APRENDE A DESCONECTARTE

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En el ejercicio del Sacramento de la Reconciliación, encontré un "nuevo tipo de pecado" con unos jóvenes de una escuela: «He CHATEADO demasiado». En correspondencia yo inventé una nueva "penitencia" del estilo: «Vas a "chatear" solo media hora la siguiente semana, para aprender a dominarte y no perder tanto tiempo....». Este recuerdo dio lugar a la siguiente reflexión:

Nuestra era electrónica nos ha abierto. mil y una posibilidades de comunicación, no solo a nivel profesional para unos cuantos, sino a nivel de casi cualquier persona.

Al inicio fue el TELÉFONO: era un lujo para la oficina solamente; después se abrió la posibilidad de tenerlo en casa, con una infraestructura muy aparatosa de cableado, postes y excavaciones. Ahora, en relación al teléfono, la variedad y posibilidad, nos han abierto a la "comunicación total", porque de monoforme pasó a multiforme: a la vez recibe, envía, graba, guarda, puede aceptar varios interlocutores. Además puede ser fijo, inalámbrico o móvil-celular, con cámara fotográfica o no, sonoro de mil tonos o vibratorio, con juegos o sin ellos.

Podemos también recorrer el itinerario de tecnología maravillosa de la TELEVISIÓN y sus canales que pueden abrirse a todo género de programas (noticiarios, diversión, cultura, deportes, cine etc.), las variantes de video y DVD, piratas o no.

Con la RADIO sucede algo similar: nos cautiva el abanico de sus programas interactivos y de aparatos de todos los tamaños, en casa, en el automóvil, con bocinas o con auriculares. Los CD con su capacidad nos pueden brindar música seleccionada por nosotros las veinticuatro horas, si queremos.

Si abordamos el mundo de la COMPUTADORA esta verdad nos aparece más evidente. Sus programas admirables han progresado pasando de enormes aparatos,  a los que caben en la palma de la mano (Palm). En el horizonte del Internet y la triple w, sus alcances de captación y transmisión, en combinación satelital, son literalmente mundiales.

Destaquemos todo lo que podemos manejar en un rincón de nuestra casa u oficina: como máquina de escribir, como libreta contable, como correo inmediato, como fax activo o pasivo, como calculadora profesional, como maqueta arquitectónica, taller fotográfico... para acabar pronto: todas las artes pueden pasar por su pantalla con los programas adecuados, siempre mejorados. Dejo de lado todo lo respectivo a TRANSPORTES, especialmente aéreos y sus velocidades que en igual numero de horas nos ponen en Acapulco por carretera o en Nueva York por aire.

Con razón se nos ha calificado como cultura «conectada». Como todo medio, cuando deja de pasar por la razón y se convierte en fin absoluto, nos hace tanto daño, cuanto más "normal" nos parece,

En nuestro caso se puede vivir «conectado» las veinticuatro horas, hay quien duerme enchufado a su música durante el sueño.

¡0h paradoja! Lo que puede servirnos para lograr una comunicación extraordinaria en la familia, en la sociedad, entre todos los continentes, razas, religiones y ciencias, se convierte en un real individualismo que se cierra con murallas electrónicas a los cercanos, en el afán de abrirse a los lejanos. ¿No somos testigos todos del aislamiento en una familia por acaparar alguno el televisor, o peor aun, por concentrarse en la propia habitación para ver cada quien lo que se le pegue la gana? ¿No nos desespera el que trae sus audífonos escuchando su música, y nos grita "¡que!" cuando pretendemos hablarle? ¿No es insoportable el variado timbre de celulares y la voz alta de respuesta en restaurantes, reuniones familiares o eventos de cualquier índole, incluyendo conciertos y misas?

Estamos expuestos, ante todo, a la adicción de "no poder vivir ya sin....". Estamos sufriendo también el síndrome del ruido total, y esto a tal grado que cuando no lo sentimos, pensamos que entramos en una crisis de soledad existencial y sin sentido de la vida.

A nivel de adicción «conectados», estamos expuestos a perder contacto con nosotros mismos, porque somos sustituidos por los programas periféricos de los otros, que además la gran mayoría produce por la ambición del comercio, y no por el cultivo de los mejores valores de la humanidad. Ya hay terapias para afrontar las consecuencias de estos excesos, expresamente para los «televirtuales» que se aíslan totalmente de su entorno vital, familiar, estudiantil, por vivir conectados a realidades "virtuales" traídas a sus pantallas de todas partes del mundo.

