REFLEXIÓN SOBRE Dios y el sufrimiento
En una comedia del Bertolt Brecht uno de los personajes atribuye
las inundaciones de su provincia a que allí no reina temor
alguno de Dios. Sin embargo
responde
otro:
«Lo que simplemente ha ocurrido es
que se ha derrumbado la presa».
Una
aclaración
aparentemente irreligiosa, pero más teológica de lo que parece.
Para hablar del sufrimiento correctamente, lo primero que necesitamos es no confundir el plano en que se sitúan las ciencias y el plano en que se sitúa la teología (tratado de lo que se relaciona con Dios). La patogenia, por ejemplo, es una rama de la medicina que estudia cómo se han producido las enfermedades. Su aspiración consiste, pongamos por caso, en aislar el virus que causa una dolencia determinada. Lo logrará o no, pero de una cosa podemos estar seguros: nunca se le pasará por la cabeza afirmar que es Dios quien hace enfermar a nadie.
He aquí una primera lección que nunca deberíamos olvidar: hay muchos creyentes que todavía no saben distinguir el plano de la Causa Primera de todo cuanto existe (Dios) y el plano de las causas segundas que producen cada fenómeno particular. Como resultado de esa confusión, piensan que Dios origina las enfermedades igual que si fuera un microbio maligno.
En una de las obras de otro autor, una madre tuberculosa se despide de su hijo
con estas palabras: «Sé muy bueno, que Dios te proteja y que jamás -se lo pido
por lo más santo- te rompa las venitas de los pulmones». Y, como
tales personas tampoco saben hacer esa distinción por lo que al tratamiento de
la enfermedad se refiere, convierten a Dios en el más eficaz de los
antibióticos.
Algo parecido podríamos decir con respecto a los terremotos. En el siglo XX, a
ningún sismólogo se le ocurrirá afirmar que Dios decidió una mañana sacudir la
tierra; pero todavía se atreven a afirmarlo algunos creyentes poco ilustrados,
provocando en quienes les escuchan agresividad hacia ese Dios «sádico».
«Semejante "dios" -dice otro autor- sería un verdadero neurótico, y lo mejor que
podría hacerse por él es recomendarle un buen psicoanalista».
Naturalmente, no negamos que, si lo quisiera, Dios podría intervenir en el mundo al margen de las causas segundas, bien para producir un mal, bien para acabar con él. Eso es lo que llamamos un milagro. Pero sabemos que Dios no tiene costumbre de actuar así (y, desde luego, mucho menos aún si, en lugar de milagros, se tratara de «antimilagros», es decir, de originar males).
Debemos pues tener cuidado, pues, con expresiones del tipo de «Dios hace sufrir a los que ama», u otra muy popular como «Dios aprieta, pero no ahoga» (siempre me pareció bien que no ahogara, pero ¡nunca pude entender por qué razón tenía que apretar!).
Del libro “Esta es nuestra fe. Teología para Universitarios” de Luís González –Carvajal de la colección pastoral de Sal Terrae, Santander 1998.