Con María

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María es modelo y auxilio en nuestra vida de oración. Ella es la "omnipotencia suplicante" que, con su mediación maternal, lo puede conseguir todo de Dios en favor de sus hijos, que estamos obligados a navegar por los mares tempestuosos del mundo, entre peligros y tentaciones, que recorremos los caminos y los senderos de la tierra entre asechanzas, cansancios y riesgos de todo género.

Ella es el testimonio vivo de los "pobres de Yahvé", de los que esperan todo de Dios, su Salvador.

En su canto del Magnificat, María ha plasmado en sus versículos,  la actitud de la creatura redimida. que ora a su Señor con humildad, con gratitud, con plena confianza, con inmensa alegría, con un deseo inmenso de ser sólo "alabanza de su gloria".

Dios, nos ha dado en María una Madre, a nosotros, eternos infantes en el espíritu para que, como niños necesitados de todo, le pidamos y encontremos en ella todo lo que necesitamos.

María está indisolublemente unida al misterio de su Hijo Jesucristo, y por lo tanto, al misterio trinitario de la unidad divina en la Trinidad de las personas.

Recordemos que en el último rasgo biográfico recogido en el Nuevo Testamento, María aparece junto a los discípulos en el cenáculo, perseverando unánime con ellos en la oración, implorando la venida del Espíritu Santo (Hech 1, 14).

Y ahora, asunta al cielo, como nos enseña el Concilio Vaticano II, "... con su múltiple intercesión, continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que, todavía peregrinos, se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que nada reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediador".

Pero, para comprender lo que María es para nuestra vida cristiana y, en concreto, para nuestra vida de oración, no basta leer y entender estos textos luminosos, sino que es necesario practicar una meditación continua de sus ejemplos y del testimonio de su vida, una vivencia de la plena consagración a su corazón inmaculado -es el «Todo Tuya» de Juan Pablo II, recogido de san Buenaventura a través de san Luis Grignion de Montfort en su Tratado «De la verdadera devoción a la santísima Virgen»- un sabor dulce, íntimo y continuo con María, como los santos y los fieles cristianos que han respondido a la llamada de seguimiento de Jesucristo por medio de su divina Madre, hasta el punto de que todos los actos de su vida los hacen por María, con ella y para ella, a fin de que toda su existencia sea un acto de culto, de oración y consagración a Dios.

La vida pasa pronto, en un instante, como un relámpago encendido en el firmamento o como una flor que se abre y se marchita; así se consuma la vida humana... La única manera de dar consistencia de eternidad a esa vida humana es orar continuamente, sin desfallecer, escogiendo a María como modelo y guía en nuestro viaje hacia el cielo.

Nuestra oración será continua si es continuo el amor. La oración bien practicada lleva a la caridad, y la caridad ejercitada a lo largo del día -hacia Dios en actos interiores de amor y hacia el prójimo en actos exteriores de amor- hará avanzar nuestra unión con Dios.

Para esto, nadie mejor que María nos llevará a vivir esa caridad, que es un anticipo del cielo. Una práctica muy recomendada por la Iglesia y por el ejemplo de los santos es la del rezo del santo rosario, que a lo largo de sus misterios y de sus oraciones nos va recordando los principales pasos de la vida de Jesucristo y nos ayuda, al mismo tiempo, a dirigirnos a nuestra Madre a través del rezo del Avemaría, que es la oración filial de los hijos a su Madre. El rezo del santo rosario es también una iniciación para pasar de la vida de la oración meramente vocal, a la meditación y a la contemplación.

Como sencilla ayuda para desarrollar la vida de oración "con María" durante el mes de mayo, algunos grupos, como es el caso de las Congregaciones Marianas, celebran en especial durante el mes de mayo, a nuestra Madre del Cielo.

Para la devoción a María, contamos con algunos textos que son oraciones de María a Dios, como el canto del Magnificat; otros son oraciones dirigidas a María en la liturgia oficial de la Iglesia o formuladas por los santos o por personas piadosas; otros más son textos del Magisterio de la Iglesia sobre María, o escritos por los santos, antiguos o modernos, o por fieles cristianos que se han distinguido por su amor y devoción a la santísima Virgen.

La Madre de Dios, que guardaba todas las cosas que le sucedían en relación con Jesús y "las meditaba en su corazón" (Lc.  2, 19), nos ayudará a avanzar por los caminos de la oración hacia el encuentro diario con Dios, preludio del definitivo en la morada eterna del cielo.

Sea Ella luz y acicate en la construcción diaria de los "cielos nuevos y tierra nueva" a la que hemos de contribuir a construir con nuestra vida y con nuestras obras, iluminados por esa luz que viene de lo alto y por la oración que nos hace encontrarla en nosotros y en medio de nosotros.