Imaginemos
por un momento a un grupo de personas (club, movimiento, etc.) que tuvieran por
emblema o por logotipo, como hoy decimos, una silla eléctrica o tal vez una
horca; que la colocaran como objeto de veneración en un lugar privilegiado, que
la pusieran en los pináculos de sus edificios, que llevaran colgada de su
cuello una efigie en miniatura de ese objeto, que la dibujaran sobre su
cuerpo... ¿Qué pensaríamos de ellos?: ¿enfermos sicológicos?; ¿masoquistas?;
¿psicópatas?.
Pues
gente extraña como esa, somos nosotros los cristianos.
La
Cruz es primeramente, no lo olvidemos, un instrumento de tortura y muerte. Cicerón,
el gran orador y filósofo romano, casi un contemporáneo de Cristo, dice de la
muerte en cruz: "La más dolorosa y humillante".
Por
otra parte San Pablo dice:
«...pues
quiso el Padre poner en él la plenitud de todo ser, y reconciliar por él todas
las cosas consigo, restableciendo la paz entre cielo y tierra por medio de la
sangre que derramó en la cruz.» (Col
1,19-20).
«A
mí líbreme Dios de gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo;
por quien el mundo está muerto y crucificado para mí, como yo lo estoy para el
mundo»
(Ga
6,14).
«Porque
muchos andan por ahí, como os decía repetidas veces, (y aún ahora lo digo con
lágrimas) que se portan como enemigos de la cruz de Cristo,...»
(Flp 3,18).
«A
la verdad que la predicación de la cruz o de un Dios crucificado, parece una
necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es,
para nosotros, es la virtud y poder de Dios» (1Co
1,18).
Nosotros
aprendimos a decir desde muy niños: "Todo
fiel cristiano esta obligado a tener devoción
de todo corazón a la Santa Cruz de Cristo, nuestra
luz, pues en ella quiso morir para redimirnos de
nuestro pecado y del enemigo malo".
Aquí
aparece la clave de nuestra veneración a
la Cruz, es signo de tortura y muerte, sí, pero no es
esto lo que primero nos interesa, sino que la vemos
como la expresión
suprema del amor de Cristo:
«Nadie
ama más a su amigo que
el que da la vida por él»
(Jn
15,13);
Es
la calificación
máxima de
la entrega amorosa de Cristo al Padre y a los hermanos:
«Se
entregó hasta
la muerte
y muerte de
Cruz...»
(Flp
2,8);
la
vemos como origen
de vida
nueva:
«Si
el
grano de trigo no
muere...»
(Jn 13,24);
la
vemos como inicio de
gloria:
«Por
eso se
le dio un nombre, sobre todo
nombre»
(Flp
2,9).
El
Papa Juan Pablo II en su carta apostólica del
11 de febrero de 1984 «Salvifici Doloris», sobre el
sentido cristiano del sufrimiento humano, nos presenta
esta doctrina evangélica sobre la Cruz con su
habitual luminosidad. Aquí un extracto de algunas de sus ideas:
«La
Redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su
sufrimiento»
(n.3).
«El
sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la
Pasión de Cristo. Y a la vez este ha entrado en una
dimensión completamente nueva y en un orden nuevo:
Ha
sido unido al Amor, a
aquel amor del que
Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea
el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por
medio del sufrimiento, así como el bien supremo de
la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo y se ha convertido
en una fuente de la
que brotan ríos de agua viva. En ella debemos plantearnos
también el interrogante sobre el sentido del
sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal
interrogante»
(n. 19).
«Cristo
se une a sí mismo de modo especial al hombre...
mediante la cruz»
(n.20).
«La
elocuencia de la cruz y de la muerte es completada,
no obstante, por la elocuencia de la resurrección»
(n.20).
«La
cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz
salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente,
sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo
alcanza junto con la Resurrección»
(n.21).
«La
participación en la cruz de Cristo se realiza a través
de la experiencia del Resucitado»
(n. 21).
«A
la perspectiva del Reino de Dios está unida la esperanza
de aquella gloria, cuyo comienzo está en la
cruz de Cristo»
(n. 22).
«...si
la cruz ha sido a los ojos de los hombres el despojo
de Cristo, al mismo tiempo éste ha sido a los
ojos de Dios su elevación. En la cruz de Cristo ha
alcanzado y realizado con toda plenitud su misión: cumpliendo
la voluntad del Padre, se realizó a la vez
a sí mismo, en la debilidad manifestó su poder, y
en la humillación toda su grandeza mesiánica»
(n.22).
«Quienes
participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio
pascual de la cruz y de
la resurrección...»
(n.23).
La
cruz es el signo de Cristo. Y Cristo es Dios y
Hombre. Infinitud suprema y pequeñez nuestra. Eternidad
estable y tiempo fluyente. Espíritu perfecto y
carne débil. Santidad absoluta y pecado nuestro. Terminamos con lo que nos dice San Pablo:
«El
cual por amor de nosotros, ha tratado a aquel que no conocía al pecado, como si
hubiese sido el pecado mismo, con el fin de que nosotros viniésemos a ser en él
justos con la justicia de Dios»
(2Co
5,21)
Desarrollado
sobre el folleto número 55 de la colección
“Temas sobre Espiritualidad de la Cruz”, titulado “La devoción
popular a la cruz en México”, de Alberto Aranda C. M. Sp. S. De
editorial La Cruz, México, 1998.