LOS CAMINOS DEL ADVERSARIO

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Toda la historia del mundo es vista en la Escritura como una gran lucha, un verdadero combate espiritual, y esto lo confirma el último libro de la Biblia: el Apocalipsis.

«Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él» (12, 7-9).

Podemos ver esta lucha como un conflicto de mentalidades: Dios en el centro, o bien el hombre en el centro. En el trasfondo está precisamente el adversario que continuamente acecha al hombre disfrazándole la verdad.

El sustantivo «adversario» traduce el término hebreo «Satán», genéricamente lo llamamos «inteligencia del mal», porque el mal no es simplemente fruto de ignorancia, de errores o de desidia. Es, más bien, oposición a Dios. Y los «caminos» del adversario son los medios que usa para venir a nosotros: sus planes, sus intentos.

Todo esto no puede parecer una idea extraña y peregrina, sin embargo, meditando atentamente la Escritura vemos en efecto que se trata de un principio importantísimo de interpretación de la realidad.

La multiplicidad de nombres que encontramos en la Biblia indica por una parte las dificultades para definir esa inteligencia del mal, y, por otra, la multiformidad de la acción del adversario.

Un primer nombre aparece en el capítulo 3 del Génesis: es la «Serpiente»; quiere significar la astucia, la capacidad de engañar, de enrollar, de seducir con razonamientos convincentes.

Luego el «Tentador», el que trata de enviar al hombre a la fosa de la que no puede ya salir.

El «Enemigo», aquel que quiere el mal del hombre, que lo quiere deprimir, humillar, degradar.

«Homicida» desde el principio es el nombre que le da Jesús al adversario para subrayar que se complace en la degradación humana.

La historia registra ejemplos terribles de estas formas de crueldad humana, pero el hombre no sería capaz de ella si no fuese instigado por un diseño misterioso.

El acusador o el calumniador, siempre pone de relieve el mal, lo negativo, lleva a la depresión, a la autoacusación y a lastimarse uno mismo. Es claramente lo contrario del «Paráclito» que defiende, consuela, da coraje, hace ver el objetivo, sugiere las posibilidades que tiene el hombre con la gracia. Con esta denominación de «acusador» se entiende toda la realidad interior negativa que dice al hombre: no eres capaz, no lo alcanzarás, has errado el camino.

El «Divisor», el que pone divisiones entre las personas, que provoca malentendidos. Ocurren malentendidos a partir de una simple ambigüedad verbal, que puede llegar a luchas de familias o de grupos.

El «Mentiroso», el que dice mentiras de modo tan astuto que las hace creíbles. A veces sucede que oímos calumnias o vemos expresiones de la mentira humana tales que nos hacen pensar que es la obra de una fuerza diabólica.

En todas estas realidades no está necesariamente implicado personalmente  Satanás:  pero  nos  encontramos  (ésta es la analogía bíblica) ante esa compleja esfera del mal de la cual Satanás es el responsable.

Los caminos del mal, por tanto, representan la multiplicidad de actitudes que tienden a despreciar al hombre, deprimirlo, degradarlo, descorazonarlo, y se traduce luego en teorías de escepticismo, de nihilismo, de indiferentismo que llegan incluso a gozar del mal de los demás. Los distintos nombres con que la Escritura denuncia la presencia del Adversario se concretan en delitos, suicidios, en formas de vicios graves y de mutua supresión y oposición entre las personas.

Existen algunos pasajes de los Hechos de los Apóstoles que nos permiten comprender el intento del adversario respecto de Dios y del camino del hombre hacia al Verdad.

Consideremos la pregunta de Pedro a Ananías: « ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio del campo? » (Hch 5, 3).

Notemos las dos frases paralelas: «Satanás llenó tu corazón» y «para mentir al Espíritu Santo». Parecería que Pedro quiere decir que el hombre es incapaz de mentir al Espíritu Santo si no hay algo que lo trastorna interiormente.

El texto griego tiene una expresión más cargada «¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón? ». Es la palabra que es utilizada para indicar la plenitud de gracia: cómo el don de Dios llena el corazón y lo hace rebalsar de alegría, de entusiasmo, de creatividad, de ganas de donarse, así el Adversario tiende a llenar el corazón de amargura, de miedo, de cálculo, de disgusto y de mentiras continuas.

Se revela así la intención del Adversario: la de adueñarse del corazón antes que de las acciones. Jesús enseñó que «del corazón de los hombres nacen las cosas malas» (cf. Mc 7, 22 y ss.), así como del corazón nacen el amor, la bondad, la dedicación.

Satanás tiene en su mira al corazón y ningún corazón humano está exento de su ataque. Cada uno de nosotros experimenta ataques de amargura, de escepticismo, de disgusto, que se actualizan y se vuelven el nivel y la medida de la realidad que estamos viviendo. No existe ningún tiempo en nuestra vida en el que podamos sentirnos fuera del peligro del Adversario: por esto la Palabra evangélica insiste sobre la vigilancia continua.

Otra observación: la expresión de Pedro: «¿por qué ha llenado Satanás tu corazón? » hace recordar a la descripción de la traición de Judas: «Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle...» (Jn 13, 2).

Esta lectura aparece estrechamente paralela a la nuestra y parece decir: ¿cómo podía Judas traicionar a Jesús si no hubiese existido una fuerza del Adversario?

