CUANDO TENER MÁS, EMPOBRECE

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Las cosas, el dinero, la riqueza, lo que se puede adquirir....., son como un pedestal sobre el que el hombre se sube para ser más importante, tener más poder, prestigio, admiración, seguridad. A medida que el pedestal se eleva, la separación con los que están a ras de tierra es mayor; el diálogo se va haciendo más difícil, casi inaudible; el otro se desdibuja en la altura o en la pequeñez; la distancia se va haciendo mayor.

La fantasía del "alto" es que la altura es suya, es estatura real. Se va olvidando del pedestal y confundiendo lo que tienen con lo que es. La tragedia para la convivencia humana es que ya no hay convivencia. La pasión por tener contamina de tal manera al ser humano que va produciéndole, un deterioro importante en la manera de ser y existir.

Por otra parte, sin mistificar a los pobres y sin condenar un progreso de rostro humano, ellos no sólo padecen el no tener lo necesario para una vida digna, por la explotación que fabrica pobreza, sino la frustración añadida del modelo de felicidad que se les vende a precios fuera de su alcance.

La vivencia de uno no tiene casi nada que ver con la del otro. La vida del que está en las alturas (sea del tipo que sea) ya no toca la vida del otro. De interlocutores se transforman en admiradores, envidiosos, indiferentes u odiosos. Desde el pedestal ni se oye ni casi se ve. Como los ídolos, "tienen ojos y no ven, oídos y no oyen".

El ego hinchado deteriora primero al sí mismo y ocupa el espacio que el otro podría habitar para darle la verdadera vida. La vida exige cambio, y esta situación prácticamente no se da, porque no hay intercambio personal. El vértigo de las alturas en la escala social, la borrachera del poder, íntimamente aliada del tener, sólo tiene una dirección: acaparar más y más. La pasión del tener termina convirtiendo al "propietario" en prisionero de lo que tiene, esclavo de lo que posee. Los que le podrían liberar están demasiado lejos, en su voluntad posesiva, para ser vistos en sus rostros humanos y en su oferta de salvación.

Erich Fromm afirmaba:

"No teniendo nada, es muy difícil ser; teniendo mucho, casi imposible".

El tener se parece al comer emocional. Una ansiedad nunca satisfecha, un pozo sin fondo nunca repleto. La cultura del tener no se pregunta: ¿quién eres tú?, sino ¿cuánto tienes tú?.

Confundimos el ropaje con el cuerpo, la fachada con el interior de nuestro edificio personal, y construimos sobre arena movediza que nunca ha sido una sólida base, como nos lo ejemplifica el evangelio.

El hombre y la mujer no tienen otro camino para devenir personas que ir construyendo un nosotros cuya infraestructura se base en un compartir que satisfaga las necesidades primarias y permita acceder a una realización personal, individuadamente plural. El nosotros no es una generosidad opcional, sino un requisito para poder ser yo de verdad.

Necesitamos cosas, es cierto, y una tranquila posesión de las mismas, pero que no hayan privado a otros, ni siquiera por cauces legales, de lo necesario para la vida. Nunca ha habido tantos recursos en el planeta y nunca han existido tantos pobres excluidos, como un estorbo, de lo necesario. A veces justificamos el dinamismo posesivo con un verdadero interés por "los míos".

Es comprensible, si entendemos que los lazos de carne y sangre, por muy importantes que sean, no excluyen la unidad de los seres humanos. Debo, si puedo, legar a los míos herramientas para ganarse la vida y una existencia que excluya riesgos razonables, pero no al precio de arrojar a los demás por la borda, no ya a un riesgo, sino a una muerte segura.

Un laico cristiano testimoniaba así su actitud ante su familia y compromiso de fe: "las necesidades de los míos antes que las de los demás; las necesidades de los demás antes que los caprichos de los míos."

Sin embargo, puede resultar difícil delimitar la frontera entre necesidades y caprichos, sobre todo porque nos confunde la sociedad de consumo; pero lo cierto es que un ensanchamiento del amor lúcido, no sólo ve las necesidades propias y ajenas sin pasiones que distorsionen la percepción, sino que nos otorga libertad para atenderlas de manera realista y adecuada.

Tener es una necesidad regulada por la corporeidad y la sociabilidad humanas. El dinamismo de la necesidad motiva mientras está insatisfecha; tensión hacia su realización.

Aprender a negociar dialogadamente su frustración, cuando no es posible real o éticamente su satisfacción, es tarea de adultos, sobre la cual tiene la fe una palabra que decir.

Nuestra cultura del tener retrasa y dificulta la tolerancia a la frustración regresándonos a etapas infantiles. Conocer, situar, escuchar nuestras necesidades, su jerarquía y valoración, es propio del adulto maduro.

