AMAR AL ENEMIGO
Para
amar a los que nos aman, para saludar a los que nos saludan, no tenemos
necesidad de creer en ninguna religión. No tenemos necesidad de poner a Dios en
medio. Es algo que hacen todos. Es «humano».
Precisamente porque el amor a los enemigos es tan «poco humano», precisamente porque supera las expectativas del hombre «normal», precisamente por eso, muestra, como ninguna otra exigencia del Nuevo Testamento, que aquí tenemos delante no algo humano, sino, en un sentido más profundo, algo divino. Se trata de algo que se encuentra también en las restantes antítesis del sermón de la montaña, pero que aquí -en la antítesis del amor al enemigo- podemos captar del mejor modo posible: la soberanía de Dios, el Reino de Dios.
No es que con el amor a los enemigos consigamos realizar el Reino de Dios. En efecto, con nuestras fuerzas no somos capaces de amar al enemigo. Es un «regalo» de la soberanía de Dios, antes de cualquier iniciativa nuestra, que nos libera y nos hace capaces de amar al enemigo.
Ahora
bien, si la soberanía de Dios nos libera para que amemos al enemigo, para que le
amemos de verdad, con todo lo que esto significa y comporta, entonces resulta
verdaderamente claro que la soberanía de Dios ha irrumpido en efecto entre
nosotros, entonces resulta claro lo que significa de verdad la soberanía de
Dios, entonces resulta caro qué comporta ser hijos e hijas de aquél a quien
llamamos, y es, nuestro Padre celestial y nuestra Madre celestial.
Amen a sus enemigos, juéguense el todo por el todo, ámense con corazón indiviso, trátetense con amor creativo.
Autor: H. J. Venetz, Obra: “II discorso Bella montagna”, Brescia 1990.