ASUNCIÓN DE MARÍA, FIESTA SOLEMNE
Más
que en otras fiestas de la Virgen María, la solemnidad de la Asunción es como la
coronación de todos los demás acontecimientos de su vida: su concepción
inmaculada, su maternidad divina, su colaboración en la obra de la redención
que se manifestó sobre todo al pie de la cruz, su presencia activa en el
desarrollo de la Iglesia primitiva, etc. Pero todas ellas encuentran la
conclusión más coherente en su Asunción en cuerpo y alma al cielo, para
participar así de la gloria de su Hijo.
Para comprender este misterio glorioso de María, que celebramos el 15 de agosto, parece fundamental recordar lo que nos dice Pablo en su Primer Carta a los Corintios, donde habla propiamente de la resurrección de Cristo, con la que sin embargo, Pablo vincula, como consecuencia necesaria, nuestra propia resurrección.
« …… Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicia; luego los de Cristo en su venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad. Porque él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte»
Todo se juega en torno a Cristo. Él, como segundo Adán, recapitula en sí a la humanidad entera y le devuelve la vida que el primer Adán le había robado. Pablo habla de la vida en sentido general: la vida del espíritu, que consiste en nuestra amistad con Dios, que Cristo nos obtiene de nuevo; pero también de la vida material, que, en esta fase de experiencia histórica y como consecuencia del pecado, está continuamente amenazada por la muerte.
Sin embargo, cuando Cristo vence a la muerte en su resurrección, se realiza el triunfo definitivo de la vida, en el sentido total de que hablamos.
Y
María participa plenamente en ese triunfo de la vida sobre la muerte; triunfo
que se da primeramente en Jesús, "como primicia de los que durmieron". La
relación inseparable entre ella y su Hijo exigía de algún modo la asunción en
cuerpo y alma de María en la gloria, en la que Él se encuentra con la totalidad
de su ser, también con el cuerpo que los hombres habían destrozado en la cruz.
Esta íntima relación de María con Jesús aparece con claridad en el pasaje del evangelio de la visita de María a su prima Isabel (Lc 1, 39-56). Es un relato, con la sorpresa de ésta última por tanta dignación y la respuesta de María, expresada con tanto lirismo en el cántico del Magnificat.
Lo primero que llama la atención en el saludo de Isabel es que ella ve a María en la luz de su hijo: si la puede proclamar "bendita entre las mujeres", es porque en primer lugar es bendito el fruto de su vientre. Todo lo que Ella es le viene por Él, y sería inconcebible si no la creyéramos sentada con su Hijo en la gloria, también con ese cuerpo, que ha sido templo del Espíritu, en el que Jesús tomó carne y sangre.
Nos alegramos con María, nuestra Madre, al celebrar esta solemnidad suya y le agradecemos a Dios que haya glorificado de tal manera a una criatura humana, como nosotros, a quien escogió para Madre de su Hijo. Le pedimos que nos lleve un día a gozar, en cuerpo y alma, de la gloria hacia la que ella, juntamente con su Hijo divino, nos muestran el camino.
Autor: CARLOS SOLTERO, S.J. aparecido en ACTUALIDAD LITÚRGICA de Julio-Agosto de 2009. Editado por BUENA PRENSA.