LA CUARESMA: CAMINO DE LA IGLESIA HACIA LA PASCUA

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Desde finales del siglo II existe en la Iglesia un período de preparación a la Pascua, observado con algunos días de ayuno, según un testimonio a propósito de la controversia sobre la fecha de la Pascua.

Se había hecho llegar un escrito al Papa Víctor comentando: «Efectivamente la controversia no es solamente acerca del día, sino también acerca de la forma misma del ayuno, porque unos piensan que deben ayunar durante un día, otros que dos, y otros que más; y otros dan a su jornada una medida de cuarenta horas del día y de la noche, y una tal diversidad de observantes no se ha producido ahora; en nuestros tiempos, sino ya mucho antes, bajo nuestros predecesores...» (Texto en Eusebio de Cesárea, Historia eclesiástica, Madrid, BAC,1973, pp. 334-335).

Este ayuno inicial presenta una primera estructura de una semana de preparación, especialmente en Roma, convertida después en tres semanas en las cuales se lee el evangelio de Juan y, finalmente, en cuarenta días de ayuno, inspirado en los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto.

Este ayuno de cuarenta días se realizaba desde la sexta semana antes de Pascua. Pero estando de por medio seis días dominicales en los cuales no se ayunaba y queriendo completar el número simbólico de los cuarenta días, se prolongó, anticipando el comienzo al miércoles anterior a la sexta semana antes de Pascua y se computaron los dos días de viernes y sábado antes de Pascua, para completar los cuarenta días.

Actualmente es éste el cómputo matemático que hace de nuestra Cuaresma, un período de cuarenta y cuatro días, incluidos el miércoles de Ceniza y el Jueves Santo, de los cuales cuarenta de “preparación”, excluyendo precisamente los seis domingos ( cinco de Cuaresma y uno en la Pasión del Señor o domingo de Ramos ) y añadiendo los ayunos del Viernes y del Sábado Santo que pertenecen ya al Triduo Pascual.

Desde el siglo IV tenemos el período áureo de la Cuaresma cristiana, con fuerte carácter bautismal, expresada también con los ritos del catecumenado y las lecturas feriales y dominicales de la liturgia romana. Poco a poco, esta perspectiva disminuye con la decadencia de un verdadero catecumenado en la Iglesia, hasta la recuperación actual, planteada por el Concilio Vaticano II.

Para establecer la cronología y el contenido de la Cuaresma, ha tenido una gran importancia el recuerdo de los cuarenta días de ayuno del Señor en el desierto, según el testimonio de los Sinópticos, con su simbolismo; un hecho que todavía hoy ocupa un puesto importante en la proclamación del evangelio del primer domingo de Cuaresma. Este número encuentra un parecido simbólico en otras expresiones de la vida de Israel en el Antiguo Testamento: los cuarenta días del diluvio, los cuarenta días y noches de Moisés en el Sinaí, de Elías que camina hacia el Horeb; los cuarenta años del pueblo elegido en el desierto, los cuarenta días en que Jonás predicó la penitencia en Nínive.

La Iglesia, los que se preparan al bautismo y los penitentes que se han de reconciliar con motivo de la Pascua, tienen en la Cuaresma un tiempo de conversión y de gracia, un camino espiritual que recorren iluminados por el fulgor de la Pascua.

a)  La comunidad cristiana, toda la Iglesia, está llamada a este ejercicio de preparación que tiene en primer lugar un carácter de renovación espiritual en el que es necesario insistir especialmente en el clásico trinomio: oración, limosna (caridad), ayuno, como atestiguan los Padres en sus homilías.

b)  Los catecúmenos elegidos ya para el Bautismo, fijada la norma de bautizar en la vigilia pascual, como ya parece indicar Hipólito en el siglo III, son protagonistas de una preparación intensa para el bautismo. Así lo atestiguan diversas catequesis bautismales en Jerusalén, Armenia, Antioquía y Constantinopla. Así lo confirma también la rica estructura bautismal que poco a poco se desarrolla en la Iglesia de Roma, los siglos VII-VIII.

En este tiempo se celebran distintos ritos de la preparación próxima al Bautismo, en estrecha relación con la liturgia cuaresmal: la elección y la inscripción del nombre; los escrutinios y exorcismos unidos a la lectura de algunos pasajes del evangelio de Juan: la entrega del Símbolo de la fe y del Padre nuestro, síntesis de la fe y de la oración respectivamente.

Todo esto daba a la comunidad cristiana un intenso ritmo de vida, de fe y de responsabilidad espiritual; la comunidad se sentía unida a los futuros neófitos como una madre que acompaña en el dolor y en la espera el nacimiento del hijo.

c)  Desde el siglo IV, Pedro de Alejandría en su canon recuerda los cuarenta días de penitencia para aquellos que deben ser reconciliados con la Iglesia, los penitentes: «Sean impuestos a los pecadores públicos cuarenta días de ayuno durante los cuales Cristo ha ayunado, después de ser bautizado y haber sido tentado por el diablo, en los cuales también ellos después de ejercitarse mucho, ayunarán con constancia y vigilarán en la oración» .

El inicio de la Cuaresma queda inicialmente fijado un domingo; después se anticipa al miércoles de ceniza; en este día los pecadores públicos eran alejados de la asamblea y obligados a la penitencia pública. El recuerdo de la ceniza y el cilicio (cf. Mt 10,21) era especialmente para ellos. Existía también el rito de la reconciliación pública de los penitentes, que se celebraba el Jueves Santo, para que todos pudieran compartir con gozo la fiesta de Pascua.

