CONSIDERACIONES SOBRE
LA CELEBRACIÓN
DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
Esta fiesta
es una de las más entrañables, populares y consoladoras de las que la comunidad
cristiana dedica a la Virgen María. En nuestras latitudes, además, se puede
decir que alegra el verano en su centro mismo, y para muchos pueblos y ciudades
constituye la «fiesta mayor de la Patrona», llena de resonancias humanas y
cristianas.
Es muy importante revisar algunos elementos que ayudan a comprender el sentido teológico y las consecuencias espirituales de esta hermosa fiesta para nuestra vida.
Ante todo, es una fiesta de Cristo Jesús. El Resucitado, tal como nos lo presenta Pablo, es la cumbre de la salvación y de la historia, el contenido principal de nuestra fe y de nuestra fiesta durante todo el año. Porque «Todo lo ha sometido Dios bajo los pies de Cristo» y «Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías». Él es quien triunfa de la muerte y del mal, resucitando a una nueva vida. El segundo Adán que corrige la obra del primero. El primero nos trajo muerte. El segundo, vida.
Es también la fiesta de la Virgen María, la Madre, la primera salvada por la Pascua de Jesús. Pablo no la nombra explícitamente, pero sí dice que «Cristo resucitó como la primicia», y que luego lo harán los demás, «cada uno en su orden». Ella es la «primera cristiana»: supo abrirse totalmente a Dios, lo alabó con su Magnificat y le fue radicalmente dócil en su vida («hágase en mí según tu palabra»). Y ahora es incorporada a la Pascua de su Hijo, pasando también ella a la nueva existencia «en cuerpo y alma», porque, como decimos en el prefacio, «no permitiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro aquella que, de un modo inefable, dio vida en su seno y carne de su carne al autor de toda vida».
Con toda razón puede ella exclamar: «ha hecho en mí grandes cosas el Poderoso». Y nosotros, aplicarle el entusiasmo del salmo: «De pie, a tu derecha, está la reina», «el rey está prendado de tu belleza».
Esta fiesta proyecta la victoria de Cristo y de María a toda la Iglesia. Y de alguna manera a toda la humanidad. El «sí» de María a Dios se puede decir que fue en representación de todos nosotros. Y que el «sí» de Dios a la humilde joven de Nazaret va dirigido en promesa también a nosotros.
Pues a fin de
cuentas, nos está recordando que también nosotros estamos destinados a la misma
gloria y a la misma vida que ella. En esta fiesta aparece María como «figura y
primicia de la Iglesia», «consuelo y esperanza para tu pueblo, todavía peregrino
en la tierra»
La Iglesia es una comunidad en marcha, en lucha contra el mal. Y así la «mujer» de la que habla el Apocalipsis, aunque en principio se refiera a la misma Iglesia, es también de manera eminente la Virgen María, Madre del Mesías y Auxilio constante de la Iglesia contra todos los «dragones» que luchan contra ella.
A los que también ahora vivimos tiempos difíciles, la fiesta de la Asunción nos comunica un optimismo pascual. Nos muestra que el plan de Dios es plan de salvación y victoria y que se cumple ya, además de cumplirse en Cristo, también en una de nuestra familia, la humilde mujer de Nazaret.
Es en conclusión una fiesta que proclama un grito de fe, que va en serio lo que Dios ha prometido y ha empezado ya a cumplir. Es una respuesta a los pesimistas. Es una respuesta a los materialistas que no ven más que a corto plazo los factores económicos o meramente humanos.
El destino humano no es la muerte, sino la vida. Y además, toda la persona, espíritu y corporeidad, está destinada a la vida. También nuestro cuerpo tiene una dignidad ante los ojos de Dios y un destino de gloria. Celebrar la fiesta de María es celebrar nuestra propia fiesta.
Basado en un desarrollo de J. Aldazabal, aparecido en Actualidad Litúrgica de Julio - Agosto 2006, editado por Buena Prensa.