Ante la INCERTIDUMBRE; la fe confiada

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¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rom 8,35)

La incertidumbre es intensamente humana, somos criaturas, somos hijos de Dios, no somos Dios. Situaciones como las que estamos viviendo ahora: crisis económica, espiral de violencia, realidad social y política incierta y llena de corrupción, epidemias, etc., nos hace experimentar una incertidumbre que nos llena de escepticismo, temor, desconfianza, desesperanza, impotencia y hasta cierto individualismo egoísta "cada quien se tiene que rascar con sus propias uñas".

Pero por otro lado también la fe, la confianza, la esperanza, el amor servicial, la generosidad, la acción fecunda y creativa son experiencias intrínsecamente humanas, que vivimos con hondura y frutos abundantes. Me atrevo a decir que estos elementos son intrínsecos del ser humano. Dios nos hizo con un gran potencial. Estamos creados para vivir plenamente Jn 10,10).

En cambio la incertidumbre es, junto con sus consecuencias, algo aprendido, no forma parte integral de lo que somos las mujeres y los hombres. Sentir incertidumbre puede ser modificado desde nuestras potencialidades.

Pongo un ejemplo sencillo: cuando yo era niño vivía en la zona conurbada del Distrito Federal en donde suele temblar. En una ocasión tembló por la mañana, mi mamá llegó al cuarto donde dormíamos mi hermano y yo, entró tranquila y así nos pidió que saliéramos al patio. Ahora de adulto, cuando tiembla, reacciono así, tranquilo, sereno. Es decir aprendí a reaccionar como mi mamá lo hacía. Yo puedo reaccionar ante la crisis económica, ante la enfermedad, ante cualquier situación de dolor, dificultad, etc. con una incertidumbre que me aplaste o puedo responder con fe, esperanza y amor.

No quiero entrar a una discusión filosófica o antropológica de lo que es el ser humano, simplemente quiero compartir mi experiencia y la de otros en relación a la incertidumbre. Y especialmente lo que San Ignacio de Loyola aporta a esta experiencia para vivirla de manera más constructiva y con más sentido.

Jesús es claro y determinante, si creemos, si confiamos podremos enfrentar cualquier cosa. En el evangelio de San Juan lo expresa con fuerza: "Les aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores..." (14,12) Y esta no es una condición legalista sino vital, es decir, no se trata de una ley o norma externa para cumplirla al pie de la letra, sino de una fuerza vital que surge desde lo más profundo de nuestro ser, de tal manera que al hacerlo estamos realizándonos como auténticos hijos de Dios.

Una fe confiada que se basa en la resurrección de Jesús no es una fe ingenua que ignore lo difícil y conflictivo de la vida, más bien es una fe que es consciente y realista

"...Nos acosan por todas partes, pero no estamos aplastados; nos en­contramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos aniquilan"         (2 Cor, 7-9)

Una espiritualidad cristiana madura, auténtica nunca evitará la realidad, más bien la enfrentará y vivirá desde la fe en el Dios de la vida, el Dios que es fuente de agua viva Jn 4,10)

Por su parte, San Ignacio de Loyola no se caracterizó nunca por un providencialismo irresponsable. No esperaba que todo cayera del cielo, como si la responsabilidad en todas las situaciones fuera sólo de Dios. Para Ignacio la persona que pretende ser seguidor de Cristo es alguien que ora, discierne y se hace responsable de su propia vida. Ignacio es un hombre de profunda fe en Dios y en su amor. Es precisamente esta experiencia de fe la que lo impulsó a cambiar su vida radicalmente.

Ignacio fue un hombre que confiaba totalmente en Dios, pero que no eludía su responsabilidad, la frase que más retrata esta característica de Ignacio es "hacer las cosas como si sólo dependieran de mí, y esperar el fruto como si sólo dependiera de Dios"

Basada en un artículo del P. Jesús Acosta, S. J.