LA
BIENAVENTURANZA DE MARÍA EN SU
MATRIMONIO
CON SAN JOSÉ
«Bienaventurado
el que encuentra un amigo bueno,
y quien
habla a oídos que le escuchan»
(Eclo.
25,12).
«Bienaventurado
el que no tiene que condenarse
a sí mismo en las
resoluciones que
toma»
(Rom
14,22).
«Bienaventurado
el varón que
habita con una
mujer sensata»
(Eclo
25,11).
«Bienaventurado
el marido de
una mujer buena;
el número de sus días será doblado»
(Eclo. 26,1).
De
estas cuatro bienaventuranzas transcritas, las dos
últimas se refieren directamente en el texto
sagrado
al varón que ha sido afortunado en la elección
de
su mujer.
Ahora
bien, siendo el matrimonio
una «comunidad de vida y de amor» como
ha dicho el concilio Vaticano II, es claro que
la felicidad en el matrimonio es algo de que
necesariamente participan por igual los dos esposos.
Por
esta razón, esas bienaventuranzas bíblicas,
dichas propiamente de los varones casados que
acertaron en la elección de su consorte, son susceptibles
de ser aplicadas a las mujeres que han contraído matrimonio, si las condiciones
aquí
indicadas se cumplen en sus maridos.
Por
ello,
todas son aplicables a la Virgen Santísima.
La
castísima doncella nazarena, a pesar de tener
el propósito firmísimo de "no conocer varón" (Lc 1,34) por tener
consagrada a Dios su virginidad,
contrajo primero desposorio y luego verdadero
matrimonio con San José. Lo afirma el santo
Evangelio.
Los
jóvenes judíos se desposaban generalmente entre
los dieciocho y los veinticuatro años; las doncellas,
en cambio, solían hacerlo mucho antes,
hacia los doce años y medio, si bien no pocas
de ellas se prometían más tarde, «aunque nunca
esperando a cumplir los veinte años, ya que esto era considerado como una
deshonra».
El
desposorio se hacía normalmente entregando el
esposo un objeto pequeño de valor mínimo a la
esposa, en la casa de ésta y ante dos testigos, mientras
le decía : «Por
este signo quedas desposada conmigo». No era costumbre en Galilea que los
desposados hicieran vida común, aunque en Judea
era considerado lícito; en cambio sí era frecuente
esperar un año para realizar el matrimonio propiamente
dicho, lo cual se hacía conduciendo solemnemente
el esposo a la desposada en el día convenido
de la casa de sus padres a la suya propia,
y celebrando luego la fiesta durante una semana
entera.
Dentro
de este marco de costumbres tradicionales
hay que colocar el matrimonio de María con el
carpintero de Nazaret.
No
deja de sorprender el hecho de que nuestra
Señora, pese a estar resuelta a conservar su virginidad
incluso después de su desposorio (Lc 1,38), consintiera
en él. ¿Obedeció sencillamente a las indicaciones de sus padres o tutores,
dejando confiadamente
en las manos del Todopoderoso el cumplimiento
de su compromiso sagrado? ¿Descubrió
previamente su consagración al casto artesano,
persuadiéndole para vivir virginalmente en el
matrimonio? ¿Halló ya en él, sin ninguna insinuación propia, este mismo
ideal?
No
mereciendo confianza cuantos datos nos dan
los
evangelios
apócrifos sobre el particular, todas
las cosas que se digan para contestar a estas
repuestas no pasarán de ser razonables conjeturas.
Lo cierto es que María, aunque tuvo el irrevocable propósito de conservar su
virginidad y aunque,
unida a José, vivió con él virginalmente, contrajo
con él verdadero matrimonio, como siempre
ha enseñado la Iglesia.
Por
eso se le pueden aplicar a María estas cuatro bienaventuranzas
bíblicas que se refieren a los esposos y se
han citado aquí.
¡Qué
hermosamente le cuadra la primera, si realmente
descubrió su propósito a José antes del desposorio
y le indujo a un matrimonio virginal!
«Bienaventurada
la que encuentra un amigo bueno
y quien habla a oídos que la escuchan».
María
fue bienaventurada porque encontró en el humilde
artesano un amigo bueno, de alma grande y
sencilla, que la amaba con auténtico amor de amistad,
y no de concupiscencia, y porque al descubrirle
el velo de su designio de virginidad nupcial
«habló a oídos que le escucharon» y aceptaron
con alegría aquel blanco y no imaginado sendero de vida impoluta en el
matrimonio.
No se le aplica con menos perfección la segunda bienaventuranza, la formulada por San Pablo, bien que con otro propósito. Hablando de que no es lícito obrar cuando la propia conciencia tiene duda sobre la licitud o ilicitud de un acto, y de que, para poderlo hacer sin pecado, hay que llegar a la certeza de que es bueno el acto que se intenta realizar, propone esa bienaventuranza:
«Bienaventurado el que no tiene que condenarse
a sí mismo en las resoluciones que toma», esto
es, bienaventurado el que acierta al tomar una
decisión prudente en materia dudosa, y no tiene
que arrepentirse de haberla tomado.