Desaparecida la penitencia pública con su sentido realista, en el año 1001 el Papa Urbano II, se extiende la costumbre de la imposición de la ceniza a todos los fieles de la Iglesia, incluidos los clérigos. La tradición romana se impone con gran fuerza psicológica entre los fieles, dado el carácter universal del simbolismo de la ceniza, signo de luto y de muerte, en diversas religiones. Desde entonces Cuaresma comienza para todos con este austero gesto que nos invita a la conversión y prevalece la motivación penitencial con el ayuno y la abstinencia, expresiones de la penitencia cuaresmal.

Prácticamente desaparece también el sentido bautismal de la Cuaresma al cesar el catecumenado, al manipular los textos de la liturgia bautismal que se habían creado ejemplarmente en Jerusalén, Antioquía y Roma, y al acentuarse el sentido penitencial. El primitivo sentido bautismal ha sido replanteado como objetivo a recuperar con la reforma del Vaticano II.

El Concilio Vaticano II, bajo el impulso del movimiento litúrgico que había descubierto el sentido antiguo de la Cuaresma cristiana, ha querido volver a dar impulso y vitalidad a este período.

En la Constitución litúrgica 109 se recuerda el doble carácter bautismal y penitencial de este período, pero se insiste en una doble línea de la escucha asidua de la palabra y de la dedicación a la oración. Para la primera dimensión se recomienda la recuperación de los elementos bautismales; para la segunda se insiste en el sentido personal y social del pecado.

En el numeral 110 se habla del ayuno penitencial externo e interno, individual y social. Se recomienda de manera especial el ayuno pascual el viernes y sábado antes de Pascua, «para que de este modo se llegue al gozo del domingo de Resurrección con el ánimo elevado y entusiasta». Es la recuperación del ayuno antiguo en su más genuino sentido de espera del encuentro con el Resucitado.

La reforma litúrgica ha realizado perfectamente estas normas del Concilio. En la celebración de la Eucaristía, con el Leccionario y el Misal, se ha dado una nueva orientación a la Cuaresma, siguiendo las huellas de los grandes temas explicados por los Padres de la Iglesia.

La teología de la Cuaresma, como la de cualquier tiempo litúrgico, no es abstracta y apriorística; está expresada en los textos escogidos de la palabra de Dios. Teniéndolos presentes, podemos ya anticipar algunas consideraciones fundamentales en tomo a esta doble perspectiva: la Cuaresma celebra el misterio de Cristo en la vida de la Iglesia.

En todo tiempo se celebra el misterio de Cristo, con una referencia al misterio pascual de pasión y de gloria. ¿Cuál es entonces la específica celebración de Cristo en la Cuaresma?

Podemos decir que la Cuaresma, a través de la pedagogía de la Iglesia, hace una primera referencia a Cristo que se encamina hacia Jerusalén, hacia el cumplimiento de su misterio pascual. Es, por lo tanto, la celebración de este doloroso y luminoso itinerario hacia la Pascua en el que se anticipa la vivencia concreta del misterio de dolor y de gloria, de muerte y de vida.

Cristo, sin embargo, caminando hacia Jerusalén, arrastra consigo toda la Iglesia hacia el momento decisivo en la historia de la salvación. Se puede ver la Cuaresma en una perspectiva cristológica con tres palabras claves: Protagonista, Modelo, Maestro.

El es dueño de la historia y avanza hacia el misterio pascual sembrando la salvación. La lectura del evangelio de Juan, la IV semana de Cuaresma, pone de relieve este camino que Jesús cumple conscientemente hacia la Pascua, en contraste con sus adversarios, plenamente consciente de su sacrificio «para reunir a los hijos de Dios dispersos por el mundo».

El tiempo de Cuaresma y su duración simbólica de cuarenta días tienen su modelo en Cristo que se retira al desierto para orar y ayunar, que combate y vence al diablo con la palabra de Dios. Una idéntica y complementaria dimensión del misterio pascual nos la proponen los evangelios del segundo domingo con el relato de la Transfiguración. Aquí aparece Jesús en oración, pero en una oración que es gloria y anticipa de alguna manera su glorificación definitiva. Para la Iglesia es tiempo de purificación y de iluminación según la terminología del Ritual de la Iniciación de Adultos, especialmente para los iluminados, pero también para todos los fieles llamados a revivir estas dimensiones del bautismo cristiano. La lucha y la gloria, la tentación y la glorificación, son una anticipación simbólica y real de la cruz y la resurrección, en Cristo y en el cristiano.

La distribución de las lecturas evangélicas durante las ferias de Cuaresma refleja el deseo de la Iglesia de orientar a toda la comunidad a la escucha del Cristo maestro en los temas fundamentales de la vida cristiana, especialmente en las exigencias del seguimiento y del discipulado.

De este modo Jesús es a la vez maestro, modelo y protagonista. Esta dimensión cristológica es puesta de relieve al proponer como objetivo: «el avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud».

Basado en el libro de Jesús Castellano titulado  “El Año Litúrgico. Memorial de Cristo y Mistagogía de la Iglesia” volumen 1 de la Colección Biblioteca Litúrgica,. de Centre de Pastoral Litúrgica, Segunda edición. Barcelona 1996