el Crucificado ha resucitado
Dejémonos inundar por el mensaje de la resurrección. Para esta ocasión se nos propone como oración el inicio del capítulo 28 del evangelio de San Mateo.
Debemos
dejar en claro, que si la resurrección de Jesús no fundamentara la certeza en la
que se basa nuestra vida, la historia de
la
vida de Jesús sería la de un acontecimiento pasado, capaz de alimentar nuestra
memoria, pero no podríamos leerla como experiencia de nuestro encuentro con
alguien que actualiza continuamente su mensaje para nosotros.
Después de su resurrección, Cristo recuerda su historia a aquellos a quienes se aparece, les muestra los signos de su pasión y su muerte y les remite a las palabras por él pronunciadas. Es, pues, obedeciendo a Cristo resucitado como leemos el evangelio y lo recibimos como el mensaje que hoy sigue dirigiendo Jesús a los que creen en él.
Jesús resucitado ya no está encerrado en el tiempo de nuestra historia humana; la visita, ciertamente, pero desde el ámbito sobrenatural. Ya no se trata, por tanto, de acontecimientos que se encadenan unos con otros, sino más bien de encuentros plurales vividos por Jesús con distintas personas, sin que se pueda trazar el camino que va de uno a otro. Jesús no tiene un camino que recorrer para ir de una persona a otra. Los evangelios nos ofrecen para apoyar nuestra fe diferentes experiencias de Cristo resucitado y distintos encuentros con él.
Nos dice Mateo que al término del sabbath pascual.
«Al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro».
Veamos a las mujeres, María Magdalena y la otra María, que acuden a visitar el sepulcro. Han permanecido en su casa después de que el Señor fuera sepultado, concluido el sabbath, retornan al lugar del sepulcro.
Si intentamos comprender lo que esto implica para ellas, sin pretender entrar en los sentimientos concretos que puedan animarlas, descubrimos que la sepultura de Jesús no ha puesto para ellas término a su vinculación con él. Algo prosigue, algo hay aún en ellas que les hace acudir al sepulcro, al lugar donde Jesús ha sido depositado. Sin que puedan decir aún cómo podría continuar esta historia, en su comportamiento se percibe la certeza de un vínculo con Jesús que no ha quedado roto tras su muerte.
«De
pronto se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y,
acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella».
Recordemos que, en el momento de la muerte de Jesús, Mateo nos hablaba de un temblor de tierra, estremecida por la muerte del Hijo de Dios. Pero ese temblor se repite en el momento de la resurrección de Jesús, como si Dios quisiera así llegar a lo más profundo de la creación salida de sus manos. A partir de las profundidades de la creación, algo está bullendo, signo de una vida que brota de nuevo de Dios.
Y vemos a «un ángel del Señor». Cuando la Escritura habla de un ángel del Señor, nos manifiesta con discreción la presencia del Señor mismo: presencia discreta, pero a la vez presencia poderosa del Señor. No sólo la tierra tiembla, sino que la piedra del sepulcro es removida.
En la descripción que se nos presenta hay una invitación a fijar la mirada en la realidad de la muerte y en lo que ésta significa para Dios. La muerte es para nosotros, cuando la vemos únicamente con nuestros ojos, la última palabra, el final de la vida, y ya no queda sino cerrar con una piedra el lugar en el que el cuerpo ha sido depositado, sellando una historia definitivamente concluida. Pero ahora resulta que la piedra del sepulcro es removida por Dios, que viene a desplazar con su poder la piedra de todos los sepulcros, desbaratando el poder de la muerte y burlándose en cierto modo de ella.
Dios afirma su poder para triunfar sobre la muerte. «El ángel del Señor se sentó sobre la piedra del sepulcro». Es bueno que nos representemos esta escena para que nuestra fe se haga más firme, para que comprendamos más claramente que, ante Dios, la muerte es vencida definitivamente. Porque se trata del Dios de la vida, del Dios de los vivos; y lo que ese Dios quiere es que el hombre viva y que sean removidas todas las piedras que cierran sus sepulcros.
«Su aspecto era como el relámpago, y su vestido blanco como la nieve».
El aspecto de relámpago y la blancura de las vestiduras son elementos de la descripción que nos remiten a la presencia y la acción de Dios. Ahí está ese ángel, con su blancura resplandeciente, como aquel que revela el esplendor de Dios; y es Dios, por tanto, quien nos invita a ponernos en adoración ante él, reconociendo su poder sobre la muerte, reconociendo que él es quien resucita a su Hijo y, en él, a todos nosotros. Porque Dios surge como el relámpago y revela su gloria en el esplendor de que está revestido.
