Contemplando, nos transfiguramos
Para que un acontecimiento de la vida de Jesús sea un misterio, no es suficiente siquiera que "algo se realice en Cristo", más bien, se requiere que este suceso revista un significado salvífico para todo su cuerpo, que tenga, se decía, valor ejemplar y causativo en relación con la Iglesia.
Esto es, para san Agustín, lo que distingue un simple "aniversario", de una celebración "a modo de misterio". En el aniversario se requiere solamente que se solemnice con una fiesta la vuelta anual del día en que ese acontecimiento tuvo lugar. Sin embargo, en una celebración a modo de misterio, debe resultar también la incidencia que este acontecimiento tiene en la actualidad y la parte que nosotros tenemos en él.
En
la fiesta de la Transfiguración (6 de agosto), la Iglesia no sólo celebra
la transfiguración de Cristo, sino también la propia transfiguración. ¿Cuál?
Ante todo la transfiguración escatológica, la que tendrá lugar al final, cuando
el Señor Jesús, como dice el Apóstol «transfigurará nuestro mísero cuerpo para
conformarlo a su cuerpo glorioso» (Flp 3,21). Uno de los Padres de la Iglesia
expresaba en su homilía: «Cristo se transfiguró para mostrarnos la futura
transfiguración de nuestra naturaleza y su segunda venida».
La Transfiguración, escribe san León Magno, tuvo lugar «para que todo el cuerpo tomara conciencia de la transformación de la que será objeto y para que los miembros se volvieran a prometer la participación en esa misma gloria que había brillado en la cabeza».
Ya en la antigüedad hubo quien vio prefigurada en la Transfiguración en el Tabor no sólo nuestra transformación final, sino también la de todo el cosmos: Cristo «ha transfigurado a su imagen toda la creación y la ha recreado de un modo aún más sublime».
Pero
quien ha dado a esta perspectiva una forma nueva y moderna ha sido Teilhard de
Chardin. Para él, la Transfiguración es «el más bello misterio del
cristianismo», la fiesta que expresa exactamente todo aquello en lo que él creía
y esperaba, es decir, un universo transfigurado, con lo divino que, al final, se
transparenta a través de todo lo creado, como en el Tabor se reveló a través de
la carne de Cristo, de manera, se sobreentiende, análoga, no idéntica.
Mediante la contemplación podemos entrar, desde ahora, en el misterio de la Transfiguración, hacerlo nuestro y convertirnos en parte de él. El verbo que se traduce como "reflejar como en un espejo" puede tener dos significados. El primero, adoptado por los antiguos, es "contemplar como en un espejo"; el segundo, preferido por los modernos, es "reflejar como un espejo".
En el primer caso, Cristo es el espejo en el que nosotros contemplamos la gloria divina; en el segundo, nosotros somos el espejo que, mirando a Cristo, refleja la gloria divina.
La
interpretación antigua es criticada a veces porque se piensa que, de esta forma,
Cristo sería equiparado al resto de lo creado, también definido como espejo,
pero nada obliga a pensar que se utilice el término con el mismo sentido. El
hombre es imagen de Dios, pero esto no impide definir también a Cristo como
"Imagen de Dios", en un sentido distinto y más fuerte. Por tanto, ambos matices
se deben mantener, unidos, tal y como hace una acreditada traducción moderna de
la Biblia que sugiere que se interprete la expresión en el sentido de «nosotros
contemplamos y reflejamos», es decir, «reflejamos lo que contemplamos».
De acuerdo a este razonamiento, no sólo el hombre refleja aquello que contempla, sino que se convierte en aquello que contempla. Contemplando, nosotros nos transfiguramos en la imagen que contemplamos. Es éste un pensamiento cuya verdad profunda captamos hoy mejor.
Si en un tiempo, al principio del materialismo científico, se decía: «El hombre es lo que come», ahora, en una civilización dominada por la imagen y por la comunicación visual, debemos decir: «El hombre es lo que mira». La imagen tiene el poder de penetrar no sólo en el cuerpo, sino en el alma misma, a través de la fantasía. El ojo es "la linterna del alma" (cf. Mt 6,22); y es también la puerta del alma.
Contemplando a Cristo, dice por tanto el Apóstol, nos hacemos semejantes a él, nos conformamos a él, permitimos que su mundo, sus objetivos, sus sentimientos, se impriman en nosotros, sustituyan a nuestros pensamientos, objetivos y sentimientos, nos haga semejantes a él.
Sucede en la contemplación como en la fotografía y es curioso descubrir que el mismo término "fotografiar" aparece por primera vez en un autor bizantino del siglo XII, precisamente para indicar lo que sucede cuando el alma contempla a Cristo. «Custodiemos -dice- con toda atención el espejo del alma en el que normalmente se imprime y se fotografía Jesucristo, sabiduría y fuerza de Dios».
Adaptado por el C. M. Alfonso Marín, basado en el libro “El misterio de la Transfiguración, o la imagen de Cristo para el hombre del Tercer Milenio” de Raniero Cantalamessa de la Colección Agua Viva de Editorial Monte Carmelo, Burgos 2007.