Desde
el cielo Dios se asomó para ver cómo los hombres estaban honrándole sobre la
Tierra.
Vio a un hindú, sentado como si fuera loto, en profunda meditación, y
ajeno a todos los problemas del mundo. Quedó complacido, pero se preguntó; -¿Para
qué tanto olvido del mundo?
Vio a un sacerdote budista chino el cual buscaba cómo conciliar el bien
y el mal. Se alegró, pero dijo: ¿Para qué tanto esfuerzo sin la ayuda del
cielo?
Vio a un africano primitivo de rodillas
temblaba
delante de su ídolo. Dios se conmovió y dijo: -¿Para qué tanto miedo?
Vio a un musulmán. Estaba arrodillado y descalzo sobre su tapete portátil.
Teniendo su frente contra el suelo, oraba acompañando al muecín que en voz altísima
dirigía la oración desde la torre. Quedó emocionado, pero dijo: -¿Para qué
tantos ritos y sujeción?
Vio a un rabino judío, el cual rezaba las bendiciones de Yahveh; de la
frente y del brazo del rabino colgaban las tablillas de la Ley. Aquella oración
le agradó, pero al final dijo:
¿Para
qué tantas leyes?
Entonces Dios Padre le ordenó a su Hijo. Baja Tú a la Tierra, y lleva a los
hombres el Espíritu Santo, que es Espíritu de amor. Ya no quiero recibir más
sacrificios, porque soy Padre.
Yo
no quiero la muerte,
porque soy Padre
Yo
no quiero el miedo porque soy Padre.
Yo
no quiero la Ley solamente, porque soy Padre.
Lo
que
más quiero es. que los hombres me amen, porque todos ellos son mis
hijos.
Extractada
del libro “Cuéntame un ejemplo ....” colección de cuentos y anécdotas
con enseñaza cristiana, de Hermenegildo Zanuso, Comboniano, editado por Obra
Nacional de la Buena Prensa, A. C., 23ª edición México, 2003.