María: un corazón sin descanso
De María se ha dicho de todo y es realmente difícil enfocarla en lo que de verdad fue.
Resulta más fácil hablar de Jesús, a pesar de su naturaleza humana y divina, que
hablar de María, mujer y madre (algo demasiado vulgar para las pretensiones de
algunos). Curiosamente, nuestra Madre ha sufrido un proceso de divinización que
la ha convertido a veces en un ser semidivino que ha distorsionado su figura
ante muchos hermanos nuestros.
Sin embargo, como dice un famoso autor: «María es de los misterios, el más dulce. La mujer es la base de la tradición en las sociedades, es la calma en la agitación, el reposo en las luchas. La virgen es la sencillez, la madre, la ternura».
El problema de las personas silenciosas, es que se llega a construir acerca de ellas, una historia que no se corresponda con la realidad, pues olvidan escuchar el significado de sus pocas palabras. No todos los silencios son iguales. Los hay que reflejan indiferencia; otros son acusadores o admiten culpabilidad (el que calla otorga, dice un refrán...); algunos se usan para evitar complicaciones; a veces incluso se emplean para humillar... Por supuesto, no es el caso de María.
Ella hablaba poco, porque era la personificación de la paciencia. «El camino por el que la paciencia se nos muestra más real, allí donde se revela plenamente operante, es el "hágase" de María cuando entra en relación con el "hágase" creador y liberador de Dios; cuando los dos se ponen en sinfonía.
En nosotros, el camino entre ambos consentimientos es un proceso muy largo. En
la apertura generosa y total de María se hizo de una vez». Además, María
escuchaba mucho. Pero escuchaba, sobre todo, a su hijo.
En dos ocasiones el Evangelio dice expresamente que guardaba las cosas y las meditaba en su corazón. La primera vez que aparece esta expresión es en el nacimiento (Lc 2,19). Allí se pone de relieve que no perdía detalle, que meditaba todo lo que veía. No seleccionaba lo que más le gustaba, sino que lo recogía todo. El amor es así: no se conforma con una parte, sino que lo quiere todo. Las madres gastan gran parte de su tiempo mirando cada movimiento de sus hijos; por eso los conocen tan bien. Aunque el hijo intente esconder sus problemas y sentimientos, la madre enseguida suele darse cuenta de que «algo le pasa», con solo mirar la expresión de su cara.
En la segunda ocasión se añade un matiz especial. No sólo se trata de contemplar todas las cosas que suceden, sino de conservarlas cuidadosamente en lo más profundo del corazón (Lc 2,51). Tanto María, como José en su estilo de padre protector, es una «cuidadora» nata: mira, contempla, piensa, retiene, recuerda, saborea, conserva, mima... todo ello en el santuario de la intimidad, lejos de la impaciencia y de la prisa.
María no es una observadora a distancia. Las cosas la mueven y la conmueven.
Quizá por eso las madres siempre andan preocupadas, porque el corazón siempre
está lleno de sentimientos, intuiciones y emociones. María se pregunta por el
significado de lo que está sucediendo: «¿Cómo será eso, si no conozco varón?»
(Lc 1,34), «¿Por qué nos has hecho esto?» (Lc 2,48), «Ellos no comprendieron la
respuesta que les dio» (Lc 2,50)... Interpela y se deja interpelar. No es una
presencia pasiva, sin inquietudes ni voluntad, sino todo lo contrario.
Tiene en común con José (también algunos padres son así, justo es decirlo) la respuesta rápida y sin fisuras a la Gracia que le es dada. Debe quedar bien claro que una cosa es la obediencia, y otra la sumisión (no se puede apelar a María para justificar el sometimiento de la mujer a los caprichos del varón). Tras la Anunciación, María se levantó y se fue, con prontitud, a visitar a su prima. Tenía en sus manos la gran noticia y decidió permanecer tres meses con Isabel. Fue capaz de entrar en el ritmo de Dios y dejarle hacer a Él.
Jamás utilizó el privilegio que le fue concedido de ser la madre del Señor en beneficio propio, ni se arrogó un papel mayor del que le había sido encomendado; simplemente, siguió esperando. No se adelantaba a Dios; le seguía. No es bueno quemar etapas antes de tiempo.
Sencillez y silencio aparecen, por tanto, como las dos cualidades más representativas de María. Habría que haberle dado un sobresaliente por no sobresalir". Pero sería un error atribuirle por ello un carácter desabrido. Se olvida con frecuencia que la sencillez se opone a la simpleza y a la falta de sabor. Su campo de acción es la autenticidad, la de la persona natural que obra con llaneza, sin doblez ni engaño. Si en algo destacó precisamente, fue en saber situarse como lo que realmente era: una criatura querida por Dios.
Esta experiencia la desplegó en dos campos: en el entorno que rodeó toda su existencia (Belén, Nazaret, su ser madre, esposa...) y en una fe pura cimentada en la confianza absoluta. Nunca se detuvo en su pobreza, sino en la grandeza de Dios. Si se hubiera detenido en su impotencia, habría bloqueado la acción de Aquel capaz de hacer maravillas. Sin ninguna duda, la mejor prueba de la fe es la confianza radical, porque ninguna relación puede salir adelante sin ella.
Tuvo que acostumbrase a «entender no entendiendo», como decía santa Teresa, y a curtir su fe en la escuela del dolor. Aprendió a dejar al Hijo crecer fuera de los muros de la casa y a escucharle un modo nuevo de entender la familia y las relaciones, donde su lugar tenía que ser aún «menor» («El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»: Mt 12,49-50).
Su misión de cuidar y acompañar llegó al límite cuando tuvo el coraje de permanecer al pie de la cruz viendo morir a aquel a quien había dado a luz. Ella hizo grande la maternidad mostrando al mundo que es posible hacer libre a quien ha formado -y conformado- parte del propio ser.
Extractado del libro “Dónde la maternidad se vuelve canto. Apuntes para una Teología de la Maternidad” de Ma. Dolores López Guzmán editado por Sal Terrae, Santander 2006.