EL BIEN NO HACE RUIDO

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Cuando en las noches se ven las noticias por la televisión,  se percibe un sentido desbordado por el sufrimiento, la frustración, la impotencia de muchísimos seres humanos atrapados por unos ciegos engranajes económicos, políticos,.que se mueven buscando sus fines propios y lastimando a muchísimos seres humanos.

El sufrimiento es un síntoma del mal, es el signo que nos indica que hay un mal lastimando el ser y el bienestar de alguien.

Igual que el dolor en el cuerpo nos habla de que algo no va bien en nuestro organismo, el sufrimiento en la sociedad también nos indica la presencia del mal actuando.

Cuando la sensación de que la presencia del mal es realidad cotidiana, presente en todos lados, de distintas maneras, un día brota espontánea la pregunta  ¿y esto cómo sigue funcionando?

Es como una casa que en todos sus sistemas tiene fallas, cuarteaduras, corto circuitos, goteras,.y naturalmente se le vendría a la cabeza a uno la pregunta ¿por qué no se ha caído? ¿cuánto más va a resistir?

Hace muchos años el inspirador de esta reflexión leyó un dicho que decía así:

«El bien no hace ruido y el ruido no hace bien».

En ese momento se concentró en la segunda parte,

«El ruido no hace bien».

Pensaba entonces en virtudes como la discreción, el no protagonismo, la modestia. Sin embargo, poco a poco reflexionó más sobre la primera parte:

«El bien no hace ruido»

La contraparte de no hacer ruido es si hacerlo. Eso seria lo primero que brinca de todas esas noticias, el ruido.

Nuestro interior pierde sosiego, queda vibrando sin armonía frente a ciertos impactos. Y pensamos de momento que ese ruido es el todo. Nos impacta tanto que nos absorbe, nos capta, distrae nuestra atención

Con el bien es al revés. Ese no hace ruido. Fácilmente, por lo mismo, no lo vemos. Nos pasa desapercibido. Sobre todo cuando su silencio compite con el ruido del mal.

Sin embargo, razonando el bien debe ser al menos suficiente para contrarrestar el mal, para equilibrar el platillo de la balanza.

Si esto sigue sostenido frente a tanta señal que nos habla de su caída, de su ruina, algo que no se percibe en un primer momento lo sostiene.

El punto es ese, el bien está ahí, ¡pero no hace ruido!.

Leída la realidad desde esa perspectiva brotan entonces algunas consideraciones que entre sí se complementan.

Primero, ese bien que sostiene todo normalmente no es algún acto extraordinario. Porque la vida de la inmensa mayoría de nosotros no pasa nunca por actos extraordinarios.

Nuestra vida está hecha de la suma de muchos actos pequeños, ordinarios, grises, rutinarios, monótonos. La vida de la inmensa mayoría se da en pequeñas decisiones buenas, pequeños actos decentes, leves esfuerzos de coherencia, de autenticidad.

Esa es la pequeña corriente diaria de bien que cada uno de nosotros aporta a la gran corriente que no hace ruido pero que hace fuerte y fecunda la corriente total.

Por tanto, si esto es verdad, entonces cada uno de esos pequeños actos tiene en sí mismo una carga enorme de fecundidad. Es tal que sumado a los demás actos buenos, no solamente sostiene de pie la  creación, sino que además la impulsa a su progreso, a su plenitud y ésta, lentamente pero con seguridad, camina a ser mejor, a realizar el ideal del Evangelio, a hacer posible la llegada del Reino.

Nuestras vidas, vividas en ese esfuerzo de conversión, de que sean evangélicas, tienen en sí una carga de fecundidad que las llena de sentido, que las hace nobles, magníficas aunque a nuestros ojos sean vidas «comunes y corrientes» vividas en un esfuerzo de ser bien vividas.

Dios no asocia a la salvación solamente a los grandes entre nosotros. Nos asocia a todos cada vez que hacemos lo justo, lo correcto, lo decente.

No hay vida, por sencilla que aparezca a nuestros ojos, que no tenga esta dignidad, esta grandeza, todavía hoy escondida a nuestros ojos.

Es decir, vivimos rodeados de seres humanos grandes y dignos, más allá de su cultura o influjo o apariencia. El adulto que se esfuerza, el joven que se educa, el niño que juega, el enfermo que se vence, el que pudiendo hacer algo mal se retoma y hace el bien desapercibido, silencioso; el que ama, el que espera, el que cree, está venciendo al mal con el bien.

Valor trascendente del bien hecho ordinariamente en el simple vivir como seres humanos buenos un día y otro también.

Cuando Dios nos creó vio que todo estaba bien, especialmente nosotros los seres humanos. Y nos asignó una tarea proporcionada a nuestra verdad. El pecado y sus consecuencias parecieron en un primer momento derrumbarlo todo. Sin embargo el bien ha logrado sostenerlo, irlo llevando a su madurez y al final sabemos que triunfará.

La vida de Jesús tuvo poco de extraordinario en su acontecer diario. Más evidente todavía son los casos de la Santísima Virgen María y de su casto esposo San José. ¡Cuanto bien que no hizo ruido!.

Como seguramente no lo ha hecho tu vida o la mía. ¿Qué piensas?.

Inspirada en una reflexión propuesta por el P. Miguel Mier Maza, M. Sp. S., aparecida en la Revista La Cruz del mes de junio de 2004.

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