CONTEMPLACIÓN DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA

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Tú, María, partiste de las realidades terrenas para que se viera reforzado el misterio de la encarnación, para que se creyera que Dios nacido de ti, había sido también hombre completo, hijo de una verdadera madre.

Ya que tú participas de nuestra naturaleza y por eso no habrías podido escapar del encuentro con la muerte común a todos, así como tu Hijo y Dios de todos «gustó la muerte» (Heb 2,9): no hay duda de que el sepulcro de tu dormición, así como el sepulcro vivificador, es objeto de maravillas, puesto que ambos acogieron realmente vuestros cuerpos, aunque no obraron ruina alguna en ellos.

No era admisible que tú, por ser recipiente que alojó a Dios, fueras disuelta en el polvo. Puesto que aquel que se despojó en ti era Dios desde el principio; vida más antigua que todos los siglos. Por tanto, era también necesario que la madre de la Vida habitara junto a la Vida.

Por eso, así como un hijo busca y desea a su propia madre y a la madre le gusta vivir con el hijo, también fue justo que tú volvieras a Él y que Dios te hiciera partícipe de la comunión de vida con Él mismo

Autor: Germán de Constantinopla. Obra: “Omelie mariologiche, Omelia IV” Roma 1985.