LA CONSTANTE COLABORACIÓN DE MARÍA EN NUESTRA SALVACIÓN
Dios ha facultado a los hombres para que colaboren en la
ejecución de su plan salvífico. La criatura no es una marioneta movida
arbitrariamente por Dios mediante hilos invisibles, sino una persona libre.
En consecuencia, Dios siempre actúa sobre el hombre interpelándole en el plano personal, desafiando su libertad, su capacidad de tomar decisiones y su responsabilidad en la configuración de su vida, tratando de moverle a un ejercicio de su libertad acorde a su naturaleza esencial.
No es que la eficacia de Dios esté limitada por la actividad de la criatura, sino al contrario; precisamente en la actividad de cada persona llamada a la libertad y a la consumación en la gracia, se revela el poder de Dios.
María, al igual que desempeñó en la actividad redentora del Jesús terreno un papel activo, previsto en el plan salvífico de Dios, sin poner en peligro la índole de única y de incomparable con cualquier otra que caracteriza a la mediación de Jesucristo, vive también tras su muerte en la eternidad de Dios en comunión con Jesucristo, el Señor resucitado, y sigue ejerciendo su «misión salvadora» en favor de los hermanos de su hijo, e incluso lo hace de un modo más intenso.
¿En qué consiste esa «misión salvadora»? En la Constitución LUMEN GENTIUM (LG) del Concilio Vaticano II se ha subrayado la fe en la unidad de la Iglesia terrena y la celestial, tal y corno se expone en el Nuevo Testamento.
Los hombres que por la fe y el Bautismo son miembros del Cuerpo de Cristo, y que tras la muerte viven en comunión con Cristo glorificado, alcanzan así su consumación en Dios, y se hallan desde luego en unión y comunión con quienes pertenecen a Cristo. Viven en un amor indestructible, que ya no puede disminuir. Este amor es «el vínculo de perfección» (Col 3, 14).
Una expresión esencial de esta unidad de vida en el amor y en la solidaridad recíproca es la «intercesión».
Los cristianos no están invitados al amor solamente para hacer algo más soportable la vida terrena. La intercesión es una forma de poner por obra ese amor para «procurar los dones de la salvación eterna».
La intercesión no significa que los hombres tengan que suscitar una voluntad salvífica de Dios que no existiese antes, o que para atraer la atención de Dios hacia ellos y sus necesidades, tengan que recurrir a muchas oraciones.
La oración cristiana no es una iniciativa por parte de la criatura para producir un efecto en Dios, para informarle de las preocupaciones y necesidades de los hombres, y así propiciar que por fin empiece a actuar. La oración cristiana es, antes bien, la respuesta que da el hombre, llevado por el Espíritu Santo, a la gracia y a la libre comunicación de sí mismo con Dios a través de Jesucristo, la cual se anticipan a todo nuestro actuar, obrar y pedir.
Es decir, la gracia precede a nuestra petición de la misma, pues al experimentar la gracia de Dios que se nos dispensa libremente, el hombre se siente inducido a pedirla. Es porque sabe que ya han sido escuchadas sus oraciones por lo que el creyente empieza a pedir que se le escuche: «antes de que ellos llamen, responderé yo; todavía no habrán acabado de hablar, y ya les habré escuchado» (Is 65, 24).
Así pues, en la oración cristiana el hombre se abre a la gracia que ya le ha sido concedida. Accede a que Dios ponga por obra soberana su plan salvífico. En la oración, el hombre puede experimentar la voluntad salvífica de Dios -tanto en las preocupaciones, cargas, asechanzas y dudas cotidianas como en la dirección global de su vida y de la historia común- y aceptar lleno de confianza la providencia salvífica de Dios.
Ciertamente, no se limita a recibir pasivamente la voluntad salvífica de Dios, ya que, en virtud de su ser persona, es una agente independiente y contribuye a forjar el destino global de la humanidad.
Si la oración es la provechosa respuesta al amor de Dios que se nos adelanta, la intercesión por la salvación de los demás es, de un modo muy especial, una realización concreta de la dimensión comunitaria de la respuesta de todos los miembros de la Iglesia al plan salvífico universal de Dios.