«Los
guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como
muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: "Vosotras no temáis, pues
sé que buscáis a Jesús, el crucificado; no está aquí, ha resucitado como lo
había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a
sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a
Galilea; allí le veréis’. Ya os lo he dicho". Ellas partieron a toda prisa del
sepulcro, con emoción y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus
discípulos».
Nos damos cuenta de que el acontecimiento que acaba de referírsenos puede suscitar dos reacciones totalmente opuestas: la reacción de los guardias, que tiemblan de miedo, quedando «como muertos», y la reacción de las mujeres, que corren «con emoción y gran gozo» a transmitir la noticia.
Ante la resurrección de Jesús, hay hoy muchas reacciones posibles, muchas maneras de situarse... Puede que para muchas personas la reacción se caracterice por una cierta frialdad, falta de interés o incluso una profunda ignorancia. Pero para quienes se cierran, la reacción ante la muerte sigue siendo de terror. En lugar de dejar que les llegue la corriente de vida que se manifiesta en la resurrección de Jesús, ¿no se torna también para algunos la acción poderosa de Dios en una amenaza de muerte, al quedarse estupefactos ante una realidad que no logran integrar en su comprensión de la realidad?
El hombre puede sentir la tentación de excluirse del don de la verdadera vida; puede, en todo caso, intentar mantenerse a distancia. Las mujeres, por el contrario, se dejan alcanzar por ese don inesperado de una vida triunfante para siempre sobre el poder de la muerte.
«El
ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: "Vosotras no temáis, pues sé que
buscáis a Jesús, el crucificado; no está aquí, ha resucitado como lo había
dicho"».
En lugar de quedarse paralizadas y sentirse apartadas de alguna manera del poder de la vida, acogen las palabras del ángel: «No temáis». La resurrección de Jesús no es para ellas causa de pavor, terror o miedo. En adelante, es en su corazón una presencia que aleja todo temor. Si Jesús ha resucitado, ¿qué podemos temer en adelante? Ya no hay miedo al poder de la muerte, ya no hay miedo a las fuerzas de muerte que pueblan nuestra historia y siguen reinando y renovando hoy de alguna manera la pasión y la muerte del Hijo amado, a través de las torturas y desprecios de que son víctima tantos de sus hermanos. Ya no hay miedo, porque Dios ha triunfado sobre la muerte; la muerte es definitivamente vencida en Jesús resucitado.
«Sé que buscáis a Jesús, el crucificado». Lo que llevó a las mujeres al sepulcro, como ya hemos dicho, fue su búsqueda de Jesús, a quien, a pesar de estar aparentemente perdido, ellas seguían buscándolo allí donde había sido depositado: en el sepulcro. Ese Jesús al que ellas buscan no es, ciertamente, alguien que únicamente tendría una entidad espiritual; se trata del Jesús que atravesó la muerte, del Jesús crucificado.
La búsqueda que debe atravesar nuestra vida es la búsqueda de aquel que sabemos fue muerto, condenado como un criminal y crucificado sin piedad: ese Jesús que es, al mismo tiempo, el que venció a la muerte. Este es el mensaje de la resurrección que se anuncia por primera vez a las mujeres como una realidad consumada: «No está aquí, ha resucitado como lo había dicho».
«Como lo había dicho...». Efectivamente, el mensaje de la resurrección anunciado en nombre de Jesús remite a las palabras que él había pronunciado y cuyo sentido pleno sólo las mujeres pueden acoger en ese momento.
Es verdad que Jesús anunció que iba a Jerusalén para ser crucificado y resucitar al tercer día. Pero ¿cómo podían esas últimas palabras adquirir todo su sentido para los apóstoles, inmersos como estaban con él en una historia vivida como una serie de etapas sucesivas y provisionales?; ¿qué podía significar para ellos «Resucitar de entre los muertos»?
Sin embargo, ahora esas palabras se iluminan a los ojos de las mujeres, afirmándose como prueba de la verdad anunciada por Jesús, como garantía del carácter definitivo de las palabras y de toda la vida del Señor. «Haber resucitado» significa para Jesús, por tanto, que el camino recorrido a lo largo de su existencia terrena no fue, en definitiva, sino el camino hacia la verdadera vida. Pueden entonces venirles a la mente las palabras pronunciadas por Jesús cuando los interpelaba: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame... Quien pierda su vida por mí, la encontrará».
