ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL REZO DEL
ROSARIO
El
Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo a través de un método
que favorece su asimilación. Se trata del método basado en la repetición.
Esto vale para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. A
primera vista, se podría pensar que esta repetición es una práctica árida y
aburrida.
A
este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil
encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro: «Simón, hijo de
Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro
responde: «Señor, tú lo sabes que te quiero» (cf. Jn 21, 15-17). Más
allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de
Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la
cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien
conocidos por la experiencia universal del amor humano. Precisamente para
comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es
propia del amor.
Una
cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente
a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición
favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo,
verdadero 'programa' de la vida cristiana.
Se
percibe en el mundo una renovada exigencia de meditación, que encuentra
a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas. Hay
cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan
atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos
positivos y a veces acordes a la experiencia cristiana, a menudo esconden fondos
ideológicos inaceptables. El Rosario tiene características propias, que
responden a las exigencias específicas de la espiritualidad en la vida
cristiana.
El
Rosario es un método para contemplar. Como tal, debe ser utilizado en
relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. La experiencia de
innumerables Santos aboga en su favor, lo cual no impide que pueda ser mejorado.
Precisamente a esto se orienta la incorporación, de un nuevo ciclo de
misterios, junto con algunas sugerencias sobre su rezo. Con ello, aunque
respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, se busca
ayudar a los fieles a comprenderlo en sus aspectos simbólicos, en sintonía con
las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta
oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que acabe
por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión
de su sentido y su cometido
Enunciar
el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una
imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual
concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a
aquel determinado momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha
desarrollado en la Iglesia, tanto en la veneración de imágenes que enriquecen
las devociones con elementos sensibles, como en el método propuesto por san
Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se recurre al elemento visual
e imaginativo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el
misterio.
Por
lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la
Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio
de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.
El
enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta
exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se
refieren a todas sus páginas. sino que, lo suponen y lo promueven. Sin embargo,
si bien los misterios considerados en el Rosario, se limitan a las líneas
fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede
extender fácilmente al resto del Evangelio.
Para
dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al
enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico
correspondiente, con una longitud acorde a las circunstancias. Ésta debe
ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y
«para mí».
Acogida
de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario
sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información
ya conocida. No se trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar'
a Dios.
La
escucha y la meditación se alimentan del silencio.
Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra,
esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención
sobre el misterio meditado. Precisamente el redescubrimiento del valor del
silencio, es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la
meditación.
Después
de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural
que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus
misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente. Él
nos quiere introducir en la intimidad del Padre y en esta relación con el Padre
nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a
la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de
la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición
del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga
en soledad, sea una experiencia eclesial.
A
la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que
el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya
y lo exalta. En efecto, la primera parte del «Ave Maria»,
tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa
Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de
Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en
cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra
maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María. Repetir
en el Rosario el «Ave Maria» nos acerca a la complacencia de
Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la
historia. Es el cumplimiento dela profecía de María: «Desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc1, 48).
El
centro del «Ave Maria», casi como engarce entre la primera y la
segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no
se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo
que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre
de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y
fructuosa del Rosario.
Cuando
nos referimos al « Gloria», recordamos que la doxología trinitaria es
la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos
conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos
encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se
han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el « Gloria»,
culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario.
En
la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda,
fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María,
la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida
conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu
a la altura del Paraíso.
Habitualmente,
en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria sigue una
jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales
invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios
puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya
con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación
del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su
relación con la vida cristiana.
La
oración final puede expresarse en varias formas legítimas. El Rosario adquiere
así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones de las
distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se
difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más
significativas, experimentadas en centros y santuarios marianos que cultivan
particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda
acceder a la auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la
propia contemplación.
Instrumento
tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a
menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las «Ave
Maria ». Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar
ulterior densidad a la contemplación.
Lo
primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el
Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se
centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende
hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.
En
cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca
el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana.
Es
también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación
recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que
nos une a todos en Cristo.
En
la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, los cuales en
la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son de uso totalmente
legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para
elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades
eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la
Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con
las debidas disposiciones.
En
efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el
que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa
intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual
se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente
necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida
oración de la « Salve Regina», bien con las «
Letanías lauretanas »?. Es como coronar un camino interior, que ha
llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.
El
Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera
laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos
contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho
tiempo disponible. Pero es obvio, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo
de los misterios de la luz, que muchos no podrán recitar más que una
parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los
días de la semana un cierto 'color' espiritual, análogamente a lo que hace la
Liturgia con las diversas fases del año litúrgico.
Considerando
que los misterios gloriosos se han propuesto seguidos el sábado y el domingo, y
que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, se
aconseja trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios
gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Con lo cual
queda libre el jueves para la meditación de los nuevos misterios de la luz.
No
obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la
meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y
pastorales pueden sugerirse oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante
es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario
contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en
la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la
resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida
de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del
tiempo y de la historia.
Extractada
del Capítulo III « PARA MÍ LA
VIDA ES CRISTO » de la CARTA APOSTÓLICA ROSARIUM
VIRGINIS MARIAE del Sumo Pontífice JUAN PABLO II al
Episcopado, al Clero y a los fieles sobre el Santo Rosario. Octubre del 2002.