MARÍA,
EN EL ESPÍRITU, CONTINÚA SIENDO MADRE DEL CUERPO DE CRISTO
La
Virgen María, también después del nacimiento de Cristo, ha permanecido en
la virtud de la anunciación, es
decir; en la constante venida de lo alto del Espíritu Santo que la constituye
continuamente Madre no solo de Jesús sino también del Cuerpo de Cristo que es
la Iglesia.
María,
dando a luz a Jesús, en cierto sentido ha generado a la humanidad entera.
Cristo, en efecto, desde el primer momento de su existencia terrena
"recapitula" en si a toda la humanidad y, de modo particular, a todos
los bautizados, los cuales son concebidos en Cristo, nacen con Él,
viven, mueren y resucitan con Él y
en Él, porque Cristo
"reasume" en sí a todos los hombres que fueron, que son y que serán.
Cuando
la Santísima Virgen concibe y da a luz a Jesucristo por virtud del Espíritu,
con Él y
en Él, concibe y genera también a
todos aquellos que vendrán.
Por
esto Jesús, desde su nacimiento, "reasume" en sí a la humanidad
entera. San Basilio llama a la Navidad de Jesucristo, y no sólo metafóricamente,
el "día del natalicio de la humanidad" (Homilía
sobre el nacimiento de Cristo). El
mismo concepto es afirmado por Nicolás Cabasilas: "... El nacimiento de la
cabeza [que es Cristo] representa también el nacimiento de los bienaventurados
miembros, porque los miembros no subsisten sino con el nacer de la cabeza"
María
todavía es más Madre de la Iglesia, en el Cenáculo y al pie de la Cruz:
"En la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo,
se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del
Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos
es María: María
de Nazaret y María en el Cenáculo de Jerusalen. En
ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del
nacimiento del Espíritu.
Así
la que esta presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace por voluntad
del Hijo y por obra del Espíritu Santo, presente en el misterio de la Iglesia.
También en la Iglesia sigue siendo una
presencia materna, como
indican las palabras pronunciadas en la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu
Hijo”; “Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
Pero
el ser asunta junto al Hijo, es lo que la pone en condición de generar
"espiritualmente", es decir, en el Espíritu, a Cristo en sus
miembros.
En
este sentido se puede decir que María es «Madre de la Iglesia», porque en
virtud del Espíritu continúa generando al Cuerpo Místico de Cristo que es la
Iglesia y a cada creyente.
En
la raíz de la maternidad de María, extendida a todos los
hombres,
está siempre el Espíritu; todo, en efecto, en el orden de la gracia, es
merecido por Cristo y aplicado por el Espíritu. Pero, en la distribución
"horizontal" de la gracia, el Espíritu irradia su fuerza
santificadora por medio de las personas "espiritualizadas", y ninguna
más que María, que es la «portadora del Espíritu» por excelencia, puede
contribuir a transformar a los hombres en Cristo, es decir,
"cristificarlos".
María
tiene, un papel primario en el nacimiento de Jesús y en el nacimiento de su
Cuerpo eclesial, y esto siempre en virtud del Espíritu, por lo cual participa
también en la virtud de intercesión del Espíritu. Así como María está en
el Cenáculo, en medio de los apóstoles, "implorando con sus oraciones el
don del Espíritu" (LG 59), ahora, en la gloria, ora e intercede por todos,
de modo análogo el Espíritu ora e intercede en nosotros (Rm 8,15-16) y es
nuestro Abogado
y Consolador (Jn
14,16.26ss).
De
la misma manera, María «Esposa del Espíritu Santo», continúa intercediendo
para que el Padre envié perennemente sobre la Iglesia el Espíritu, que
transforme a los hombres en su Hijo Jesús. Con el Espíritu, Ella dice:
"Ven, Señor ", esperando hasta que el último de sus hijos alcance la
casa del Padre.
Juan
Pablo II recomienda: "María, que concibió al Verbo encarnado por obra del
Espíritu Santo y se dejó guiar después en toda su existencia por su acción
interior, debe ser contemplada e imitada sobre todo como mujer dócil a la voz
del Espíritu, mujer del silencio y de la escucha, mujer de esperanza, que supo
acoger como Abrahán la voluntad de Dios «esperando contra toda esperanza» (Rm
4,18). Ella ha llevado a su plena expresión el anhelo de los pobres de Yahvé,
y resplandece como modelo para quienes se fían con todo el corazón de las
promesas de Dios".
El
Espíritu, que ha hecho de María una obra de arte incomparable, al mismo tiempo
enseña y educa continuamente
a la Iglesia a venerar a la Virgen (cf LG 53). Esto debe llevar a una catequesis
y a una piedad mariana que no peque ni por defecto ni por exceso.
María
posee un puesto indispensable en la economía de la salvación: ella ha hecho
que "Cristo sea nuestro hermano" (San Francisco), pero sin la
extraordinaria acción del Espíritu habría quedado como una mujer anónima de
Palestina. Por otra parte, su libre y amorosa colaboración con el Espíritu,
hace de ella el modelo de toda relación con el Espíritu santificador.
María
permanece para siempre como el prototipo y el modelo de la Iglesia en lo
referente a su maternidad.
María
fue fecunda solo por la fuerza del Espíritu: si la Iglesia quiere ser fecunda,
no solo desde el punto de vista sacramental sino también existencialmente en la
santidad cotidiana, debe renovarse continuamente en el Espíritu.
Como
el Espíritu ha fecundado misteriosamente a la Virgen y ha generado a Cristo, así
fecunda continuamente a su esposa, la Iglesia. Y si María colaboró con el Espíritu
para que se realizara aquella generación, también la Iglesia debe disponerse dócilmente
a Él para ser "Madre de los santos y de los mártires"
Esto
vale para la Iglesia en su conjunto y también para cada cristiano: para que Jesús
pueda nacer en cada alma y continuar así el misterio de la Madre de Dios, es
necesario que el Creador se ponga en el mismo corazón de la criatura y que el
Espíritu divino la cubra con su sombra.
Escribe
Gregorio de Nisa: "Lo que ha sido realizado corporalmente en María, la
plenitud de la divinidad que brilla en la Virgen a través de Cristo, de manera
análoga se realiza (a través del Espíritu) en todas las almas purificadas. El
Señor no viene ya corporalmente, porque "nosotros no conocemos al Señor
según la carne" pero Él habita espiritualmente y el Padre, como afirma el
Evangelio, hace con Él su morada en nosotros. Así el Niño Jesús nace todavía
en cada uno de nosotros".
En
otra parte el mismo autor afirma:
"A fin de que las disposiciones del Evangelio y la actividad del Espíritu
Santo se desarrolle en nosotros, es necesario que Cristo nazca en nosotros".
Pidamos
a la Santísima Virgen, obtener a Jesús del Espíritu de quien ella misma lo ha
engendrado.
¡Que
reciba nuestra alma a Jesús por obra del Espíritu, por el cual Nuestra Madre
ha concebido al mismo Jesús!
¡Que amemos a Jesús con el mismo Espíritu en el cual Ella lo adora como Señor y lo contempla como Hijo!
Desarrollado
por el CM Alfonso de Jesús Marín González, inspirado en el capítulo “María
y el Espíritu” incluido en el libro “De tu Espíritu , Señor, está
llena la tierra” número 64 de la Colección Documentos CELAM, México
1997