ÁNGELES CUSTODIOS
Los ángeles -criaturas puramente espirituales y dotadas de inteligencia y voluntad- son servidores mensajeros de Dios. «Contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Son «poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103,20). Dios les confía el encargo de proteger a la humanidad.
El pueblo de Dios ha sentido siempre espontáneamente la exigencia de corresponder a su silenciosa y benévola compañía honrándoles de una manera especial. La celebración del día 2 de octubre, dedicada a ellos, entró en el calendario romano en el año 1615.
Pocas
verdades de la religión producen tanto alivio como ésta, humanísima, del ángel
custodio, una alegre invención de Dios. Y el saber que lo tiene muy cerca el rey
cuando escribe la ley, sentado en el trono de oro, y que lo tiene el más humilde
sentado en la piedra del cementerio para comer el pan de la caridad, es cosa que
ennoblece la vida y la exalta.
La poesía pagana apenas lo ha entrevisto. La literatura hebrea está llena de mensajeros alados, y sus páginas se estremecen de escalofríos luminosos. La teología cristiana, que es la profundización de aquélla, es toda ella un fresco estremecido.
Nadie sabe los aspectos que puede tomar su ángel custodio según los tiempos y las necesidades de su vida. Entras en un camino solitario y un tipo te acompaña y hace el camino contigo, intercambiando palabras con aire familiar. Tal vez sea él tu ángel, que, tomando forma humana, quiere hacerte compañía...
No
todos los aleteos que oyes a lo largo de las filas o bajo el alero de casa son
pajarillos y palomas; y el murmullo que te agita en ciertos momentos imprevistos
no es siempre el viento que tienes delante. En la divina economía del bien en
que está establecido el mundo, hemos de esperarnos siempre que sea ésa la
revelación sensible del alado asistente.
Como la experimenté yo mismo una vez, al caer la noche, en el umbral de una vieja abadía, al oír cantar por aquellos monjes graves el oficio de completas; y oí al padre prior recitando la oración final, que es un himno a los ángeles:
«Visita, Señor, esta habitación y ahuyenta de ella todas las asechanzas del enemigo. Estén aquí tus santos ángeles, que nos guarden en paz».
En ese momento, bao el toque de la última campana, me pareció ver muchos ángeles que, saliendo de lo alto, se recogían en todas las familias como la última bendición de la jornada.
Y vuelto a mi habitación desnuda como una celda, al cerrar la puerta y entornar los postigos, me estremecí por la alegría que me proporcionaba saber, casi ver, que había un ángel encerrado todo para mí
Autor: C. Angelini, Obra: «Discorso con l'angelo custode», en Ritorno degli angeli, Vicenza 1988.