El
11 de septiembre de
2001, el martes
negro, vimos
asombrados como caían
las Torres Gemelas. Nos
asustamos ante el poder destructor de la humanidad. Los aviones dejaron de ser
simples medios de transporte, para
convertirse en potenciales bombas dirigidas.
En
diversos países se
multiplican los atentados o los ataques suicidas.
Se hacen guerras "preventivas" contra el terrorismo, que no
son sino agresiones prepotentes y exhibición de
irracionalidad.
Se
ha diseminado la paranoia:
consideramos a los demás como posibles enemigos, y ellos
así nos ven
a nosotros.
Experimentamos
miedo
ante la violencia.
Las familias
y los países gastan enormes
cantidades en seguridad.
El
mayor signo de nuestra destructividad
ha sido la
primera bomba atómica lanzada en Hiroshima el 6 de agosto
de 1945.
¿De
dónde surge todo
esto? No busquemos la respuesta mirando
a las grandes potencias o a los fanáticos de cualquier tipo; miremos al
espejo. La línea divisoria entre el bien
y el mal pasa por en medio de nuestro
propio corazón.
Somos
capaces de golpear
y matar, de destruir
a una persona con
criticas o calumnias, de herir con una mirada o con
nuestra indiferencia. Debería estremecernos
el ver cuánto mal podemos potencialmente hacer
a los demás.
Hay
«personas-tornado» que dondequiera
que pasan, van arrancando la alegría y
dejando ruinas, que de ningún lugar salen sin haber
hecho el mal.
Hemos
de tener sumo cuidado con nuestra capacidad destructiva.
Si no sabemos poner freno a nuestros pensamientos de odio
o rencor, si no sabemos detener nuestros deseos de venganza o violencia,
si no tenemos un firme propósito de no hacer
el mal, podemos acabar siendo mas destructivos que cualquier avión o bomba.
Esta
actitud constituye un ejemplo de las afecciones desordenadas que tan
insistentemente se nos señalan en el contexto de la espiritualidad ignaciana,
como factores que nos alejan del diálogo con Nuestro Señor, con lo cual
quedamos imposibilitados de conocer lo que espera de nosotros.
Basado
en una reflexión propuesta por Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.,
marzo de 2004