El Ave María

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Hasta el siglo XVI, los devotos de Nuestra Señora la saludaban así:

«Ave María, grátia plena, Dóminus tecum, benedícta tu in muliéribus, et benedíctus fructus ventris tui»

« Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»

La fórmula era una antífona litúrgica, brotada ella misma de dos frases del Evangelio: el saludo de Gabriel (Lc 1,28) y el de Isabel (Lc 1,42), a los que se añadía el nombre de María. Claro, la oración era dicha en latín, y su importancia era reconocida, tanto que Eudes de Sully, obispo de París (+1208), ordenó que todo el mundo la aprendiera, lo mismo que el Padre Nuestro.

Algunos años después, el poeta Gaultier de Coincy muestra con gracia a un campesino que se embrolla en el latín y es incapaz de ir "más allá de muliéribus". Dado que esta oración era un saludo, era recitada haciendo una inclinación, una genuflexión o postración, lo que podía terminar en una verdadera gimnasia ascética o mística: la beata Ida de Lovaina (+ hacia 1260) hacía a veces más de 1.000 genuflexiones por día, recitando cada vez el Ave María.

Parece que el nombre de Jesús fue añadido al final de la antífona por el beato Urbano IV (+ 1264). Pero en el siglo XV se sintió la necesidad de terminar el saludo con una súplica. San Bernardino de Siena dice en un sermón (antes de 1440): "No puedo dejar de añadir: Santa María, ruega por nosotros pecadores". A fines del siglo, el texto ya es más o menos tal como lo oficializó san Pío V, al introducirlo en su revisión del Breviario Romano (1568) entre las oraciones de preparación a cada hora del Oficio.

Tal como la tenemos desde hace 500 años, el Ave María es la más popular y la más evangélica también de las oraciones dirigidas a la Santísima Virgen María, Madre de Dios.

Tomada del artículo "Liturgia y Devociones Marianas" de Jean Evenou, aparecido en el  Cuaderno Phase 61 "Nuestra Devoción a la Virgen" del Centre de Pastoral Liturgica, Barcelona España 1995