La bienaventurada Virgen María, consuelo de los afligidos
La Madre del Señor es venerada bajo la advocación de «consuelo de los afligidos» en muchos lugares, especialmente en la ciudad de Turín (Italia), donde se le ha dedicado un célebre santuario. También la veneran muchas familias religiosas. Este título lleva a considerar a María como alguien a través de quien Dios envió al Consolador, Jesucristo, su Hijo, al mundo. Ella, que fue afligida y consolada por la bienaventuranza de los que lloran, espera al Espíritu consolador en el cenáculo y, asumida al cielo, sigue intercediendo por los hombres oprimidos bajo el peso de la tribulación.
Con
el Espíritu del Señor las situaciones de tristeza, de límite, de sufrimiento o
de esclavitud, se transforman en alegría, en liberación, en libertad. Y la clave
está en el Señor Jesús, que derrama su misericordia sobre la humanidad, a fin de
hacer comprender el futuro glorioso que espera a los que practican la justicia,
a los que construyen ya desde ahora su Reino haciendo su voluntad. Entonces la
vida resplandece, entonces la gloria de Dios es el hombre viviente (cf. Sal 8),
que, consolado por él, ha optado por la vida, por la alegría, por la fiesta, y
es consuelo de Dios, revestido del hábito de la salvación y del manto de la
justicia.
María, Madre de Jesús, es la criatura que exulta en Dios, su salvador, porque ha experimentado la grandeza de la misericordia de Dios sobre aquellos que le temen (cf. Lc 1,46-50). Es la primera criatura a la que se declara bienaventurada en el evangelio por su fe. Y la bienaventuranza de María se convierte en el camino para todos nosotros, discípulos de Jesús. Necesitamos la fe para hacer la voluntad de Dios, para vivir la pobreza de espíritu, la aflicción, la humildad, el hambre de justicia, la misericordia, la pureza de corazón, la paz, la persecución.
Para ser felices debemos buscar en el fondo de nuestro corazón la fe, a fin de vivir todas estas situaciones que se resuelven en la relación con los otros. Felicidad no significa ausencia de dolor: la felicidad convive con el hambre, las lágrimas, la persecución, la pobreza.
Las relaciones nos hacen apostar por las personas y no por las cosas, por los
encuentros que cambian la vida.
María, primera bienaventurada, la primera en ser amada, que encontró gracia a los ojos de Dios, nos enseña a vivir plenamente con amor el presente, para que haya un futuro de felicidad. Ella, que ya ha experimentado el camino, está con nosotros cuando parecen prevalecer la aflicción, la ceniza, el luto, la tristeza, a fin de ayudarnos a creer que «Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas» (Rom 8,37).
Y ella, la primera encaminada de la historia, seguirá guiándonos en la peregrinación hacia la bienaventuranza sin fin.
Tomada de la “Lectio Divina para la vida diaria”, volumen 8 “El leccionario mariano” editado por Verbo Divino, Navarra 2010