Así
lo hizo María. Se encontraba en una gran perplejidad.
¿Cómo compaginar la virginidad perpetua
que había consagrado a Yahvé con el matrimonio
que sus tutores o la costumbre, o ambos a la vez, le imponían? El conflicto de
conciencia
era evidente y grave. Ella lo resolvió... ¡confiando!
¡Confiando en Dios y en San José!
Y
¡ninguno de los dos le falló! Dios iluminó a San
José, y éste, lejos de ser un peligro para la integridad
de la Virgen, se convirtió para ella en el ángel de carne humana, tutelar de
su pureza ante los hombres y sombra protectora de su fama ante el pueblo de
Israel !Bienaventurada
María, que,
al aceptar a José como esposo guardián de su
virginidad, no tuvo que arrepentirse ni condenarse
a sí misma por la resolución que había tomado!.
Igualmente se realiza en María la bienaventuranza siguiente :
«Bienaventurada la mujer que habita con un varón sensato».
San José no era uno de los sabios de Israel, ni tenía fama de hombre ilustrado. Cuando los habitantes de Nazaret oyeron en la sinagoga la sabiduría de Cristo, comprendieron que no se la había podido comunicar su padre putativo:
«¿De dónde le viene a éste tal sabiduría...? ¿No es éste el
hijo del carpintero?» (Mt
13,55).
Pero
si el artesano nazareno no era un sabio, era
sí un israelita de corazón limpio que, iluminado
por su conciencia recta y por la ley de Dios, había
adquirido en la escuela de la vida humana esa
humilde pero segura filosofía que se llama sensatez.
Buena prueba de ello dio cuando advirtió en su esposa las señales de una
maternidad que para
él era un misterio. No dudaba él de la inocencia
de María, pero no acababa de descifrar el enigma
de su preñez. ¿Qué hacer en tan difícil coyuntura?
Otro
con menor juicio la hubiese acusado públicamente
de adulterio o hubiera dejado corroer secretamente
su propia existencia por los celos. El sensato
artesano no hizo ni lo uno ni lo otro la
base de sus deliberaciones fue no comprometer el
honor de su esposa. En consecuencia «resolvió
repudiarla secretamente» (Mt 1,19), desentendiéndose
de un asunto que no comprendía y dejándolo
todo en las mejores manos: las de la Divina
Providencia.
Dios
premió tanto seso y virtud, enviándole pronto
en sueños un ángel que le descubrió el velo
del misterio : «José,
hijo de David, no temas recibir
en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se
engendró en ella es del Espíritu Santo. Dará a
luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque
él salvará a todo el pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). Así era la
sensatez de José. María fue bienaventurada ya en vida por tener la dicha
de compartir la existencia con un varón de tan
eximia prudencia.
«Bienaventurada
la mujer de un marido bueno; el
número de sus días será doblado». También este
venturoso augurio se cumplió en María. Tuvo la
dicha de tener un esposo «bueno».
La
bondad, la virtud, en el lenguaje bíblico se llama
«justicia», palabra que equivale a santidad'. Y
al carpintero de Nazaret ése es justamente el nombre
que le da el Evangelio, precisamente al narrarnos
sus dudas y congojas ante la divina maternidad
de María: «José, su esposo, siendo justo...»
(Mt
1,19).
Este calificativo lo da la Escritura sólo a muy excelsos varones. Al anciano Simeón (Lc 2,25) éste es el mayor elogio que le tributa. Según San Pablo, «el que vive de la fe» (Rom 1,17), cumpliendo cuanto la fe nos dice, no merece mayor alabanza que ésta: ser justo.
El mismo centurión romano que asistió a la crucifixión de Cristo, al ver los prodigios que se realizaron en su muerte y reconocer por ellos su santidad, no tributa mayor alabanza al Señor: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47).
Y el apóstol San Pedro,
que
había conocido por especial revelación del
Padre que Jesús era «el Mesías, Hijo de Dios vivo»
(Mt 16,16), aplica este adjetivo a Cristo, diciendo
:
«Cristo
murió una vez por nuestros pecados,
el justo por los injustos, para llevarnos a Dios»
(1 Pe 3,18).
Así,
pues, porque José fue justo, fue un esposo bueno,
un esposo santo. En los difíciles momentos de Belén, de la huida a Egipto, del
regreso a Nazaret,
José se convirtió en el instrumento de la Providencia
para procurar a María el sustento para
el cuerpo, la paz para el espíritu, el consuelo para
el corazón.
Como los querubines que extendían sus alas sobre el propiciatorio del arca y la cubrían sin tocarse, José y María, unidos por el más casto amor, proyectaban su existencia y sus desvelos sobre el Hijo del Altísimo (Lc 1,32).
Siempre
el uno al lado del otro, pero siempre sin tocarse,
convirtiendo su mutuo y casto amor en un estímulo constante para la santidad.
Por
eso, el
número de los años de María fue «doble», colmada
de méritos, hasta el momento en que, llegada
su hora, fue fruta sazonada para la eternidad.
Extractada
del libro “Las Bienaventuranzas de María” de Laureano Catán
Lacoma, editado por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1985.