AMIGA DE DIOS

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La tradición de judíos, musulmanes y cristianos ha llamado a Abrahán el amigo de Dios, venerándole de un modo especial como el creyente. Pues bien, el camino de Abrahán, patriarca antiguo, ha culminado, conforme al evangelio, en la persona de María, la madre de Jesús, quien aparece de un modo ejemplar como amiga de Dios y creyente.

Mujer de fe ha sido María, como afirma su prima Isabel. Es también mujer de amor, persona en quien se cumple la palabra de Jesús: no os llamo siervos sino amigos, porque yo os he dicho todo lo que el Padre me ha manifestado (Jn 15,15). Por eso el ángel le ha llamado amada de Dios o agraciada (Lc 1,28).

Esto es ser amigos: dialogar de corazón, compartir lo más secreto. El misterio de amistad de Dios y de María ratifica el diálogo fundante de la redención, con las palabras del ángel que le anuncia su maternidad, con las palabras de María que responde fiat, hágase.

Diálogo es Dios, misterio de comunicación y trasparencia del Padre con el Hijo en el Espíritu: totalmente se ha entregado el Padre al Hijo, nada deja para sí, nada reserva para poseerlo en exclusiva; todo lo recibe el Hijo, nada tiene que no sea don del Padre. Comparten de esa forma el mismo amor, dialogan en la mutua y más profunda trasparencia del Espíritu.

Diálogo ha querido ser Dios con los humanos. Ha creado cielo y tierra, las estrellas y los mares, pero no ha quedado satisfecho, pues no responden de manera personal, ellos no le aman. Sólo cuando crea al ser humano queda satisfecho, porque hay alguien que puede dialogar con él y responderle.

Pero el ser humano no ha querido responder en plenitud, se ha encerrado en sí mismo, ha preferido prescindir de Dios, como observamos en el texto del pecado original. Esto es el pecado: falta de comunicación con Dios, diálogo quebrado, egoísmo del hombre que prefiere realizar su vida a solas y, al hacerlo, cae en manos de su propia violencia y de su muerte.

Pues bien, Dios ha impedido que los hombres queden de esa forma condenados a la muerte; no ha querido dejarles alejados de su más hondo misterio de diálogo en amor.

Por eso, en medio del pecado, les revela su palabra, es decir, su amistad y comunicación a través de los profetas, en una historia larga de manifestación de Dios y de despliegue humano.

Entre los israelitas destacan algunas figuras especiales: los patriarcas o trasmisores de fe (como Abrahán) y los profetas o mensajeros de la palabra de Dios (como Isaías o Jeremías). Pues bien, en la línea de esos patriarcas y profetas, como mujer que ha estado atenta a la palabra de Dios, encontramos a María, Hija Sión, galilea verdadera a quien el ángel de la anunciación ha saludado diciéndole Querida (kekharitómené: Lc 1,28), en palabra de amistad que la liturgia traduce como llena de gracia.

La grandeza de María no consiste en poseer saberes y valores especiales que ella sola ha podido recibir o cultivar. No ha destacado en música o en arte, en filosofía o dotes de organización; o por lo menos no nos consta que lo hiciera. Lo que de ella recordamos, lo que en verdad nos interesa es que Dios la ha amado y ella se ha dejado amar, ha creído: ha escuchado la palabra de Dios y ha respondido en gesto amante (Lc 1,45).

En nombre de su pueblo (y de todos los humanos) ha escuchado a Dios; en nombre de todos ha atendido, en un diálogo en que estaban implicados alma y cuerpo, voluntad y sentimiento. Por eso, lo que ella ha concebido, lo que nace de su encuentro religioso, no es un bello pensamiento, ni un deseo de Dios sino la vida del mismo Hijo divino, su palabra encarnada en el mundo.

Hemos dicho que Dios es diálogo y quiere dialogar con los humanos. Para hacerlo plenamente debe introducirse en su historia y así hablarles desde dentro de su misma vida humana y no por fuera. Siendo lo que él es (santidad y gracia), Dios no se puede imponer sobre los hombres por la fuerza, como dicen que lo hacía el Dios de otras culturas.

Dios no dialoga con un pueblo en cuanto colectivo sino con personas, es decir, con individuos. Sólo las personas, insertas en un espacio de comunicación pueden escucharle y responderle. Por eso, para llegar al culmen de su diálogo, Dios debe escoger a una persona que, siendo individual y muy concreta, pueda hablar por todos ellos. Esta persona ha sido María.

Para dialogar con Dios, ella ha debido cumplir unas condiciones muy concretas:

·          Debe ser libre, dueña de sí misma, capaz de escuchar y responder a Dios de un modo claro, sin inhibiciones, mentiras o pecados. Para ello ha de volverse trasparente (con la ayuda de Dios): saber lo que quiere y quererlo de verdad, expresando así la hondura fascinante de lo humano. Allí donde uno dice desde el mundo su deseo más profundo y creador hallamos a María.

·          Debe hallarse inserta en una comunidad. No habla sólo de sí misma sino en nombre de su pueblo israelita y de todos los humanos. Ella sabe lo que quieren sus hermanos; en su vida abierta a Dios se explicita el anhelo de los pueblos. Así dice a Dios lo que todos queremos decirle.

·          Finalmente, debe compartir y comparte un mismo deseo con Dios. Ambos quieren lo mismo, ambos recorren un mismo camino y anhelan un mismo futuro de vida: quieren un hijo o mejor dicho, el Hijo. Sólo en este lugar donde el deseo humano y divino se identifican puede hablarse de María.

Asumiendo el deseo del conjunto de la humanidad, María puede compartir y comparte un mismo deseo con Dios, de tal manera que ambos se vinculan en su realización. Este deseo compartido de María y Dios se puede expresar de muchas formas: es amor, despliegue dual de la vida, comunicación y mutuo encuentro; es camino de futuro, don abierto al desarrollo pleno de la vida; es fuente de autenticidad, vida feliz en clave de alegría y de confianza.

Este deseo compartido de Dios y María culmina en el nacimiento del Hijo. Ambos pueden vincularse y se vinculan porque, cada uno a su nivel, quieren darse uno al otro, en libertad y comunión, para que surja la vida compartida de su entraña. Este es el misterio: ambos se unen en un mismo deseo.

Por otro lado, Dios es Padre y como tal engendra en su misma eternidad al Hijo. La novedad está en que ahora quiere suscitarlo en nuestro tiempo y para ello necesita la colaboración de los humanos.

María es mujer israelita y como tal espera un hijo que pueda ser mesías. Lo quiere superando el nivel de nacimiento normal de este mundo y por eso dice al ángel no conozco varón. Por eso la encontramos dialogando con Dios a nivel de donación de vida.

El diálogo del Padre Dios y de la madre María es completo. Dios quiere engendrar en forma humana a su mismo Hijo divino. Por su parte, María, renunciando en un nivel al hijo, viene a expresar en forma humana el deseo más profundo (de Hijo) de Dios y de la historia de los hombres. Por eso la podemos llamar con toda razón Amiga de Dios.

En diálogo de amor se han encontrado Dios y María, uno como Padre en plano eterno, la otra como madre en un nivel de historia. Parecen distintos los deseos y, sin embargo, en un nivel profundo ambos coinciden. Cada uno busca el bien del otro (Dios el de María; María el de Dios) y se vinculan queriendo el mismo hijo y don de vida para el conjunto de la humanidad.

Basada en el libro “La Amiga de Dios. Mensaje Mariano del Nuevo Testamento” de Xavier Picaza. Editorial San Pablo . Madrid 1996.