AFECCIONES
DESORDENADAS
En
la anotación I del texto de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de
Loyola (EE), se define
a dichos ejercicios como “.....toda actividad que ayude a una persona a
manejar sus «afecciones
desordenadas», con miras a que liberado de su influjo, pueda buscar y hallar la
voluntad de Dios .........”
Este
término «afecciones
desordenadas», no es fácil
de precisar ni sencillo de abordar. ¿Entendemos todos lo mismo al hablar
de «afección
desordenada»? ¿Nos referimos a la misma realidad cuando, al participar
en los EE, tratamos de identificar aquellas afecciones desordenadas que impiden
o dificultan una elección? Si nos encontramos con que se malogra un proceso
espiritual cualquiera (como, por ejemplo, una vocación religiosa) ¿seria
sencillo reconocer las afecciones que están dificultando su crecimiento o
maduración vocacional?
Quizá
no seria fácil un acuerdo. Pero probablemente aun encontraríamos una mayor
dispersión de opiniones si indagáramos qué se debería hacer con una «afección
desordenada», una vez identificada. ¿Se pueden, en realidad, «quitar»
estas afecciones? ¿Son capaces los Ejercicios de ordenarlas?
Estas
y otras preguntas pueden suscitársele a cualquiera que pretenda «hacer» los
EE; porque las afecciones desordenadas y sus efectos existenciales se encuentran
una y otra vez en tales situaciones, sea de modo patente o en forma más
latente.
Se
han propuesto dos interpretaciones principales del fin de los Ejercicios: unos
autores consideran que los EE giran en torno a la elección del estado de vida,
mientras que otros consideran que su fin es preparar y disponer el alma para que
rectamente ordenada pueda «en todo amar y servir a Dios». Sin embargo, es
bastante claro que en ambas perspectivas las afecciones desordenadas están
directamente implicadas en el fin de los Ejercicios. De hecho, parecería
posible armonizar las dos tendencias.
Para
abordar el tema es útil
comprender la espiritualidad ignaciana como una espiritualidad de
continua elección; de este modo se acentúa más el aspecto existencial y
cotidiano de la elección, aplicando la dinámica de los Ejercicios a toda la
vida; esta perspectiva nos facilita una visión de los Ejercicios no sólo como
un método o casi una técnica para un periodo limitado de tiempo, sino como
verdadera espiritualidad para una vida apostólica.
En
efecto, la elección se produce una sola vez en los EE, pero constituye una
cuestión de cada día para el que vive esta espiritualidad, ya que el
ejercitante procura examinarse, enmendarse, ordenarse y discernir «para
adelante» y
así va buscando cotidianamente la voluntad de Dios; de este modo se dispone
para hallar y seguir esa voluntad divina en una dinámica que le llevará a la
unión con Dios en la oración y en la actividad: «en todo amar y servir a su
divina majestad» con todo el afecto de un corazón indiviso.
En
cualquier caso, está fuera de toda duda la importancia de las afecciones
desordenadas tanto en cualquier tipo de elección (la de estado de vida o las
cotidianas) como en la disposición de la propia vida; de ahí, la relevancia
central para el fin mismo de los Ejercicios de ese «quitar de si todas las
afecciones desordenadas».
En
otra perspectiva, se tiene la convicción de que el mundo subconsciente puede
dificultar el crecimiento espiritual del cristiano en forma realmente insidiosa.
Este convencimiento proviene de la experiencia conocida sobre respuestas
parciales o engañosas a las invitaciones del Espiritu, respuestas no
atribuibles fácilmente a un pecado deliberado ni a una fragilidad psíquica.
En
este contexto, el concepto de «afección
desordenada» puede explicar algunas de estas limitaciones espirituales,
toda vez que constituye una verdadera ventana abierta al subconsciente.
San
Ignacio parece detectar este mundo latente y lo describe en sus efectos
espirituales, así en el transcurso de los ejercicios, previene que la táctica
mas habitual del Maligno es la de tratar de engañar al que los hace, utilizando
para ello la mediación humana de su propio psiquismo, de forma que pretende
impedir una preparación idónea del terreno sobre el que «caerá
la buena semilla»;
de este modo, donde se esperaría el ciento por uno, se recoge solamente un
sesenta, un treinta o nada en absoluto (cf. Mt 13, 4-8).
Dicho
de otra manera, no es sólo el pecado libre y consciente el que impide ver y oír,
sino esta otra dimensión inadvertida que explica aquella verdad del evangelio:
«para que por mucho que miren no vean, y por mucho que oigan no entiendan...»
(Mc 4, 12).
El
esfuerzo por relacionar el concepto ignaciano de «afección
desordenada» con el inconsciente personal de la psicología profunda,
nos refiere necesariamente al marco más amplio en que ambos conceptos se
inscriben: una visión integral de la persona humana. Y ello a pesar de que no
parecería riguroso ni explicativo el poner en relación dos conceptos
pertenecientes a disciplinas aparentemente incompatibles entre sí (científica
y religiosa). A tal esfuerzo interdisciplinario nos animó el mismo concilio
Vaticano II.
Al
tratar de entender este concepto ignaciano desde una perspectiva
interdisciplinaria, en realidad estamos haciendo algo más: descubrir (o más
bien describir con otros conceptos) un tipo de influjo sobre la vida espiritual
procedente del inconsciente afectivo, que puede estar realmente presente en la
vida cristiana de cualquiera que quiera responder al Señor en su existencia
concreta, a través de las mediaciones
inherentes a su naturaleza humana.
Este
artículo pretende promover una reflexión sobre la vocación cristiana a la
espiritualidad ignaciana, advirtiendo sobre los elementos involucrados en una
interpretación más completa y adecuada de este importante concepto en esta
espiritualidad (el de «afección
desordenada»).
Bajo
este enfoque, se pone de manifiesto la posibilidad de una convergencia de la
interpretación espiritual y antropológica. Recordemos que la práctica
ordinaria de los EE, es un método y una praxis, antes que un texto escrito.
Bajo
esta interpretación, identificamos uno de los modos como el subconsciente puede
influir sobre la vida espiritual.
La
alusión a este enfoque, pretende por tanto, promover una mejor comprensión de
este concepto central en los EE, lo cual, coadyuvará realmente al certero
discernimiento de estas afecciones. Asimismo, nos recuerda que no es válido
quedar en un plano demasiado superficial, ni ignorar los conocimientos que la
humanidad ha hecho suyos, desde la época en que los EE fueron redactados.
Narración
del CM Alfonso J. Marín González, inspirada en el prólogo del libro “Las
Afecciones Desordenadas, Influjo del subconsciente en la vida espiritual”
de Luis Ma. García Domínguez, dentro de la Colección Manresa,
editado por Mensajero-Sal Terrae, Madrid 1992.