Juan Pablo II, Vicario de Cristo, comenta las palabras del profeta Joel:
«Rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras, convertios al Señor Dios vuestro; porque es compasivo y misericordioso»
Aquí,
destaca
que la conversión del corazón, es la dimensión fundamental de la Cuaresma,
singular tiempo de gracia que estamos viviendo.
Asimismo,
recuerda que la motivación profunda que nos debe impulsar a reanudar el camino
hacia Dios es la conciencia de que el Señor es compasivo y misericordioso, y de
que todo hombre es un hijo amado por Él.
Juntamente
con toda la Iglesia, recorremos el camino de cuarenta días como preparación
para la Pascua, que iniciamos con
el austero signo de la imposición de la ceniza, acompañado por la exhortación
de Cristo:
«Convertíos
y creed en el Evangelio»
(Mc 1, 15).
De
esta forma se nos recuerda nuestra condición de pecadores, juntamente con la
necesidad de penitencia y conversión.
La fe cristiana nos recuerda que esta apremiante invitación a evitar el mal y a hacer el bien es don de Dios, del que proviene toda realidad buena para la vida del hombre.
Todo
tiene origen en la iniciativa gratuita de Dios, el cual nos ha creado para la
felicidad y orienta todas las cosas hacia el verdadero bien. Él previene con su
gracia incluso nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia
la plena adhesión a su voluntad salvífica.
Para
la Cuaresma, se propone a todos los católicos el tema de la gratuidad de la
iniciativa de Dios en nuestra vida, elemento esencial que aparece en toda la
revelación bíblica.
La
Cuaresma es una «ocasión
providencial de conversión», precisamente
porque «nos ayuda a
contemplar este estupendo misterio de amor», a la luz del
cual Jesús nos dice: «Gratis lo
recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10,
8).
El
itinerario cuaresmal se muestra así, en su realidad más profunda, como «una vuelta a
las raíces de la fe, porque meditando en el don de gracia inconmensurable que
es la Redención nos damos cuenta de que todo nos ha sido dado por amorosa
iniciativa divina»
El apóstol san Pablo expresa con palabras incisivas y actuales la gratuidad de la gracia de Dios, que nos ha reconciliado con él por amor. En efecto, recuerda que:
«En verdad,
apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería
uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros
todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 7-8).
El
Dios que nos ha creado por su inmenso amor, y que también por amor nos ha
destinado a la plena comunión con él, espera de nosotros una respuesta
igualmente generosa, libre y consciente.
El camino de conversión, se inserta plenamente en este marco originario de amor y gratuidad. La limosna y los gestos de caridad, que se nos invita a realizar especialmente en este tiempo penitencial, constituyen una respuesta a la gratuidad de la gracia divina
Si
hemos recibido gratis, también debemos dar gratis (cf. Mt 10, 8).
Encomendemos
estos días de intensa oración y penitencia a la Virgen María, la "Madre
del Amor hermoso". Que ella nos acompañe y guíe a celebrar dignamente el
gran misterio de la Pascua de Cristo, revelación suprema del amor gratuito y
misericordioso del Padre celestial.
Homilía de Su Santidad Juan Pablo II del Miércoles de Ceniza 15 de febrero de 2002.