Decía San Alfonso María de Ligorio «El que está inscrito en el libro de la Congregación Mariana, está inscrito en el libro de los que se salvan».
Y bien, ¿qué son estas Congregaciones Marianas, de dónde surgen?
Las
Congregaciones Marianas son asociaciones fundadas por los padres de la Compañía
de Jesús para conducir a las alturas de la vida espiritual y ejercitar en obras
de celo apostólico, a aquellas almas que, debiendo vivir en medio del mundo,
tratan seriamente de su propia perfección, y se interesan con espíritu de
cristiana caridad por el bien de sus semejantes.
Derivan todas de la llamada Prima-Primaria del Colegio Romano, fundada en 1563 por el Hermano Juan Leunis, clérigo regular de la Compañía de Jesús, la cual fue erigida solemnemente, en el año 1584, por el sumo Pontífice Gregorio XIII, como "Madre y Cabeza" de todas las demás congregaciones de su clase erigidas o que se erigiera en el mundo.
Las Congregaciones Marianas son, por tanto, patrimonio de la Santa Iglesia. Lo que les dio existencia jurídica fue la Bula «Omnipotentis Dei» del 5 diciembre de 1584 de Gregorio XIII.
Han existido numerosos Congregantes ilustres, entre los que destacan dieciocho Pontífices, gran número de Cardenales, Patriarcas, Obispos y sacerdotes ilustres. Emperadores, Reyes, Caballeros de alta alcurnia, eminencias en todos los ramos del saber, una larga lista de santos canonizados, Beatos y Venerables Siervos de Dios que fueron auxiliados y robustecidos por una Congregación Mariana
Gre
gorio
XV fue el primer Papa Congregante, le siguieron Urbano VIII, Inocencio X,
Alejandro II, Clemente IX, Clemente X, Inocencio XI, Clemente XI, Inocencio XIII,
Benedicto XIV, Clemente XIII, Pío VI, Pío IX, León XIII, Benedicto XV, Pío XI,
Pío XII y Juan Pablo II.
De lo anterior se deduce que durante los 401 años transcurridos desde que hay Congregaciones Marianas, el timón de la nave de la Iglesia ha estado regido unos 258 años por 18 Papas Congregantes.
En 1748 el Sumo Pontífice Benedicto XIV emitió la Bula Aurea Gloriosae Dominae, en la cual confirmó y colmó de nuevos favores a estas Congregaciones.
Se comenta, que más que referirse al número de los congregantes, se ha de estimar, porque es lo capital, las normas y reglas de las congregaciones, que las llevan «como de la mano», a tal excelencia de vida espiritual, las cuales le han permitido llegar a las mismas cumbres de la santidad, gracias sobre todo a uno de los medios con que tan provechosamente se forman los cristianos que aspiran a la perfección: los Ejercicios Espirituales.
Para estos logros, influyen también decisivamente, la meditación y el examen de conciencia diario, la frecuencia de Sacramentos, el contar con un Director Espiritual, la consagración total de sí mismo, bajo el manto virginal de la Bienaventurada Madre de Dios, y finalmente, la firme promesa de trabajar en la perfección cristiana, propia y ajena.
Estos medios son aptos para provocar en los Congregantes Marianos la llama de la caridad divina y para fortalecer la vida interior, tan necesaria en cualquier época, pues siempre hay hermanos nuestros que padecen «vacío espiritual e indigencia interior»
Y que estos medios se encuentran, no solamente descritos en sapientísimas leyes, sino puestos en práctica felizmente, en la vida misma de las Congregaciones Marianas, se demuestra dondequiera que han existido, siempre que se hayan guardado fielmente las reglas establecidas, de ellas han brotado lozanas, las flores de la pureza de las costumbres y la práctica solidísima de nuestra religión.
Más aún; bajo la inspiración del divino Espíritu, de ellas surgen numerosos grupos de Congregantes, que ya dentro del orden eclesiástico, ya en el sagrado recinto de los institutos religiosos, anhelan conseguir la perfección cristiana y comunicarla a otros; y no son pocos los que con vuelo seguro se elevan hasta las empinada cumbres de la santidad.
