIEDAD. Por medio de este don el Espíritu Santo nos hace percibir a Dios como un Padre amorosísimo. Nos hace experimentar su bondad y hace que en nuestro corazón brote el amor filial, la admiración y la ternura hacia ese Padre lleno de misericordia para con todas sus creaturas. El Espíritu Santo se nos une para dar testimonio de que somos hijos de Dios, y nos hace decirle:

”¡Padre mío! (¡Abba!)" (Romanos 8, 15)

Este don nos lleva también a fraternizar con todos los hombres, por que nos descubre con claridad el infinito amor que el Padre tiene a los demás, a todos y a cada uno. El don de la PIEDAD es el que más aparece en la persona de Jesús. Estaremos muy lejos de imitar a nuestro modelo y Maestro, si no pedimos al Espíritu Santo este don del que brota la oración íntima y el amor fraterno.

DON DE TEMOR. Es el temor de perder a Dios. Todo el que ama de verdad, teme, sobre todas las cosas, perder al ser amado. El Espíritu Santo nos hace conscientes de que es tanta nuestra ceguera que podemos ser infieles a Dios y perderlo para siempre. "He visto caer a los cedros de Líbano", decía san Agustín, refiriéndose a personas que llegaron a un alto crecimiento en su vida espiritual y que, sin embargo, cayeron en grandes pecados y abandonaron al Señor.

Todos somos un posible Judas. El don de TEMOR nos hace prudentes para apartarnos prontamente de situaciones que comprometen nuestra fidelidad a Dios. El Espíritu Santo nos mueve a seguir el consejo de Jesús:

"Estén vigilantes y no dejen de orar para que no caigan en tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es débil." (Mateo 26,41)

Pidamos al divino Espíritu que nos regale este don, único guardián seguro del amor y la fidelidad.

CONCLUYENDO. No debemos pensar que los dones del Espíritu Santo son como artículos de lujo o sólo para gente santa. Al contrario, los necesita la gente común para lo que es esencial: entender las cosas de Dios. Confiar en Dios como en el mejor Padre, ser humildes y prudentes, huir del pecado, en una palabra: los necesitamos para nuestro principal objetivo, la salvación.

Desde nuestro bautismo recibimos como una semilla todos estos dones, pero a partir de entonces pueden suceder dos cosas: los apreciamos y somos cada día más fieles a la acción del Espíritu Santo en nosotros; o bien los desconocemos, los despreciamos, somos autosuficientes y rebeldes a la dirección del Espíritu.

Entonces va muriendo en nosotros todo lo que recibimos del «Dador de vida». Por eso san Pablo nos da estos consejos:

No apaguen al Espíritu Santo". (I Tesalonicenses 5,19)

"Si ahora vivimos por el Espiritu, dejemos que el Espíritu nos guíe”. (Gálatas 5,25)

Ahora, en la raíz de la maternidad de María, Nuestra Santísima Patrona, que se extiende a todos los hombres, está siempre el Espíritu; todo, en el orden de la gracia. Invoquémosla pues para que por su intercesión, el Espíritu Santo nos dé sus dones y permanezca en nosotros. Para que el Espíritu Santo sea nuestro consuelo, el Agua viva que apague nuestra sed, lave nuestras manchas, riegue nuestra aridez, cure nuestras heridas, doblegue nuestro orgullo, caliente nuestra frialdad y enderece nuestros caminos torcidos. Pongamos en Él nuestra esperanza.

A Jesús por María.           

Desarrollado por el C: M. Alfonso J. Marín González, basado en la exposición del libro “Buenas Noticias”, de Ricardo Zimbrón Levy, M. Sp. S. de Editorial la Cruz, San Luis Potosí 155, Col. Roma,  México 1994.