¿Amar a «todos»?

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«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos»            Mateo  5, 43 – 45

No es difícil conmoverse con ese grito indignado del padre que ha perdido a su hija sin perderla, sin saber nada de ella hace más de un año y sin encontrar respuesta a su desolada petición de ayuda. Podemos compartir fácilmente su dolor precisamente porque es suyo, no nuestro. Angustiado con la posibilidad de ser yo mismo protagonista de un drama semejante, sólo logro imaginarlo de lejos.

Ante tanta violencia, muerte e impunidad, necesitamos anestesiar la conciencia para seguir llevando la vida dizque normal.

Porque de alguna manera todos somos víctimas, podemos hacernos eco del sentimiento de quienes ocupan el centro de esa terrible espiral, viviendo sin vivir. Sumamos nuestra voz al clamor por la justicia, que cada día más pide «ojo por ojo» y «diente por diente», al estilo del Antiguo Testamento.

Nos tienta la oferta de algunos políticos que quieren vendernos la pena de muerte igual que caminos, empleos, hospitales o escuelas...

Mucho más difícil es asumir que todas esas personas, quienes secuestran, asesinan y decapitan, son también hermanos nuestros. Cuando mis enemigos son sólo sombras lejanas, puedo recitar la epístola a los Corintios. Lo he hecho emocionado en bodas, en bautizos, en ceremonias fúnebres. Pero, ¿cómo puedo amar a un hermano que es pedófilo, secuestrador, violador, asesino, narcotraficante o sicario? ¿Cómo se ama a quien secuestró a una hija, asesinó a un padre o corrompió a un niño?

¿Cómo amar a ese hombre o a esa mujer cuyo rostro e historia aparecen en los periódicos y en la televisión como modelo de maldad? Mucho más sencillo y fácil es atarle al cuello la rueda de molino, y asunto concluido en el fondo del mar, con otra cita bíblica.

La verdad es que la exigencia del amor es otra, sin duda alguna. Su lógica no es la del «ojo por ojo» y «diente por diente» pues el amor, aunque opuesto a la injusticia, no conoce la venganza. Reclama una fraternidad incondicional y ante una convocatoria de ese tamaño, el pensamiento se nubla y tiembla la voluntad.

En nuestro México desmadejado y dolido aspiramos apenas al fin de la impunidad. Pero no logramos levantar los ojos para mirarnos a todos como hermanos y preguntarnos, franca y honestamente, sobre lo que estamos haciendo y estamos dejando de hacer, para que esa hermandad se exprese en una convivencia donde nadie sea excluido.

Otra violencia se esconde, sorda y callada, tras esa que forma parte del espectáculo televisivo. Y parece conveniente que así sea, para poder ejercerla todos los días haciendo como que no nos damos cuenta en la casa, en la escuela, en la calle, en la oficina y la fabrica, en el campo. La violencia permanente en nuestras relaciones con los demás, con los animales, con la naturaleza. Junto con aquel padre violentamente ofendido, exijo justicia al poder. Pero quiero empezar por ejercer mi propio poder personal, aprendiendo a amar. ¿Cómo se ama a quien nos causa daño? ¿Cómo se ama a los violentos?

Inspirado en la columna “Mirar con el corazón” de Luís Mariano Acévez, aparecido en el número 27 de la Revista Mirada.