De
este ferviente afán de la vida
interior, dimana, con toda naturalidad, una plena formación apostólica de los
congregantes, acomodada siempre a las nuevas necesidades y diversas
circunstancias de la humanidad, que no dudamos en afirmar que el católico
perfecto, tal como la Congregación Mariana ya desde sus comienzos solía
modelarlo, no es menos apto para las necesidades actuales que para las de otros
tiempos, puesto que en sin importar la época, lo fundamental, es contar con
católicos sólidamente formados en la vida cristiana.
Al observar desde la cátedra de Pedro, se observa el admirable esfuerzo con que tantos cristianos en todas partes conservan, defienden y propagan nuestra religión; sin embargo, siempre han destacado las huestes de las Congregaciones Marianas, que desde su mismo origen se propusieron como deber propio conforme a sus reglas, encargarse, ya individual, ya corporativamente, bajo la guía de sus sagrados Pastores, de los trabajos apostólicos que la Santa Madre Iglesia les ha encomendado.
Los reiterados elogios de los Romanos Pontífices indican elocuentemente, cuánta satisfacción y con cuán feliz incremento de la religión han cumplido su encargo.
En nuestra época atormentada por tantas calamidades, sirve de muy gozoso consuelo ver cómo los congregantes marianos despliegan con vigor y eficacia sus fuerzas en toda clase de apostolado. Uno de ellos, estimulando a la virtud e inflamando el deseo de una vida más cristiana, por medio de los Ejercicios Espirituales, promoviéndolos en todas las clases sociales.
También destacan los apoyos a los pobres en sus necesidades corporales y espirituales, no solamente por iniciativa privada e impulso de su benevolencia, sino también en la medida de sus posibilidades haciendo prevalecer las leyes que se apegan a los principios evangélicos y de justicia social.
No podemos ignorar tampoco las organizaciones que en su momento fueron creadas por las Congregaciones Marianas o sostenidas por ellas, para combatir la inmoralidad, proteger las buenas costumbres, fundar numerosas escuelas gratuitas para niños y adultos pobres, escuelas técnicas para perfeccionar a los obreros en su oficio, etc; de esta forma de apostolado, fue desarrollada por buen número de Congregaciones Marianas
¿Quién no ve cuán buenos instrumentos de apostolado son estas Congregaciones Marianas, no sólo a causa de su absoluto rendimiento a la Sede Apostólica, cabeza del orden eclesiástico, sino también según la naturaleza y posibilidad de cada una, por su humilde sumisión y dócil obediencia a los mandatos del Magisterio?
Esta reverencia y humilde sumisión a los sagrados Pastores
que son como connaturales en los congregantes marianos, la sacan necesariamente
de sus mismas reglas, según las cuales es esencial para el congregante la
íntegra profesión en su vida y en su conducta de todo lo que enseña la Iglesia
Católica, «alabando lo que ella alaba, condenando lo que ella condena, sintiendo
en todo con ella, y no avergonzándose jamás de. proceder en su vida privada y
pública como hijo fiel y obediente de tan digna Madre».
Estas Congregaciones se han aplicado siempre, a los intereses de la Iglesia, y así de ellas han surgido al menos diez miembros fundadores y padres de nuevas Órdenes o Congregaciones.
Así las Congregaciones Marianas tienen un espíritu apostólico que se demuestra con la aprobación de sus reglas por la Iglesia, como asociaciones llenas de espíritu apostólico; mismas que estimulan a sus miembros, a elevarse a los más altas grados de santidad, a trabajar por la eterna salvación y perfección cristiana del prójimo, a defender los derechos de la Iglesia, haciendo de ellos verdaderos apóstoles de la Virgen Madre de Dios, y excelentes propagadores del Reino de Cristo.
Selección original del C. M. Dr. Alejo Soto Lara, adecuada por los Congregantes Marianos Teresita y Alfonso Marín.