ACERCA DE LOS ÁNGELES

Con el claro y sobrio lenguaje de la catequesis, la Iglesia enseña que "la existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición" (CEC, 328).
Según la Escritura, los Ángeles son mensajeros de Dios, "poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra" (Sal 103,20), al servicio de su plan de salvación, "enviados para servir a los que deben heredar la salvación" (Heb 1,14).
La Iglesia, que en sus inicios fue protegida y defendida por el ministerio de los Ángeles (cfr. Hech 5,17-20; 12,6-11) y continuamente experimenta su "ayuda misteriosa y poderosa", venera a esto espíritus celestes y pide con confianza su intercesión.
Durante el Año litúrgico, la
Iglesia conmemora la
participación de los Angeles en los acontecimientos de
la salvación
y
celebra su memoria en unas fechas determinadas:
el 29 de Septiembre la de los Arcángeles Miguel, Gabriel
y Rafael, el 2 de Octubre la de los Ángeles Custodios; les dedica una Misa
votiva, cuyo prefacio proclama
que
"la gloria de Dios resplandece en los Ángeles"; en la celebración
de los misterios divinos, se asocia al canto de los Ángeles
para proclamar la gloria de Dios, tres veces santo (cfr. Is 6,3) e invoca
su asistencia para que la ofrenda eucarística
"sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo"; ante
ellos celebra el oficio de alabanza (cfr.
Sal 137,1); al ministerio de los
Ángeles confía las oraciones de los fieles (cfr.
Ap 5,8; 8,3),
el dolor de los penitentes, la defensa de
los inocentes contra los ataques del
Maligno; implora a Dios para que
mande, al final de la jornada a sus Ángeles a custodiar a los que oran en paz;
ruega para que los espíritus celestes
vengan en ayuda de los agonizantes y, en el
rito de las exequias, suplica para que los Ángeles acompañen al paraíso
el alma del difunto y guarden su sepulcro.
A lo largo de los siglos, los fieles han traducido en expresiones de piedad las convicciones de fe respecto al ministerio de los Ángeles: los han tomado como patronos de ciudades y protectores de agrupaciones; en su honor han levantado santuarios famosos, en diversas ciudades, han establecido días festivos; han compuesto himnos y realizan ejercicios de piedad.
En
particular, la piedad popular ha desarrollado la
devoción al Ángel Custodio. Ya san Basilio Magno (+379)
enseñaba que "todo fiel tiene a su lado un
Ángel como protector y pastor, para
llevarlo a la vida". Esta antigua doctrina se fue consolidando poco a poco desde
sus fundamentos bíblicos y
patrísticos, y dio origen a diversas expresiones de piedad, hasta
encontrar en san Bernardo de Claraval
(+1153) un gran maestro y un apóstol insigne de la
devoción
a los Ángeles Custodios. Para él son demostración de que "el cielo no descuida
nada que pueda ayudarnos", por lo
cual pone "a nuestro lado estos espíritus celestes para que nos protejan,
nos instruyan y nos guíen".
La devoción a los Ángeles Custodios da lugar también a un estilo de vida caracterizado por:
devoto agradecimiento a Dios, que ha puesto al servicio de los hombres espíritus de tan gran santidad y dignidad;
actitud de compostura y piedad, motivada por la conciencia de estar constantemente en presencia de los santos Ángeles;
serena confianza, incluso al afrontar situaciones difíciles, porque el Señor guía y asiste al fiel en el camino de la justicia también mediante el ministerio de los Ángeles.
Entre las oraciones al Ángel Custodio está particularmente extendida la oración Angele Dei, que en muchas familias forma parte de las oraciones de la mañana y de la tarde, y que en muchos lugares se une también al rezo del Ángelus.
La piedad popular a los santos Ángeles, legítima y saludable, sin embargo puede dar lugar a desviaciones, como por ejemplo:
si, como a veces sucede, se forma en el espíritu de los fieles una idea errónea pensando que el mundo y la vida están sometidos a tensiones demiúrgicas, a la lucha incesante entre espíritus buenos y malos, entre Ángeles y demonios, en la cual el hombre resulta arrollado por poderes superiores a él, ante los que no puede hacer nada; esta concepción, en cuanto elimina la responsabilidad del fiel, no se corresponde con la auténtica visión evangélica de la lucha contra el Maligno, que exige del discípulo de Cristo un compromiso moral, una opción por el Evangelio, humildad y oración;
si las situaciones cotidianas de la vida se interpretan de una manera esquemática y simplista, casi infantil, atribuyendo al Maligno incluso las pequeñas contradicciones, y por el contrario, al Ángel Custodio los éxitos y logros, todo lo cual tiene poco o nada que ver con el progreso del hombre en su camino para alcanzar la madurez en Cristo. También hay que rechazar el uso de dar a los Ángeles nombres particulares, excepto Miguel, Gabriel y Rafael que aparecen en la Escritura.
Fuente: Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia.