CRISTO REY
En
primer
lugar, es importante recordar que con esta solemnidad termina
el
año litúrgico y que, en cierta manera, es como el último día de un curso
académico. Ciertamente nuestros encuentros dominicales no son exclusivamente
celebrativos, sino que también deben ser formativos. Domingo a domingo los que
nos reunimos en comunidad cursamos una materia a la que podríamos denominar
«Formación profundizada sobre Jesucristo y sobre la fe».
Sería muy provechos que dedicáramos unos minutos a evaluar como hemos participado este último año, decidir si estamos satisfechos, o tal vez, nos ha faltado consistencia en ese proceso que involucra participación en la celebración y formación.
Para resumir el camino que hemos hecho con el evangelista Lucas y los rasgos
característicos del Señor que éste nos ha dado, aprovechemos para hacer un
recorrido rápido por el itinerario del año litúrgico: empezamos con la
encarnación del Hijo de Dios, en la Navidad, con su preparación en el Adviento;
muy pronto ya nos preparamos, con la Cuaresma, para la celebración del misterio
de la Redención en la Pasión y Muerte del Señor; y, alargando, celebramos su
Resurrección durante toda la Pascua.
El personaje central de toda esta Historia de la Salvación ha sido el mismo Jesús, del cual hoy celebramos su centralidad en esta fiesta de Cristo Rey.
Pero en esta solemnidad, celebramos que en torno a Jesús podemos construir un nuevo lugar de encuentro y de relación con Dios Padre y entre todos nosotros, que Jesús es el nuevo Templo, Jesús es el centro. Jesús es Cristo Rey, y lo es en todas partes, es universal, en cualquier lugar en el que lo hagamos presente.
La imagen del rey en tiempos de Jesús tenía mucho significado, sobre todo para aquellos que, en tiempos de la ocupación romana, recordaban y echaban de menos el esplendor de la monarquía de Israel con David o Salomón (el constructor del Templo), como también ha sido una imagen que en la historia de la humanidad ha tenido un significado muy claro de gobierno y de dominio, pero, hoy en día, esta metáfora monárquica puede quedar demasiado mezclada con connotaciones políticas que pueden confundir más que aclarar.
Por lo anterior, es imprescindible recordar lo que Jesús dice en el evangelio de
Juan: "Mi Reino no es de este mundo" (Jn 18, 36). Por lo tanto, siguiendo las
recomendaciones del mismo Jesús, no hagamos demasiadas comparaciones abusando de
esta metáfora y más bien enfoquémonos en la "novedad" que representa la manera
de reinar de Jesús, desde la cruz, entre dos ladrones.
Incluso en el prefacio de la celebración se recuerda que se trata de: «…un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz".
Nada que ver, por lo tanto, con las diversas fórmulas de gobierno que podemos encontrar en nuestro mundo. De hecho, lo que Jesús no quiere de ninguna manera es el dominio de la humanidad o de los países, sino gobernar más dentro de nuestro corazón y ser el centro de nuestras comunidades. Hoy, como entonces, con el malhechor que colgaba a su lado, Jesús nos sigue ofreciendo su Reino. Y no nos lo ofrece para mañana o para un futuro incierto sino que nos lo ofrece como una realidad que puede ser "hoy" mismo.
Extractado de la propuesta presentada por FRANCESC ROMEU en Actualidad Litúrgica de Noviembre-Diciembre de 2010, Buena Prensa.