ALCANCES DE LA TRASCENDENCIA DE LA VIDA

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El evangelio de la mañana de pascua describe la resurrección como la capacidad de ver abiertas las tumbas y de divisar la vida en el lugar de la muerte.

Se trata de una experiencia tan antigua y tan profundamente arraigada en los seres humanos, que probablemente nuestra misma conciencia, nuestra misma humanidad, nunca hubiera podido madurar y realizarse a sí misma si, al mismo tiempo, no hubiésemos desarrollado la capacidad de ver el mundo también de una manera diferente a la que lo vemos únicamente con los ojos terrenos.

Si nos consideráremos únicamente hijos de este mundo, estaríamos perdidos. Si la última palabra sobre nuestra existencia fuera que somos sólo lo que vemos, es decir, un mecanismo de breve duración, una envoltura sombría, los pocos años que estamos aquí no serían otra cosa más que un sueño fugaz, algo irreal, incomprensible, nada más que un capricho y un juego de la naturaleza.

Las primeras fórmulas interpretaron unánimemente la resurrección de Jesús como una transformación de nuestra vida ya aquí en la tierra. No es que Jesús haya fundado la fe en una prosecución de la vida o en una continuación de la existencia. Es mucho más importante el hecho de que Jesús vivió la vida contra la muerte y que no quería, ciertamente, que nosotros empezáramos a vivir sólo después de haber muerto físicamente.

Las mujeres que la mañana de pascua van al sepulcro advierten la gran cantidad de energía que emana de Jesús. Jesús tuvo dentro de Él, este poder gracias a su confianza en la vida, hasta tal punto, que la resurrección de la muerte puede empezar en este momento

Autor: E. Drewermann, Obra: “La ricchezza della vita”, Brescia 1998