DIOS ME CONSERVA
Dice SAN IGNACIO en su famoso PRINCIPIO Y FUNDAMENTO, incluido casi al inicio de su libro de los EJERCICIOS ESPIRITUALES:
«El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados»4
Nótese que SAN
IGNACIO no puso, «El hombre fue creado», sino «El hombre es creado»; para
que no pasáramos por alto el beneficio de la conservación. La conservación,
«continuata creatio», podemos imaginarla como una serie de instantes. En el
primero Dios crea; en el segundo la cosa creada se reduce a la nada; vuelve Dios
a crear y vuelve la cosa creada a reducirse a la nada.
La conservación es una serie continuada de creaciones, sin aquellos instantes negativos. Cuando el hombre realiza una obra, no necesita después continuar su trabajo, para que la obra subsista por sí; respecto de Dios no pasa lo mismo. Cada momento de mi vida pide para subsistir el mismo esfuerzo que fue necesario para comenzar, y este esfuerzo no puede nacer de mí. Tengo necesidad absoluta de Dios para perseverar en la existencia.
Para apagar una lámpara eléctrica, no es menester que la toque, ni que me llegue a ella ; basta cortar uno de los cables por donde le viene la corriente.
Para que se apague la luz de mi vida, no hace falta que Dios ejecute ningún acto positivo; basta con que cese en mí su acción creadora.
Nosotros somos algo prodigioso:
nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Pero hace poco no existíamos; y Dios no nos
necesitaba para nada, porque todo lo puede y todo lo tiene.
Y sin embargo, nos creó.
Sin causa alguna, gratuitamente, quiso participar con nosotros la dicha de
existir, de conocer, de amar, y tantas cosas... Y no es
verdad
que
nos sacó de la
nada, comprendemos que de la nada no se hace
nada. En realidad procedemos de
Dios. Por eso somos tan suyos.
Entre Dios y nosotros
existe una relación
especialísima: la de una creatura y su Creador. Somos la
obra de su poder y de su
amor. El diseñó el laboratorio portentoso de la matriz en la que fuimos
concebidos. El creó la materia prima de la que estamos compuestos y el espíritu que
nos anima. Nuestra madre nunca supo cómo se iba realizando en su seno el milagro de
nuestro cuerpo nuevo y de nuestra alma inmortal.
Más
aún, es incorrecto decir que
Dios nos creó. La verdad es que nos está creando,
ya que si Él dejara de actuar
un solo instante para darnos el ser, dejaríamos de
existir. Su acción creadora nos
acompaña siempre. Desde siempre estuvimos
en su proyecto creador de Dios,
y para siempre nos estará dando existencia.
Solo Dios puede decirnos con
verdad: «Con amor eterno te he amado, y prolongaré por siempre mi favor
hacia ti» Jer. 31.3.
Con cuánta razón concluye el
libro de la Sabiduría: «Tú, oh Dios, amas a
todos los seres y no aborreces
nada de lo que hiciste, pues si algo odiaras,
no lo habrías hecho. Y ¿cómo
podría seguir existiendo si tú no lo quisiera
¿Cómo se conservaría en el ser
si dejaras de llamarlo a la existencia? Por
eso tú eres misericordioso con
todas las cosas, porque son tuyas, Se
que amas la vida». Sab. 11.24.
El profeta DANIEL había sido arrojado al foso de los leones por haber dado muerte al dragón, que los babilonios adoraban como a un dios. Había allí siete leones, y allí estuvo Daniel siete días.
Daban a los leones cada día dos esclavos y dos ovejas. Pero durante aquellos días no les dieron nada, para que devorasen a Daniel. Vivía entonces en Judea el profeta HABACUC, el cual, cocida la comida y mojado el pan en la cazuela, se iba al campo para llevarlo a los segadores. Pero el ángel del Señor dijo a Habacuc «Lleva la comida que tienes preparada a Daniel, que está en Babilonia en el foso de los leones.» Y contestó Habacuc:
«Señor, nunca he visto a Babilonia y no sé qué es el foso de los leones.» Y tomándole el ángel del Señor por los cabellos de su cabeza, le llevó a Babilonia, encima del foso, con la velocidad del espíritu Y gritó Habacuc : «¡Daniel, Daniel, toma la comida que Dios te envía!» Y contestó Daniel : «En verdad, oh Dios, te has acordado de mí, pues no abandonas a los que te aman.» Y levantándose, comió, y al instante el ángel de Dios restituyó a Habacuc a su lugar. (Daniel 14, 32-39.)
Imaginémonos la escena: Habacuc en el aire, por encima de las bocas de los leones que, si nada podían hacer a Daniel, sí podían hacérselo a Habacuc, sostenido por el ángel por los cabellos. Si el ángel dejara de sostenerle, cayera en las garras de las fieras. Si Dios dejara de conservarnos, suspendiera, soltara el hilito de nuestra vida, seríamos precipitados en la nada. ¡Dependemos en todo de Dios!
Meditaciones propuestas al lector:
¡Cuánto le debemos a Dios!
Cuando le damos gracias, no es únicamente por lo pasado,
También le debemos dar gracias por los inmensos beneficios que ahora y aquí mismo, nos está concediendo.
En todo dependemos de Él.
¿Nos queda claro?
Desarollado por el Conggregante Mariano Alfonso J. Marín, Inspirado en los libro “LUCES IGNACIANAS. Primera Semana de Ejercicios. Meditaciones”. del P. RAMÓN J. DE MUÑANA MÉNDEZ de la Compañía de Jesús. Director Espiritual del Seminario Conciliar de Segovia. Editorial EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS. Bilbao 1954; y "Buenas Noticias" de Ricardo Zimbrón Levy, M. Sp. S. de Esditorial La Cruz.