En
el libro “Jesús te da a María”, CONCEPCION
CABRERA DE ARMIDA
plantea cómo María va a darnos a Jesús en distintas edades y condiciones.
Ella aspiró el perfume de su doctrina, sus
ejemplos y enseñanzas divinas y recibió todo el amor de su Hijo.
Extraemos algunos aspectos incluidos en el citado libro
relacionados con
LA
ASCENSIÓN DEL SEÑOR, en
la cual Conchita imagina que Nuestra Santísima Madre relataría lo siguiente:
“....Y
un día, reuniéndonos a todos en Jerusalén, comiendo por última vez con sus
discípulos, y ofreciendo enviarles
al
Espíritu Santo, tomamos todos el camino
de Betania, subimos al monte de los Olivos,
y ahí, me inculcó valor y fortaleza para que
no muriera de la pena por su ausencia en los años que me quedaban de vida.
Entre
las últimas palabras que entonces dijo Jesús estuvieron
estas: «A
ustedes
no les toca conocer el tiempo y el momento
que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibirán la fuerza
del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y
serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria,
y hasta los confines de la tierra».
Y
callaron sus labios; se detuvo en la cumbre del
monte, y levantando sus manos, y poniendo en Mí
sus ojos con una mirada de amor, de paz y filial ternura, que llegó hasta lo intimo de mi corazón,
nos bendijo, levantándose suavemente
de la tierra por su propia virtud y
alejándose subía más y más
al
cielo.
Todos
maravillados y extasiados no quitaban sus
ojos de Él,
cuando
una nube vino a interponerse,
robándoles su vista; pero dicha nube,
ni se disolvía, ni pasaba (tal vez siendo como figura
del Espíritu Santo),
aparecieron entonces
a
nuestro lado dos ángeles que dijeron: «Galileos,
¿qué están haciendo mirando al cielo? Este
Jesús que ha subido al cielo ha de venir del mismo
modo que le han visto subir a él»'
Vi
a Jesús en los eternos abismos de la belleza y
beatitud de la gloria. Vi aquel Cuerpo bendito unido
al Verbo glorificado de tal manera, que resplandecía
con una refulgencia celestial, entre las
otras dos Divinas Personas. El Verbo se hizo carne, y por eso la carne fue glorificada en Jesús, y
lo será en sus santos en el ultimo día.
En
esto se goza eternamente la Trinidad Santísima,
y no existe dicha más pura, santa, bella,
deleitable,
armoniosa, concentrada y espléndida
que este eterno éxtasis de la Trinidad.
Pues
ahí esta Jesús, en aquel mar de perfecciones,
unido hipostáticamente al Verbo
divino que se hizo carne, ahí lo tienes en aquel océano
de felicidad al que apenas he asomado. Míralo,
es el que nació pobrecito en Belén, el que huyó
desterrado a Egipto, el que vivió escondido en
Nazaret, se humilló en el Jordán, predicó sin cansancio
y el que llevó una vida toda de inmolación
y de sacrificio hasta morir en una Cruz.
Él
no lo olvida; tiene a la vista sus llagas, tiene
partido el corazón y tu nombre escrito en él, tiene tu alma unida a la suya, me tiene ahora a
Mí a su lado, que le pido constantemente tu salvación.
Acércate
a Jesús a quien le debes infinitos favores
que conoces, y otros que no conoces, y adóralo
glorificado.
Yo
volví del monte de la Ascensión
llevando en mi alma los misterios, obras
y doctrina que encomendó Jesús para participar en la fundación
de su Iglesia.
Pasé
del regocijo y del éxtasis, a la amargura de la
vida separada de Jesús, del cielo a la tierra, y fueron estos años el más
duro de los sacrificios. Sentí caer en mi
alma otra vez todo el peso de la desolación
y soledad, pero era feliz haciendo la voluntad
divina, y era dichosa sacrificándome por las
almas. Cierto que el dolor iba a ser mi alimento
cotidiano; pero también era cierto que iba
a mostrarte que era tu Madre.
Más
que nunca entonces procuré ser humilde, más
que nunca fui la esclava del Señor y de los suyos,
buscando el olvido y el anonadamiento. Así esperaba
la Madre del Amor Hermoso y de la Santa
Esperanza; tu Madre, hijo mío, aquella voz del
Amado.
Ésta
por fin llegó, me dijo un día: «Levántate,
date prisa, amada mía,
paloma mía,
hermosa mía. Ven
a gozar eternamente,
ven para ceñir tu frente inmaculada con la triple corona de Virgen, de
Madre y de Mártir, con la diadema única,
premio de tus dolores. Ya
pasó el
invierno, han
concluido las
fatigas y aflicciones, levántate y ven».
¡Hijo
mío!, esto mismo deseo para ti. Prométeme
no olvidar mis consejos, y amar a Jesús
y recordarlo todos los días de tu vida. Mira cómo
me he empeñado en presentártelo de diferentes
modos; mira cómo mi corazón solo quiere
tu bien. Sufre hoy, para gozar mañana entre
mis maternales brazos. Aquí esta Jesús; desde
el cielo te lo entrego. Es el mismo que pasó por el mundo y que tanto te ama y desea traerte a
nuestro lado.”
Concepción
Cabrera de Armida fue:
Una mujer mexicana ejemplar, esposa, madre de nueve hijos y apóstol seglar.
500,000 ejemplares de sus libros anónimos se distribuyeron en Europa
y América durante. su
vida.
SER UN REFLEJO DE MARÍA, fue
la vocación de Concepción Cabrera de Armida. Con sus sentimientos de mujer
y de madre intuye el misterio de Jesús desde María.
En el año de 1913
Conchita peregrina por Tierra Santa. Con esas vivencias contempla
a María en esos lugares que describe, y desde Ella nos
entrega el misterio de Jesús.
Es lo que plasma en su libro
“Jesús te da a María”
que escribe en 1916 en forma anónima.
Se
difunden en vida de ella seis ediciones de más de
20,000 ejemplares, en España y América Latina.
Nació en San Luis Potosí, el 8
de diciembre de 1862 y murió en México, D.
F., el 3 de marzo de 1937. Su Causa
de Beatificación está muy adelantada.