A ver que les parece esta disertación incluida en un libro con cerca de 120 años, el cual forma parte del acervo de la Casa de Ejercicios de “San José”, auspiciada por nuestras Congregaciones.
DEL
APRECIO Y
DESEO
DE LAS COSAS ESPIRITUALES
Preciosidad
y belleza de los bienes espirituales.
Cuál
debe ser la sinceridad y viveza de nuestros deseos por
adquirirlos.
«Deseé
la inteligencia
y
me
fue concedida: invoqué
del Señor el espíritu de sabiduría, y se me dio; y
la preferí a los reinos y tronos; y en su comparación tuve
por nada las riquezas; ni comparé con ella las piedras
preciosas:
porque
todo el oro respecto de ella, no es
más que menuda arena, y a su vista, la plata será tenida
por lodo»
(Sab
7, 7-9).
Así
estimaba y deseaba Salomón la
sabiduría,
y así ha de ser también: nuestro aprecio y deseo
de la perfección y de todo lo que sirve para conseguirla.
En
su comparación lo demás nos ha de parecer
un poco de arena, de lodo y basura.
«Todas
las cosas
tengo por basura, decía el Apóstol, con tal que
gane a Cristo» (Fil.
3, 8).
He
aquí un gran medio para alcanzar la
perfección:
el aprecio que hagamos de ella; porque si -este
fuere
muy grande, así también será nuestro aprovechamiento;
puesto que la voluntad es potencia ciega, y sigue
lo que el entendimiento le propone; y por lo mismo, si
este le presenta la perfección cristiana como lo más amable
y excelente, la
deseará
la voluntad con toda su fuerza;
y nacerán de tal deseo, las grandes resoluciones
de dejar el pecado, el poner en práctica los medios más
oportunos para seguir el camino del Señor,
y continuar en él, llenos de
diligencia y alegría.
Somos
negociadores del reino de los cielos, y como
la grandeza de-los
bienes que encierra es la mayor que
podemos concebir, y su excelencia con nada es comparable,
debemos estimarlos sobre todos los bienes de la
tierra. La tierra con
todos
sus
encantos
y
bellezas
debe ser para nosotros, cuando
vemos el cielo, como triste
páramo donde sólo tenemos que llorar.
Para
David
era un desierto sin agua y sin camino; en cambio, para
el gran
Ignacio de Loyola, una mansión de dolor.
Tengamos,
pues, en nuestro corazón, un aprecio muy
grande a los bienes espirituales; y para
que
veamos
hasta dónde debe
levantarse
semejante aprecio, recordemos
lo que Nuestro Señor Jesucristo
contestó a sus
discípulos cuando volvían de su misión llenos
de gozo:
«Señor,
le dijeron,;
hasta
los demonios; se nos sujetan
por la virtud de tu nombre. En esto no os gocéis,,
les
dijo
Jesús, porque los espíritus os están sujetos;
antes
gozaos porque vuestros nombres están escritos en
el
reino
de los cielos»
(Luc. 10, 17-20).
En
adquirir,
y ganar
el reino de los cielos,
hemos
de poner nuestro contento
y alegría; porque de otra suerte,
no nos
aprovechará
ganar todo el mundo si perdemos nuestra alma.
La
virtud, la perfección cristiana, tengan, pues, en
nuestra
estimación un lugar preferente a todos los intereses
y bienes de este mundo, y por lo mismo, nunca dejemos
nuestros ejercicios espirituales, como que su práctica
es la que nos conserva y adelanta
en
la santidad; y si alguna
vez llegamos a omitirlos, la gran voluntad que tenemos
de servir a Dios, háganos suplir de algún modo
aquella triste omisión, que de esta suerte no nos dañará.
¡Oh
mi amable y buen Jesús en quien están todos los
tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios, disipad
las tinieblas de mi alma; mostradme la preciosidad
y la hermosura de los bienes espirituales; y haced que
los
estime en toda su importancia.
Debemos
apreciar en gran manera la -virtud
y perfección
cristiana; pero esto no es todo: es también indispensable
desearlas vivamente. Bienaventurados
los
que tienen hambre y
sed
de justicia porque ellos
serán
hartos: esto es, de la virtud y perfección. No basta
cualquier deseo, sino que es necesario que éste sea
tan grande, que llegue a producir el hambre y la sed
espiritual, de tal suerte, que podamos decir con David:
«De
la manera que el ciervo herido y acosado de
los cazadores, desea las fuentes de las aguas, así mi alma
te
desea
a Ti, Dios
mío»
(Sal.
42(41), 2).
Extractado
de libro “Ejercicio de perfección y virtudes cristianas” por el
Venerable Padre Alonso Rodríguez, Compendio del R. P. Fray José M.
De Portugal, de Imprenta Mariana, Guadalajara, España
1885.