DE CORAZÓN….

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«Después, Jesús llamó a la gente y les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro»   Marcos 7, 14-15

Estos versículos que escuchamos en el evangelio del día de hoy nos invitan a mirar en nuestro corazón con sinceridad. ¿Qué es lo que lo ocupa? ¿Por qué se afana? Son preguntas acerca de las cuales no podemos meditar gran cosa, porque «tenemos muchas cosas que hacer».

La Palabra de Dios pide ser escuchada con el corazón, pide un espacio, pide un poco de tiempo. Nuestro obrar, en verdad, no es especialmente cuestión de brazos o de mente, sino del corazón.

Es el corazón el que anima lo que decimos, hacemos o decidimos. El corazón es la sede de la conversión, de la decisión fundamental de acoger la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Y la Palabra de Dios, cuando habita en el corazón, lo cura, lo libera de los sentimientos egoístas, de la rivalidad, del desinterés por el otro: sentimientos que nos impiden experimentar la realidad más grande y determinante: el Señor está cerca.

Si a le dejamos sitio en nuestro corazón, nos enseña a invocar al Señor y a ver al prójimo, nos hace conscientes de que estamos bautizados y nos da la fuerza necesaria para vivir de manera coherente.

También la Palabra de Dios nos hace comprender, cómo hemos de obedecer a la ley de Dios, la ley definitiva del amor, ese amor con el que Jesús fue el primero en amarnos.

ORACIÓN

Venimos a ti, Señor, con este corazón que tenemos, repleto de sentimientos que nos esforzamos en reconocer y purificar a la luz de tu Palabra. No somos gente que te sea extraña: somos tus hijos, somos miembros del cuerpo de Cristo en virtud del bautismo que hemos recibido, formamos parte de tu Iglesia; sin embargo, cuántas veces estamos lejos de ti con el corazón y no nos damos cuenta de que tú estás siempre cerca de nosotros, tú, el único de quien tenemos una atormentadora necesidad.

Repítenos en lo más profundo de nuestro ser, que no te encontraremos multiplicando nuestras prácticas religiosas, sino abriendo el corazón a tu Palabra, orientando la vida según lo que te agrada, preocupándonos del hermano y de la hermana. Repítenos que el amor -y sólo el amor- nos hace puros. Y que nosotros, acogiendo tu don, renovados en la mente y en el corazón, te digamos: «Tú eres nuestro Señor».