Al igual que todos los miembros de la Iglesia celestial, también María permanece unida en su consumación eterna a los hermanos y hermanas de la Iglesia terrena que todavía se hallan en la peregrinación de su fe, y están pasando por muchos peligros y necesidades para alcanzar su objetivo último, la patria eterna, la consumación en Dios.
María colabora en esa peregrinación hacia la figura plena de la salvación. Lo hace tal como una madre que ama a sus hijos, se preocupa de ellos y mediante una sabia dirección los lleva a la madurez de la fe y del amor.
Si se considera más de cerca esta relación de María con la Iglesia peregrina, se llega a los títulos de «Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora». El Concilio Vaticano II no dice que María sea sencillamente lo que designan esos títulos, más bien se elige la formulación de que la Iglesia en sus invocaciones, piensa en María con esos títulos. Con ello se desea llamar la atención sobre el hecho de que dichos títulos no convienen a María de la misma forma que a Jesucristo.
La costumbre de invocar a los santos celestiales viene desde los siglos II y III y tiene su fundamento objetivo en el testimonio neotestamentario de la estrecha relación interna existente entre Cristo y la Iglesia.
En ese contexto, la relación de María con Jesús tiene una especial relevancia, derivada de la encarnación de Dios en María y de la fe -concedida por la gracia- de María en la palabra de la promesa divina, así corno de su disposición a llegar a ser la madre del Señor.
El ser, la misión y el obrar de Jesús, Verbo de Dios encarnado y Redentor de la humanidad, se distinguen de la colaboración de las criaturas en el plan salvífico de Dios no solamente por su intensidad, sino por su naturaleza esencial.
Y sin embargo Jesucristo, que no en vano es la cabeza del cuerpo, da una participación de su eficacia salvífica al cuerpo, esto es, a la Iglesia y a sus miembros. Esto es, Él hace presente su propia eficacia salvífica también a través de la Iglesia, sin afectar su posición única.
Es en Jesús mismo en quien se basa el vínculo de comunión de los miembros de la Iglesia entre sí, de manera que la colaboración humana no limita a Jesús, sino que capacita a los hombres para que actúen como Él quiere.
Esto es lo que sucede también, por ejemplo, con el sacerdocio de Jesucristo: los servidores de la Iglesia consagrados para el ministerio sacerdotal, así como el pueblo fiel, quienes participan de él de modos distintos, sin que esa participación añada o quite nada al sacerdocio único de Cristo.
Por esa razón, el Concilio Vaticano II puntualiza que la mediación de Cristo es la fuente única, pero inagotable, de la que procede toda la colaboración de la Iglesia, y gracias a la cual esa colaboración se vivifica y despierta, Pero sostiene también que a María le corresponde esa «misión subordinada» dentro del plan salvífico divino. Con ello no está expresando meramente una adhesión teórica o limitándose a formular una afirmación teológica, sino que expone que la Iglesia «experimenta sin cesar» en su vida espiritual este amor y esta dedicación maternal de María.
El juego recíproco de intercesión de María e invocación de los creyentes para impetrar su oración está inserto, así pues, en una experiencia espiritual viva. La Iglesia tiene realmente una historia espiritual interna, a lo largo de la cual reacciona a los grandes desafíos de cada época y los asimila. En los santos se pone de manifiesto la profundidad espiritual, y por tanto también la correspondiente renovación espiritual de la Iglesia.
En las apariciones marianas que han sido reconocidas por la Iglesia, cuando María llama al mundo a la conversión y a la paz, de lo que se trata no es de comunicar un saber secreto y esotérico, sino de ejercer un servicio profético.
El Concilio recomienda muy vivamente esta experiencia a todos los creyentes y los invita a aguzar sus oídos para la palabra de Dios en el tiempo.
Como conclusión tenemos que el remitir a los creyentes al amor y a la protección maternal de María, persigue la finalidad de alcanzar una unión más íntima con nuestro Mediador y Salvador.
Para complementar la reflexión sobre este tema, se sugiere la lectura de LG 62.
Basada en una meditación aparecida en el libro “¿Qué significa María para nosotros los cristianos?” de Gerhard Lüdwing Müller de Ediciones Palabra, Madrid 2001.