EL CENÁCULO
Una vez que el Señor ascendió a los cielos, y los dos hombres vestidos de blanco se acercaron a preguntarles que por qué seguían mirando al cielo, si ese Jesús que había subido, no se marchaba para siempre sino que estaría nuevamente con ellos, nos narran los Hechos de los Apóstoles que se dirigieron nuevamente a Jerusalén:
«Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista tan sólo de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron al piso superior donde se alojaban; eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el Zelota y Judas el hijo de Santiago. Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste» (Hechos 1, 12-14)
El
familiarísimo sustantivo «cenáculo» no aparece en ningún texto bíblico. El
término se refiere al acontecimiento básico de la cena pascual de Jesús con sus
discípulos, a la cena que tuvo lugar en la sala grande situada en el piso
superior de la casa de un amigo (Mc 14,15; Lc 22,12).
Desde entonces aquella sala espaciosa se convirtió, primero, en refugio apartado de los discípulos, donde Jesús resucitado los encuentra reunidos (Mc 16,14; Jn 20,19.26); después, en la casa común de la Iglesia primitiva, donde iban madurando la identidad y la organización (Hch 1,3); por último, en mirador abierto de par en par sobre el mundo, desde el que irradian el Evangelio (Hch 2,14).
En la sala del «piso superior» se vuelven a encontrar todos los que habían estado con Jesús desde el principio: los apóstoles, citados uno a uno por su nombre (excepto Judas, por supuesto); algún discípulo fidelísimo como José, apellidado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matías (Hch 1,23); un pelotón de parientes; algunas mujeres y, personalmente, María, la madre de Jesús.
Son los que compartieron con el Señor en este mismo venerable lugar la última cena, horas de vida durante la «cuaresma pascual» (los cuarenta días de encuentros con el Resucitado) y el desconcertante acontecimiento de su elevación a lo alto hasta el cielo, donde está sentado a la diestra de Dios (Mc 16,19; Lc 24,51; Hch 1,9).
En
esta especie de referencia a la «Iglesia naciente», el hagiógrafo señala a las
mujeres y a los hermanos de Jesús, junto con los apóstoles, como presencias
eclesiales indispensables. Los hermanos habían articulado respecto a Jesús una
consideración diferenciada: unos lo consideraban un aventurero con el que había
que tener cuidado o al que había mantener a distancia, y otros lo apreciaban
como maestro al que había que seguir (sólo éstos le habían seguido hasta el
«cenáculo»). Las mujeres aparecían como las más constantes y fieles: jamás hubo
entre ellas ni un abandono ni una deserción, y siempre se mostraron serviciales
y caritativas con él. Ésta era la «Iglesia del cenáculo».
Inspirada en una de las misas del volumen 8 “El Leccionario Mariano” de la colección LECTIO DIVINA para la vida diaria, editada por Verbo Divino, Navarra 2009.