Jesús no nos pide que perdamos nuestra vida simplemente por perderla, sino porque es a través del camino en que la perdemos como, en definitiva, la salvamos. Es siguiendo ese camino como nos abrimos, a nuestra vez, a Dios, creador de la vida, quien nos hace vivir para siempre. Jesús está en medio de nosotros como aquel que nos hace descubrir el poder de la vida a la que el hombre no accede sino a través de la muerte.
«Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis"».
Las mujeres reciben ahora un anuncio perfectamente claro, determinado, seguro, de la resurrección de Jesús, «resucitado de entre los muertos». Ese Jesús resucitado de entre los muertos es quien ahora precede al hombre en la vida prometida.
Para los discípulos y para las mujeres que fueron conquistados por la predicación de Jesús, Galilea es el lugar por excelencia donde se desarrolló su vida, el lugar donde encontraron a Jesús: allí es donde se deja reconocer en lo concreto de la vida. Lo que se les dice a las mujeres es que Jesús los precede allí. Efectivamente, ¿no siempre es él quien nos precede y nos espera adonde debemos ir?
Jesús a veces nos sigue y a veces nos precede, porque el mundo es ya el mundo que está penetrado de su presencia. Galilea, la Galilea de todos nosotros, es ahora el lugar habitado por Jesús. Porque, resucitado, habita el universo y nos espera allí adonde vamos. «Allí lo veréis». Es verdad que nuestro encuentro con Jesús resucitado no repite el prometido entonces a los apóstoles, porque en aquel tiempo debían ser iniciados poco a poco en el descubrimiento de la nueva forma de presencia de Jesús. Ellos lo habían conocido como el Señor que transitaba por sus mismos caminos, y ahora debían habituarse progresivamente a una nueva forma de presencia que ya no está encerrada en el espacio y el tiempo. Porque, resucitado, Jesús habita el tiempo y el espacio enteros de la historia humana. Así es como, a nuestra vez, podemos nosotros verlo y reconocerlo como aquel que se manifiesta a nosotros a través de multitud de signos.
«Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con emoción y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos».
Vemos cómo reaccionan las mujeres ante el mensaje que se les ha anunciado, no con espanto y muertas de miedo (ésta era la descripción de los guardias), sino afectadas en lo más profundo de su corazón abierto a Dios, emocionadas en lo más profundo de su ser e invadidas de gozo. Ese gozo que las llena es el mismo gozo que siente Dios al comunicarse con ellas, el gozo que siente Dios al poder darse a los hombres sin límite, sin medida, en todas partes y siempre. Las vemos no sólo invadidas por ese gozo, sino descubriéndose investidas de una misión y una responsabilidad: correr a llevar la buena nueva a los discípulos.
Lo que en adelante invade el espíritu y el corazón de los hombres es comunicar la buena noticia de la resurrección de Jesús, tan distinta de todas las demás noticias que penetran en el oído humano.
«En
esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: "¡Salve!". Y ellas, acercándose,
se asieron de sus pies y lo adoraron».
No es sólo la palabra del ángel la que les recuerda ahora cuanto Jesús les había dicho y prometido, sino que es Jesús mismo quien está ante ellas; es Jesús quien las precede; es Jesús quien viene a su encuentro, manifestándoles así su proximidad, porque precedernos no es para Jesús establecer una distancia entre él y nosotros, sino poder estar allí donde podemos encontrarlo. Jesús es quien va al encuentro del hombre.
El evangelio nos describe a las mujeres no sólo aproximándose a Jesús, sino aferrándose a sus pies. Se prosternan y adoran; pero todavía hay en ellas una especie de temor que superar: se aferran a sus pies porque temen perderlo, tienen miedo de que se sustraiga a ellas. Esta cuestión surge bastante espontáneamente en la mente del hombre cuando tiene una experiencia de Dios, cuando encuentra al Resucitado y se desliza fácilmente en él la idea de que puede perderlo.
«Entonces les dice Jesús; "No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán"».
Hemos de liberarnos de ese último temor. Tener experiencia de Dios no es inquietarnos preguntándonos si mañana seguirá estando ahí; es estar seguro de que mañana lo encontraremos porque está ahí hoy. La certeza de su presencia es una certeza que, en lo sucesivo, debe llenar toda nuestra historia.
Cuando dice «mis hermanos», se trata por supuesto de los discípulos a los que pueden ir las mujeres, pero también de todos los hombres llamados a formar parte de la fraternidad eclesial. Jesús quiere llegar a todos los hombres, revelándose a ellos como quien los introduce en el misterio de la fraternidad y, por tanto, en el misterio de la filiación. El Reino de Dios que él establece en nosotros, entre nosotros y a través de nosotros es el Reino que nos hace a todos hijos de Dios y, por ello, nos hace a todos hermanos y hermanas en él.