Es muy interesante porque nos revela otro aspecto del Adversario y lo antepone con Jesús. Jesús, por así decirlo, ya tiene en su corazón la certeza de que debe pasar al Padre y quiere amar a los suyos hasta el fin. Satanás ha puesto en el corazón otra cosa: que Judas debe entregar a Jesús. Ha visto que Judas es el más débil, que está un poco amargado y descontento, que está en el límite de la definitiva ruptura, que ha dado algunos pasos en esta dirección y entonces se empeña a fondo contra él.

El lavado de los pies se vuelve así la lucha entre Jesús y Satanás para salvar a Judas: Jesús cumple un gesto de humildad para llegar a mover el ánimo de Judas que está por ser invadido por la tentación satánica de la traición. Jesús lucha por el hombre; lucha por Judas, no solamente por Pedro y por los demás discípulos. Quiere demostrarle a Judas, con un gesto simbólico, que lo ama hasta el fin, que quiere morir por él; que lo estima, que está cerca de él, que se le somete casi como un servidor. Busca conquistar su corazón, arrancarlo a la fuerza del Adversario.

En esta interpretación se nota el estilo dramático, contrastante, de la experiencia cristiana según el Nuevo Testamento: la lucha entre Cristo y Satanás, la lucha entre la luz y las tinieblas por el corazón del hombre.

El Señor tiene caminos por los cuales Él quiere venir al hombre y que el-hombre vaya a Él. Pero hay alguien, hay fuerzas de las realidades que luego se hacen situaciones, personas, grupos, culturas y mentalidades, que buscan cambiar los caminos del Señor.

Es necesario comprender bien las analogías bíblicas y todo el tema del Adversario en la Escritura. Muchas veces demonizamos enseguida a las personas, a las instituciones o grupos.

Este es un error de fondo, que conduce prácticamente a la caricatura del discurso sobre el demonio y a la burla de un modo de interpretar las cosas.

En cambio, la Biblia, con su comprensión del hombre, sabe que no se trata de personificar a Satanás en grupos o instituciones: generalmente es la realidad del mal la que invade los corazones de los hombres y se manifiesta en todas partes, sin que podamos identificarla con certeza.

Si supiésemos atenernos a la delicadeza, a la riqueza, a la múltiple analogía de la Escritura, comprenderíamos las actitudes y las situaciones, tal vez personales, de las que se desprende envidia, gusto por el mal ajeno que superan el promedio de la humana debilidad, mostrando de este modo que el mal del mundo está activo con inteligencia implacable.

Otro pasaje de los Hechos, donde no se nombra directamente a Satanás pero se intuye su realidad, es la narración de Simón el mago. Pedro y Juan estaban en Samaria y, al imponer las manos, han derramado al Espíritu Santo. Entonces «al ver Simón que con la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu, les ofreció dinero diciendo: “Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos”» (8, 18-19).

Estamos frente a una forma de obrar que afecta gravemente la sustancia del Evangelio y por tanto es signo de la presencia de una inteligencia del mal. Es interesante hacer una comparación entre el poder que Simón el mago desea tener y el poder que Satanás le ofrece a Jesús: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada y se la doy a quien quiero» (Lc 4, 6). Satanás reivindica para sí la conquista del poder sobre las cosas y las personas. Simón pide un poder absoluto que supera el poder de los hombres comunes: el poder de disponer del Espíritu Santo. Se trata del mismo contexto de prevaricación. Pedro le contestó: «Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto no tienes tú parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esa tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona ese pensamiento de tu corazón, porque veo que tú estás en la hiel de amargura y en ataduras de iniquidad» (Hch 8, 20-23).

La atmósfera está muy bien descrita: Simón siente que se transluce su estado interior de amargura, de cerrazón, de gusto morboso por el poder que lo bloquea y lo cierra en su personalidad y hay como una lucha para arrancar a este hombre de la realidad del mal que está por conquistarlo definitivamente.

Simón respondió: «Rogad vosotros al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho» (v. 24).

Mientras Judas se va con su trago amargo, Simón tiene la fuerza de pedir oraciones, reconociendo haber entrado, tal vez más allá de sus mismas intenciones inmediatas, en una situación que está por desbordarlo. Quería tener éxito, prestigio, y en cambio entró a turbar directamente la obra de Dios.

En conclusión: el camino del Evangelio es, por naturaleza, una lucha frente a un contrario. Una lucha en el corazón del hombre y una lucha contra todo lo que, como desarrollo histórico y mundano de los caminos del Adversario, se vuelve, según las palabras de Juan, el dominio del mundo, de la carne, de la concupiscencia.

El crecimiento del Evangelio incluye una lucha alternada en la que siempre hay que estar alerta para superar al adversario más fuerte y más inteligente que nosotros; por lo tanto es necesario confiarse a la potencia y a la fuerza del Espíritu.

Muchas veces nuestros proyectos, nuestros análisis, nuestros resultados no tienen en cuenta la oposición que trabaja en el corazón de cada hombre, a partir del nuestro, y de ahí que los resultados que obtenemos no coincidan con nuestra expectativa.

Pidamos a Nuestra Santísima Madre que interceda por nosotros, para que siempre estemos atentos y «preparados espiritualmente»” para que no convertirnos en instrumentos del adversario.

Inspirado en una reflexión propuesta por el cardenal Carlo María Martini en su libro “Reencontrase a sí mismo” de Grupo Editorial LUMEN, Buenos Aires 2003