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Iesus vivens in Ecclesia sua

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Sabemos que muchos de nuestros contemporáneos dicen: «Cristo, sí; la Iglesia, no». No ven el vínculo entre Jesús y la Iglesia. No se dan cuenta de su presencia en ella.

Y sin embargo, ¿qué es, que querría ser la Iglesia, sino aquella que manifiesta el rostro del Señor en medio del mundo? Viene a la mente el Cura de Ars, pastor humilde y sencillísimo. Llamado a dar su testimonio sobre él, un campesino dijo: «He visto a Dios en un hombre».

Viene al pensamiento la Madre Teresa de Calcuta y la muchedumbre que en el día de su funeral seguía sus restos mortales. Cristianos, hindúes y musulmanes, todos advirtieron en ella la fascinación de Jesús.

¡Son preciosísimos estos grandes testigos de la presencia de Cristo! Y hemos de dar gracias al Señor. Pero en este tiempo, tan complejo y tan necesitado de salvación, urge que en toda la Iglesia se vea a Cristo, que toda ella irradie su presencia.

Juan Pablo II, quiso subrayar esta urgencia, en diversos foros repetía una misma idea: ¡Cristo vivo!, ¡Jesús vive en su Iglesia!

Partiendo de la tradición secular de la Iglesia, el Concilio Vaticano II ha puesto de relieve varias formas de la presencia de Cristo:

San Mateo refiere esta promesa de Jesús: «……donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).

La presencia del Resucitado no es una presencia estática, un estar aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, «la proximidad de Cristo reúne a "los hijos de Dios dispersos" para hacer de ellos la Iglesia»

Desde la Alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como Aquel que interviene eficazmente en la historia. Él liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio de vosotros» es la palabra que identifica ya la primera Alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga...

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. En la resurrección de Jesús, la promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa de la Alianza definitiva, halla su cumplimiento.

En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el “Dios-con nosotros”, es «el Salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5, 23). Presente en medio de los suyos, el convoca y reúne no solo a Israel, sino a toda la humanidad (cf. Mt 28, 19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la promesa de Mt. 18, 20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad.

Por la gracia del bautismo, y especialmente por la Eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites. San Pablo dice: «Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por vosotros como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5, 2).

Encontramos esta orientación en el mandamiento supremo: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Donde hay amor recíproco, allí se ve a Cristo. Y la medida del amor recíproco es: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13).

En la presencia de Cristo en medio de nosotros encontramos la esperanza: «esa esperanza que no defrauda» (cf. Rm 5, 5). Y gracias a ella irradiábamos el Evangelio a nuestro alrededor.

Hoy en día, vemos que la mayor parte de los hombres tienen otras motivaciones para su amistad: uno ama porque es amado; otro, porque ha sido honrado; otro, porque alguien le ha sido útil [...].

Sin embargo, es difícil encontrar a alguien que ame por Cristo, cómo se debe amar al prójimo [...]. Quién ama así [...], aunque sea odiado, insultado, amenazado de muerte, sigue amando [...]. Ya que así ha amado Cristo a sus enemigos [...] con el amor más grande».

La comunidad cristiana unida en el amor recíproco es el lugar actual donde Jesús se hace visible.

La novedad cristiana se manifiesta donde dos o tres unidos gozan de la presencia de Cristo resucitado.

Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la madre, el padre, los hermanos, los hijos, o cualquier otra cosa material que podamos imaginar.

Basado en una reflexión del libro “Testigos de la Esperanza” del sacerdote vietnamita F.X. Nguyen van Thuan, Editorial “Ciudad Nueva” Madrid 2001