Si echamos una mirada a la dimensión religiosa ceremonias de sacramentos, por ejemplo, el mundo "conectado" nos tiene tan condicionados, que si no hay ruido y acción tipo "show", calificamos de "aburridos" los mejores ritos, destinados en su mística a propiciar el silencio para escuchar la brisa de Dios; aquella descubrió Elías en el desierto, según la Biblia.

¡Cada vez más nos pesa el silencio, el retiro, la oración de simple mirada, la meditación personal, no "bajada" de Internet!

Considerando únicamente nuestro cuerpo con relación al vivir "conectados" hasta el exceso, especialmente si de por medio está el trabajo y su deseo de superación, esto es el vivir conectado para superar la producción,

Aprender a "desconectarse" significa salud. Se trata de bajar las dosis de carga emotiva que produce el vivir "conectado" por cuestión de la profesión, por cuestiones familiares, por cuestiones de entretenimiento. Dejaríamos así de someter a los sentidos, especialmente al oído y a la vista, lo que daría espacio de recuperación nerviosa.

Decía el psicólogo Steven Poolmans, especialista en estrés, a un paciente. «El “mail” sirve para pasar la culpa o la responsabilidad; hay que vigilarlo porque se puede esperar cualquier cosa". Recomendaba apagar programas que avisan sobre correos nuevos; reducir los "chat" a tiempos limitados; apagar el celular con horario buscado. El resultado de no hacerlo es bajar en definitiva tu rendimiento; el resultado de hacerlo es disfrutar mejor tu energía.

Suponiendo, con justicia, que el cuerpo condiciona en buena medida nuestros sentimientos (tristeza, alegría, enfado, esperanza), saber «desconectarse» es favorecer una paz sicológica, que ayude a recibir la paz espiritual que Jesús nos ofrece en el Evangelio: "La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo" (Jn 14, 27).

Él no hablaba de nuestros aparatos electrónicos, pero sí del "Príncipe de este mundo" que, antes y ahora, pretende apartarnos lo más posible de Dios. ¡No le demos pie al diablo, pues busca desgastarnos para las emociones profundas, quiere que caigamos en la apatía, y que al final le echemos la culpa a nuestro Creador de estos males tan nuestros!

Evidentemente que no se trata aquí de “satanizar” los maravillosos medios de comunicación masiva y personal. De lo que se trata es de dominarlos y no dejar que nos dominen. Podemos estar atentos para que no respondamos automáticamente a cualquier estimulo visual o auditivo, y más si tiene fines comerciales, cuando pasamos a ser instrumentos de ganancias y no servidos en las «necesidades», que ellos buscan crearnos superficialmente.

En palabras más llanas: aprendamos el nuevo arte de "desconectarnos" de la fascinación de los estímulos televisivos, radiofónicos, celulares, computarizados y discográficos, para poder recuperar la salud para nuestro sistema nervioso, serenidad para nuestra sicología humana, y paz profunda que Dios Padre nos ofrece, si lo escuchamos con todo el corazón. Así podremos convertir la comunicación aislante en comunión fraterna, hecha de amor a la verdad y verdad en el amor.

¿Por qué no experimentas una práctica novedosa? Organízate un "día de desierto". En un lugar apartado pásate el día "desconectado" de aparatos y "conectado" con la naturaleza, sin buscar utilidad alguna: simplemente "estar ahí". Verás cómo brota de ese silencio la voz de tu conciencia (¿por eso le tendremos miedo?), la brisa del Creador que te envuelve como hijo o hija muy amados, el palpitar maravilloso de tu corazón sentido y escuchado, el respirar cadencioso que te invita a dormitar y despertar más lúcido. Y ya, al final del día, corre a tu computadora y aconseja a tus mejores amigos que "se desconecten de vez en cuando, para tener una salud integral".

Cuando participas en unos Ejercicios Espirituales bajo el método ignaciano, es precisamente lo que haces, te das un espacio, te alejas de todo, pero con un fin específico de gran trascendencia, ¡escuchar a tu Creador!.

Inspirado en el uno de los últimos artículos de R. P. Ismael Gómez Gordillo, M. Sp. S., quien acaba de fallecer. Él escribía en la Revista de “La Cruz”,  últimamente sus temas se enfocaban a cuestiones relacionadas con la salud de nuestro cuerpo, pues nos recordaba que somos “Templos del Espíritu Santo” y  seres semejantes al Verbo Encarnado.