Enseñar a relacionarse con necesidades las propias y ajenas y a desear humanamente, no confundiendo el anhelo de ser con el de tener, es sabiduría humana y cristiana. Pablo, en 1 Tim 6, 6-10 afirma:

"Piensan que la religión es un negocio; la piedad es ciertamente un buen negocio cuando uno se conforma con lo que tiene; porque nada trajimos al mundo, como nada podremos llevarnos; así que teniendo qué comer y con qué vestirnos, podemos estar contentos. Los que quieren hacerse ricos caen en tentaciones, trampas y mil afanes insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición, porque raíz de todos los males es el amor al dinero; por esta ansia algunos se desviaron de la fe y se infligieron mil tormentos".

Palabras de una enorme actualidad que, a veces, bajo apariencia de bien y excelentes racionalizaciones, han adquirido carta de ciudadanía en nuestro pensar y sentir individual y social, sin estar inmu­nizados contra esta reinante cultura los hombres de iglesia.Añade Pablo en la misma carta vv 17-19:

"A los ricos de este mundo insísteles en que no sean soberbios ni pongan su confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios, que nos procura todo en abundancia para que lo disfrutemos. Que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y con sentido social: y así acumularán un capital sólido para el porvenir y alcanzarán la vida verdadera".

No es necesario comentar este mensaje, sino pedir gracia y Espíritu para convertimos a él.

La engañosa publicidad promete paraísos terrenales, Jesús anuncia un Reino muy distinto, aunque el deseo humano titubee ambivalente. ¿Qué anunciamos los seguidores de Jesús?, ¿o qué denunciamos proféticamente? Tal vez hemos conciliado el Evangelio con la cultura del tener, y nos tranquiliza el que, imponiéndola a los demás, tengamos más prosélitos que creyentes.

La religión puede convertirse para algunos, no en el andamiaje y cauce de la fe, sino en un objeto más poseído y posesible, así tener religión es tener seguridad, acceso a una manipulación de Dios fantaseada y deseada.

Poseen un catálogo de verdades que enriquecen más que liberan, acaparan verdades, pero no la verdad que libera. Tienen religiosidad, pero esos conocimientos o prácticas no les dejan ver la realidad humana ni escuchar auténticamente la revelación del Dios de Jesús: ponen entre paréntesis al Jesús de la historia para acceder directamente al Cristo de la fe, sin verdadera fe.

Son ricos en algunas dimensiones de la moral, arrinconando otras, tal vez más esenciales, para dar gracias al Señor al estilo del fariseo, que de su oración en el templo no salió justificado. Y eso que aquel hombre tenía religión.

El consumo, en su ansia tan devoradora, que puede llegar a alimentarse paradójicamente de religiosidad.

La fe tiene una Palabra que decir para hacer de ella una experiencia histórica, más allá del consumo individualista, en su dimensión social. No es lo mismo llevar al "santo" (o a Dios) delante, en la procesión que ir detrás del Señor.

En el primer caso llevamos "lo sagrado" donde queremos y nos conviene; en el segundo, más difícil, abnegado y libre, con una opción hecha de confianza, vamos tras las huellas del Maestro, el Señor, adonde Él quiera conducirnos.

En la humana procesión, aun con buena voluntad, manipulamos, decidimos, tenemos la religión como algo nuestro, adquirido; en el seguimiento de Jesús está actuando el "niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme".

Actitudes muy distintas. La primera, contaminada por el tener; la segunda, experiencia radical de pobreza esperanzada, alentada por el Espíritu. Más que acumular religión, nos asombramos de los caminos del Señor que no son nuestros caminos y somos tenidos por la fe que actúa por el amor.

Él nos enriqueció con su pobreza. Mensaje contracultural que nos resistimos a aceptar, porque difícilmente lo comprendemos, admitimos y acogemos en nuestras vidas, si éstas son las de buenos acaparadores, aunque sean de "arte religioso".

No es nada fácil curar la pasión del tener. Primero, porque no somos concientes de que nos deteriore, y la cultura nos la hace connatural. Segundo, porque exige mirar por encima de las estrechas fronteras del yo y ver nuestro entorno: no sólo los borrosos rostros humanos, sino las miradas que nos interpelan y que, si tenemos la Gracia de creer, son miradas del Señor Jesús necesitado de sitio en nuestras vidas.

Ése es el reto y la tarea cristiana y humana. Para esa libertad nos liberó Cristo.

Extracto del artículo de R. P. José A. García Monge, S. J. Profesor de Sicología en la Universidad de Comillas, Madrid., aparecido en la revista “MIRADA” de Junio-Agosto 2003.