Sabemos que muchos de nuestros contemporáneos dicen: «Cristo, sí; la Iglesia, no». No ven el vínculo entre Jesús y la Iglesia. No se dan cuenta de su presencia en ella.
Y sin embargo, ¿qué es, que querría ser la Iglesia, sino aquella que
manifiesta el rostro del Señor en medio del mundo? Viene a la mente el Cura de Ars, pastor humilde y sencillísimo. Llamado a dar su testimonio sobre él, un
campesino dijo: «He visto a Dios en un hombre».
Viene
al pensamiento la Madre Teresa de Calcuta y la muchedumbre que en el día de su
funeral seguía sus restos mortales. Cristianos, hindúes y musulmanes, todos
advirtieron en ella la fascinación de Jesús.
¡Son
preciosísimos estos grandes testigos de la presencia de Cristo! Y hemos de dar
gracias al Señor. Pero en este tiempo, tan complejo y tan necesitado de salvación,
urge que en toda la Iglesia se vea a Cristo, que toda ella irradie su presencia.
Juan
Pablo II, quiso subrayar esta urgencia, en diversos foros repetía una
misma idea: ¡Cristo vivo!,
¡Jesús vive en su Iglesia!
Partiendo
de la tradición secular de la Iglesia, el Concilio Vaticano II ha puesto de
relieve varias formas de la presencia de Cristo:
Jesús está presente en la Iglesia de modo especial en las acciones litúrgicas,
en la persona del ministro y sobre todo bajo las especies eucarísticas.
Jesús está presente con su virtud en los sacramentos.
Jesús está presente en su Palabras.
Jesús
está presente cuando la Iglesia ejerce las obras de misericordia; está
presente en los pobres, en los enfermos, en los prisioneros (cf.
Mt
25, 31-46).
Jesús está presente «en la vida de aquellos que, aunque participan de
nuestra naturaleza humana, son transformados más perfectamente en la imagen de
Cristo (cf. 2
Co
3, 18)En
ellos es
Él
mismo quien nos habla y nos muestra la señal
de su reino.
Jesús
está presente en una comunidad cristiana que vive en el amor (cf.
Hch
2, 42-48; 4, 32-35).
Jesús está presente. Y sin embargo a menudo parece como si no lo
estuviese. Para muchos contemporáneos nuestros y también para no pocos
cristianos, sucede lo que vivieron los dos discípulos de Emaús: «Camino a su
lado, pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerlo»
(Lc
24, 15-16).
Caminaba
por el camino como un compañero de viaje, escribe san Agustín, era
El
quien los guiaba. Por tanto, lo veían, pero
no eran capaces de reconocerlo. Sus ojos, así lo hemos entendido, estaban
impedidos para reconocerlo. Estaban impedidos no para verlo, sino para
reconocerlo».
San
Mateo refiere esta promesa de Jesús: «……donde están dos o tres reunidos
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt
18, 20).
La presencia del Resucitado no es una presencia estática, un estar aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.
Brevemente, «la
proximidad de Cristo reúne a "los hijos de Dios dispersos" para hacer
de ellos la Iglesia»
Desde
la Alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como Aquel que
interviene eficazmente en la historia. Él
liberó a los
hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio
de vosotros» es la palabra que identifica ya la primera Alianza: una presencia
que protege, guía, consuela y castiga...
Con
la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y
nueva. En la resurrección de Jesús, la promesa de la presencia definitiva de
Dios, o sea, la promesa de la Alianza definitiva, halla su cumplimiento.
En
la comunidad cristiana, el Emmanuel, el “Dios-con nosotros”, es «el
Salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5, 23). Presente en medio
de los suyos, el convoca y reúne no
solo a Israel, sino a toda la humanidad (cf. Mt
28, 19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la
promesa de Mt. 18, 20, significa
actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la
humanidad.
Por
la gracia del bautismo, y especialmente por la Eucaristía, estamos injertados
en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la
Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.
En
el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo
que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles,
en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites.
San Pablo dice: «Vivid
en el amor como Cristo os amó y se entregó por vosotros como oblación y víctima
de suave aroma»
(Ef
5, 2).
Encontramos
esta orientación en el mandamiento supremo:
«En
esto conocerán todos que sois discípulos míos: si
os tenéis amor los unos a los otros»
(Jn
13, 35). Donde
hay amor recíproco, allí se
ve a
Cristo. Y la medida del amor recíproco
es: «Nadie
tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn
15, 13).
En
la presencia de Cristo en medio de nosotros encontramos la esperanza: «esa
esperanza que no defrauda»
(cf. Rm
5, 5). Y gracias
a ella irradiábamos el Evangelio a nuestro alrededor.
Hoy en día, vemos que la mayor parte de los hombres tienen otras motivaciones para su amistad: uno ama porque es amado; otro, porque ha sido honrado; otro, porque alguien le ha sido útil [...].
Sin embargo, es difícil encontrar a alguien que ame por
Cristo, cómo se debe amar al prójimo [...]. Quién ama así [...], aunque sea
odiado, insultado, amenazado de muerte, sigue amando [...]. Ya que así ha amado
Cristo a sus enemigos [...] con el amor más grande».
La
comunidad cristiana unida en el amor recíproco es el lugar actual donde Jesús
se hace visible.
La novedad cristiana se manifiesta donde dos o tres unidos
gozan de la presencia de Cristo resucitado.
Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale más que cualquier otro tesoro que pueda poseer nuestro corazón: más que la madre, el padre, los hermanos, los hijos, o cualquier otra cosa material que podamos imaginar.
Basado
en una reflexión del libro “Testigos
de la Esperanza” del sacerdote vietnamita F.X.
Nguyen van Thuan, Editorial “Ciudad
Nueva” Madrid 2001